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Máscara de Cabra

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Le robé una Baltica del refri a mi taita y me la guardé en la mochila, convencí a mi mejor amigo de la escuela de hacer la cimarra para irnos a tomarnos la hueaita al bosque.

Nos curamos al tiro, pendejos económicos.

En aquel bosque había una quebrada, le propuse pegarnos una carrera, el último que llegase se ganaba una patada en la raja bien puesta. En honor a la verdad yo no fui culo de irme tan rápido, me dio julepe, en cambio él tenía decidido ganarme, el problema es que se fue de hocico, incluso le perdí el rastro, porque cuando se fue a tierra simplemente desapareció de mi vista, se había ido cuesta abajo.

Me asusté caleta, y desde arriba logré cacharlo. Estaba tirado, quejándose.

– ¡¿Estái bién hueón?! – le grité.

Pero no me contestaba, solo le daba para quejarse… y reírse.
Ahí me relajé y me chanté a reír con él. Pero algo detuvo mi alegría, algo me llamó la atención desde allí.

– ¿Qué es eso? – pregunté.
– ¿Qué cosa?
– Al lado tuyo.

Giraba mi cabeza para entender. Se veía un animal tirado, eso pensé en un principio, pues era normal tirar a los perros muertos a las quebradas, incluso muchos de ellos tendían a irse solos a morir por esos lados.

Mi amigo se levantó, se limpió y me gritó desde abajo que era lo que tanto yo miraba.

– ¿Esa hueá es un perro muerto? – pregunté.

Mi compañero se giró y lo observó desde donde estaba, no quiso acercarse

– No parece un perro, parece más un gato – me dijo.
– ¿De ese porte?
– Uta no sé, ¿Baja a verlo po?

Caché que a este le daba cosa acercarse solo, pero yo siempre fui curioso, asi que avancé y llegué hasta abajo. Igual caminé lento para ver a aquella cosa, porque nunca estuve seguro de que se trataba, la interrogante causaba cierto temor, no sabíamos por qué.

– ¿Es o no es? – pregunté sorprendido.
– Si… si es hueón, que asco conchetumare – contestó.
– ¿Y si llamamos a los pacos?
– ¿Y pa qué?
– No sé po, no todos los días se ve un guarén muerto de este volado – respondí.
– Ya, viremos, que me quiero ir.
– Deja de ser tan cobarde – le dije.
– Pa mi esto fue suficiente… mañana hay prueba de ciencias naturales, y coeficiente dos más encima.
– Mira, el ratón tiene algo en la boca
– Ya… ahora sí que me quiero ir.
– Es como si hubiese vomitado sal.
– Chao.
– ¡Espera! ¡Mira!
– Hueón, me quiero ir ¿Qué querí?
– Pero mira po
– Ya, estoy mirando. ¿Qué?
-…
– ¡¿Qué po?!
– ¿Esa hueá son cristales?
– Sí… son cristales… demás.
– Hueón, deja de ser tan pesao y observa bien, son cristales.

Estaba seguro, aquella rata, por alguna razón tenía cristales, joyas que provenían desde su interior y habían sido expulsadas desde su boca.

– ¿Y qué pretendí hacer? No me digái que las vai a tomar
– A no si no.
– Deben tener hanta esas cagás, no seas cochino.
– ¡Que van a tener hanta hueón oh! ¿Qué te preocupái de cagás? ¿Voh cachái cuánta plata puede haber aquí? – le pregunté.
– No sé, quizás sea rollo nuestro y no valgan nada.
– Mira, yo no sé de joyas, pero chucha que brillan.
– Si… eso es verdad.
– Ya, anda a buscarte un palo que vamos a sacarlas.
– ¡Anda voh po!
– No seai flojo po hueón, si seré yo quien me arriesgue a cualquier infección, al menos tráete voh un palo.

Se quejó, pero hizo caso.

– Ya, toma, y hazla corta que capaz que ande alguien por ahí – me dijo.

Con la rama que me entregó mi amigo empecé a correr aquellas “joyas” a un lado, las fui arrastrando hacia a un lado para después tomarlas y echarlas a la mochila.

– Ya, estái listo – me dijo.
– No, aun no.
– Si ya no quedan, ya tiraste todo.
– No, mira, queda algo.

Con mucho asco metí el palo en el hocico de aquella rata y observamos que tenía una cadena.

– ¡Mierda! – exclamé.
– ¿Qué onda?
– La tiene incrustada en los dientes, no puedo sacarla.

Intenté, de hecho se me pasó la mano con la fuerza y este empezó a botar sangre del hocico.

– ¡Uta la hueá, no puedo! – me quejé.
-…
– ¡Cresta!
– Yo lo hago – me dijo.
– ¿Ah?
– ¡Yo lo hago oh! ¡Pasa pa acá! – ordenó.

Me quitó el palo y este empezó a hacerlo con un poco más de cuidado.

– Viste hueón, si está pelúo – le dije.
– Cállate que me desconcentrái.

Siguió insistiendo, y yo me crucé de brazos esperando a que lo lograse.

– ¡La tengo! – exclamó.

Con el mismo palo, lleno de sangre de aquella rata levantó aquella cadena, brillaba demasiado, mucho más que aquellos cristales. Esta tenía una especie de pequeña medalla que traía una inscripción y el rostro de un animal.

– Es un caballo – le dije.
– Culiao ignorante, es una cabra.
– ¡Ya, pasa pa acá! – ordené
– No, es mía – contestó.
– ¿Tuya? Sale pa allá, si yo la descubrí.
– Pero yo la saqué – refutó.
– Porque te la había dejado lista.
– Sabi que hueón… es mía, que tanto si te gané la carrera.
– ¿Y cuándo apostamos la medalla?
– ¿Te querí llevar la patada en la raja entonces? – me preguntó.
– …
– Ya po, elige, la patada en el huesito del culo o la medalla.
– … Quédate con la cagá. Pero conste, yo me quedo con esos pocos cristales.

Lo que jamás pensé, que desde ese día todas nuestras vidas cambiarían.

– Hola tía. Vengo a buscar a su hijo ¿Está? – pregunté.
– No…
– Pucha, mi mamá nos está esperando pa tomar once, lo venía a invitar.
– ¡Cabro de mierda! – exclamó su madre
– ¿Qué pasa?
– Me dijo que iba para tu casa, salió temprano. ¿En qué andará esta porquería?
– Chuta…
– ¡Si lo ve, dígale que se venga al tiro, que lo voy a estar esperando, salió temprano, este cree que se manda solo, mentiroso de mierda!
– Pero no le pegue po tía, ve que se va a enojar conmigo – le pedí.

En la bicicleta fui a los puntos a los cuales acudíamos frecuentemente, los videos, la plaza, la población Los Paltos, y nada.

Me quedaba solo una parte por visitar…

Llegué al bosque, aún era de día, de noche no me hubiese atrevido ni cagando.
Avancé solo por las partes que se podían avanzar en la cleta, al menos no fue necesario arriesgare tanto, a lo lejos lo vi, estaba sentando, con la cabeza agacha, solo.

– ¡Hueón! ¡Te andaba buscando! – exclamé.
– …
– ¿Qué cresta haces solo acá?! ¿Te pasó algo?
– …
– Ya sé, tuviste dramas en tu casa. Tu mamá andaba terrible enojada.
-…
– Espero que no te calentí conmigo, yo no sabía que le habías inventado que ibas pa mi casa, yo nunca hubiese ido para allá po. Ahora la tia te va a aforrar, pa la otra avisa po pao.
-…
– ¿Qué pasa? ¿Por qué no me contestái?
– …
– Ya po, habla.
– Me… me…
– Ah?
– Me…
– Me, qué? No te entiendo nada.
– Me fueron a buscar
– ¿Ah? ¿Qué te fueron a buscar?
– … me fueron…
– Te fueron a buscar? ¿Quiénes te fueron a buscar?
– …

Parecía imbécil, estaba como un sonámbulo, miraba sentado el suelo y jamás giraba la cabeza para conversar, se le veía aturdido.

– No te entiendo nada.
– Hay que irse.
– ¿Irse? ¿A dónde?
– Este mundo, no nos pertenece, ay que irse.
– Estái drogado culiao. ¿Qué fumaste?
– Los ángeles me fueron a buscar, me mostraron el camino, hay que irse.

Ahí levantó la cabeza, tenía la cadena puesta en el cuello, sus ojos estaban perdidos.

– Me estai asustando.
– La cabra.
– ¿La cabra? ¿Qué cabra?
– La cabra, nos está esperando abajo… en la quebrada, vamos.
– Ya conchetumare, párate que nos vamos pa tu casa.
– Nos está esperando hermano mío, allí está el final de todo y donde empezó todo.

Para mi eran incoherencias, pero me tenía asustado, sus palabras eran extrañas al igual que su actuar, para más remate ya estaba empezando a oscurecer.

– Vámonos

De pronto, un poco más allá del bosque, algo se esuchó.

– In nomine dei nostri …

– ¿Qué fue eso? – pregunté asustado.
– Es la cabra, está abriendo la puerta, vamos.
– Ya hueón, de verdad me está dando miedo. Vámonos.

– In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi
Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor…

– Ya po! Vámonos, no me gusta esta hueá – empecé a rogar.
– Hermano, vamos, escucha su voz.
– Puta culiao, ya po!

– Rex maximus, dudponticius glorificamus et in modos copulum adoramus

Y no lo pude creer, vi a un tipo, parado, mirándonos entre los árboles, con una máscara de una cabra.

– ¡Vámonos! – grité llorando.

– Satan omnipotens in nostri mondi.
– Hay que irse con él – me dijo.
– Sabí que más, ándate a la chucha, yo me voy.

No quise mirar hacia atrás, tomé la bicicleta y empecé a pedalear rápido, sentía que me perseguía, corriente pasaba por mi espalda, un nudo en la garganta, el corazón en la guata y unas ganas terribles de mear. Y ahí me quedé, no tomé once, hambre era lo que menos tenía.
Llegué a mi casa, casi llorando. Me encerré en la pieza. Me tiré sobre la cama y abracé el cojín, miré a mi lado y observé mi mochila.

– ¡Las joyas! – exclamé.

Di vuelta el bolso y dejé caer sobre la cama todo lo que había quitado del hocico de esa rata. Tomé una bolsa y retiré todo, salí de la casa y lo metí a un tarro municipal. Posteriormente me volví a encerrar.

Me quedé raja en la cama.

– Mijito.
– ¿Mami? – le contesté apenas abría mis ojos.
– Oiga, despierte.
– ¡Chuta, me quedé dormido! ¡Voy a llegar tarde a clases! – exclamé.
– No hijo. Si son las 3 de la mañana.
– A, ya, voy a seguir durmiendo entonces.
– Oiga, despierte pues, hay algo que quiero contarle.
– Que pasa mamá?
– Se trata de su amigo.
– ¿Qué pasa con él?

Sabía que algo malo estaba a punto de enterarme.

– Ya pues mamá ¿Le pasó algo a él?
– No, nada…
– ¿Entonces?
– Sucede que vino para acá.
– ¿Cuando? ¿Ahora?
– Si, ahora, recién.
– A las 3 de la mañana?
– Si, le dije que no era hora para visitarte.
– ¿Y qué quería? ¿Te dijo?
– No, no dijo nada, solo preguntaba por ti. Pero hubo algo que no me gustó nada.
– ¿Qué cosa?
– Andaba con un tipo, se veía bastante adulto.
– ¿Con un tipo? ¿Y cómo era?
– Eso quiero que tú me respondas. Hijo mío ¿Usted en que pasos anda con sus amigos?
– ¿Por qué me pregunta eso mamá?
– Porque es raro que un niño de la edad de ustedes ande con un adulto. ¿Ese hombre también es amigo suyo?
– No mamá, si ni siquiera sé de quién me habla.
– Bueno, espero que sea así ¿Me promete que no anda en nada malo?
– No mamá, se lo juro.
– Ya, mañana seguimos conversando de esto, voy a dejar que sigas durmiendo.

Pese al deseo de mi madre de que descansara esa noche, me fue imposible, el miedo fue peor. Me pasé el rollo de que ese hombre era el tipo de la máscara de cabra, y lo peor… sabía dónde vivía.

Al otro día me fui a clases. El director, el Padre Gerardo hablaba en el acto del día lunes toco el tema de “como alejar a los demonios que nos perseguían”, fue como si me hablase a mí.

Me senté y mi compañero de siempre no estaba. Pensé que quizás aun andaba con ese tipo, pero para sorpresa llegó tarde a clases.

– ¿Estas son horas de llegar? – lo retó el profesor.
– Disculpe profe, nunca más. Es que anoche mi mamá se enfermó y tuve que atenderla…
– Ya, no de tanta excusa y siéntese por favor.

Se puso a mi lado y lo observé. Actuaba normal, como si no hubiese pasado nada.

– Oye, ¿Qué onda voh? – le pregunté.
– ¿Qué onda yo con qué?
– ¿Como con qué?

– ¡Ey, dejen de conversar ustedes dos si no quieren que los separe!
– Disculpe profe.

Le hablé con voz más baja para que no nos escucharan

– Ya po, qué onda voh anoche, dejaste asustada a mi mamá.
– No sé de qué hablái
– Fuiste con ese hueón, con el “Máscara de cabra”. ¿Qué es lo que querían?
-…
– ¿Qué querían po?

– ¡Muy bien, todos guarden sus cuadernos, las mochilas debajo de sus asientos, solo lápiz y goma en su escritorio que comenzaremos con la prueba!

– Ya, escuchaste al profe, vamos a empezar la prueba. Supongo que estudiaste.
– No po… igual que voh.

A cada uno nos pasaron una hoja, a mí me costó concentrarme, no paraba de mirar a mi compañero. No entendía su naturalidad, que cresta le había pasado.

– ¡Ya profe! ¡Terminé! – exclamó.

Miré su prueba antes de que se levantara y observé que no había contestado nada.

– ¿Qué es esto?
– Su prueba po profe – contestó.
– ¿De verdad que no quieres hacerla?
– No, no me interesa. Permiso.

El rostro de todos fue de sorpresa, el mateo de la clase estaba entregando una prueba en blanco. Entonces ahí entendí que su “normalidad” no era tal, las cosas seguían como el día anterior.

Terminé la evaluación como pude y me fui de la sala a buscarlo.

– ¡Sepárense!

No podía creerlo, se estaba agarrando a combos con un alumno de un curso mayor. Mi amigo nunca le pegó a una mosca. Pero lo que pareció una disputa común entre dos alumnos de un establecimiento, finalmente se convertiría en algo inolvidable para quienes nos encontrábamos ahí.

– ¡No!

Mi compañero al verse en aprietos por no saber tirar un pape, no vio mejor opción que lanzarse sobre el otro y morderle la oreja, a tal punto que le arrancó un pedazo. Tenía el rostro transformado, manchado en sangre con carne en su boca.
El otro no paraba de gritar tomándose la parte lateral de su cara. El inspector intentó detener a mi amigo, pero este no se dejaba, a tal punto que el mayor tuvo que tirarlo al suelo. Ese día, entre el profe de mi clase que salió corriendo de la sala, y el inspector forcejeaban con él.

Lo suspendieron por unos días e Increíblemente no lo expulsaron.

Llamaron a la tía como apoderada responsable de él, mis compañeros y los profes del colegio no entendían lo que había sucedido, de ser un alumno ejemplar se había convertido en un tipo problemático. Lo llevaron a sesión de psicólogos, el director se lo llevaba a su oficina y le hacía clases particulares de religión para “sanar su alma” de problemas que nadie sabía.
La cosa se fue calmando, pasaron semanas y todo se terminó, al menos para los demás. La amistad entre él y yo ya no era la misma, sentía que de alguna u otra manera mi mejor amigo se había quedado en esa quebrada y quien estaba sentado a mi lado, todos los días, no era más que un suplente.

– Te gusta tu cadena – le dije.
– …
– Si no es por mí no la hubieses tenido.
– No… no es así, la hubiese tenido igual – me contestó mientras la tocaba.
– Te pareces a ese hueón del “Señor de los anillos”.
– ¿Quién es ese?
– Es de un libro.
– No sé de qué hablái.
– Gollum se llamaba, me acordé. Te pareces porque se volvió loco por un anillo, le decía “mi precioso”
– ¿Ya y?
– Esa hueá que tení puesta es “tu precioso”. Te voy a poner Gollum de acá en adelante, te queda bien.
– No me hueí querí.
– ¿Si no qué? ¿Me vai a morder la oreja? No te hagas el choro conmigo hueón, mira que te conozco y sé que es fácil sacarte la chucha.
– No juguí conmigo, porque te podí arrepentir.
– ¿Si, y que me vas a hacer? – pregunté.
– No vaya a ser cosa que te visite con mi amigo en la noche.
-…
– A la tía no le gustaría perder su casa ¿Te la imaginái incendiada?
– ¿Me estái hueando? ¿Cachái lo que me estái diciendo?
– Si po, si cacho.
– Te mato culiao llega a pasar algo así.
– Veamos quien se muere primero sí.

Feo culiao, me había amenazado con mi casa. Pero no me dejé intimidar y me lo quise cagar. En el recreo me fui donde el director.

– Padre.
– ¿Y usted? ¿Qué anda haciendo en mi oficina? ¿Se viene a confesar? Debiese porque hace bastante rato que no lo había visto por aquí.
– No, no vengo a eso la verdad.
– ¿Ah no? Bueno, tome asiento y cuénteme que es lo que necesita.
– Se trata de mi compañero.
– ¿De qué compañero me habla?
– Usted sabe a quién me refiero pues… el…
– Ah… ya… sí. Bueno ¿Qué pasa con él?
– Creo que sé porque está comportándose así.
– ¿Si? Bueno, hable, cuál sería el motivo según usted.
– Es por una cadena.
– ¿Por una cadena?
– Si, la tiene puesta en el cuello.
– …
– La encontramos en una quebrada, se la sacamos de la boca de un ratón gigante, después de ese día me lo encontré nuevamente en el bosque y anda con un tipo que tiene una máscara de cabra, este decía cosas satánicas…
– Espera
– … un día llegó a las 3 de la mañana con el “máscara de cabra” a verme, y ahora amenazó con quemarme la cas…
– ¡Ey! ¡Calma!
– …
– ¿Te estás escuchando?
– Si po.
– ¿Viste alguna película? ¿Te dejó marcado algún libro últimamente?
– Pero si se lo juro, estoy seguro que hay algo satánico en esto.
– Ya, mucho por hoy.
– Pero si se lo juro por Dios.
– ¡No uses a Dios para jurar! ¡Él no es objeto de promesas! ¡Lo que haces es una blasfemia!
– ¡Pero tiene que creerme!
– ¡Por ese pecado debes rezar 10 padres nuestros y tres aves María, por Dios santo niño! Tanta cosa que hablas.
– ¡Revísele la cadena!
– ¿Qué?
– Revísesela, se va a dar cuenta que tengo razón. Tiene el rostro de una cabra, va a cachar al tiro que se trata de un demonio lo que sale ahí. Usted entiende de estas cosas Padre.
-…
– Padre, revísele el cuello… por favor.
– Ya, vete de la oficina que tienes que entrar a tu clase.

Salí de ahí, se vio al Padre cansado de mi reclamo. Me fui a clases y me senté al lado de ese hueón nuevamente. Ahí pensé que ya no había nada más que hacer, quizás lo mejor era simplemente alejarse y comprender que ya no éramos amigos. Pero para mi sorpresa algo sucedió.

– ¡Buenos días caballeros!
– ¡Buenos días Padre!
– No les quitaré mucho tiempo, vengo a buscarlo a usted ¿Me puede acompañar un momento a la oficina?

Venía a buscar a mi compañero.

– ¿Y por qué? – preguntó.
– No, no es nada grave, solo quisera conversar un rato corto con usted.
– ¡Ya pues, haga caso! – ordenó el profesor.

Este se levantó sin entender de qué se trataba todo esto, pero yo si lo sabía.

Pasó una hora y volvió a la sala, venía con el rostro molesto. Observé rápidamente su cuello y no vi su cadena.

– Me las vai a pagar conchetumare – me dijo en voz baja

Yo no le respondí. Había ganado.

Pasaron varios días y él dejó de asistir a clases, tampoco fui a preguntar a la tía por él, ya no me importaba.

Pero fue un 18 de octubre cuando lo volví a ver. Jamás lo olvidaré.

– Hijo, no se levante.
– ¿Qué pasa?
– Hay ruidos en la casa.

Aun así me paré de la cama, quería saber qué era lo que pasaba, yo era el hombre de la casa en ese momento, mi taita estaba trabajando en el norte, no podía dejarla sola. Mi madre tomó la escopeta y yo caminé junto a ella.
Efectivamente se escuchaban ruidos en el living.

– ¡¿Quién anda ahí?! – vociferó mi mama.
– Páseme a mí la escopeta – le dije.
– No hijo, soy yo quien te tiene que proteger.

Estaba nervioso, se escuchaban ruidos fuertes en el living, mi mamá siempre apuntó hacia adelante, yo prendí la luz y no se veía a nadie dentro.

– ¿Qué habrá sido? – preguntó.

Observé la cortina moviéndose.

– Hijo, no te acerques ahí.

Alguien estaba detrás.

– Mamá, dispárale.
– …
– ¡Dispárale!

Siendo sincero siempre supuse que se trataba de mi compañero, nunca tuve dudas.

– ¡Sé que soi voh hueón! ¡Muéstrate!
– …
– ¡Muéstrate! ¡Mi mamá va a disparar! ¡Te va a salir peor!
-…
– Dispárale mamá!
– ¿Quién es hijo?
– Dispárele
– ¡Hijo?! ¿Quién es?
– ¡Dispárele! ¡Nos va a matar!

Mi mamá apretó los dientes, apuntó con la escopeta directo hacia la cortina y jaló el gatillo.

El ruido de la bala se escuchó fuerte. Yo esperé que alguien cayera, pero nada…

– Hijo, no hay nadie.
– …
-¡ Ay, que me asusté!

Mi mamá se acercó y movió la cortina… solo se había quedado abierta la ventana y el viento había movido la cortina y algunas cosas del living, con mi inseguridad y la amenaza recibida había pensado lo peor.

– ¡MAMÁ!

Pero alguien entró de pronto por la ventana, le dio una fuerte patada en la espalda a mi vieja, esta cayó seca al suelo y el rifle salió disparado hacia cualquier lado.
Cuando lo vi quedé helado, era un tipo de mi porte, tenía aquella máscara puesta, venía con un bidón de bencina.

– ¡No! ¡No quemí la casa!

Veía sus ojos que me miraban por los agujeros de esa careta…
… Era él.

– ¡Voh soi mi amigo! ¡No nos hagái nada! – supliqué.

Se quitó lo que cubría su cara y mostrándome su rostro me dijo:

– … No soy tu amigo…
… Soy el sol que quema tu casa…
… Soy Máscara de Cabra.

Así fue como vi a mi madre arder, mientras corría por la casa gritando por el dolor de su carne.
Nuestro hogar se hizo cenizas, no quedó nada.

Yo logré sobrevivir.

Han pasado 20 años, tú estás bien, me dieron por loco y no te culparon de nada, pero hoy, pese al tiempo, aun no te olvido y no te temo. Es mentira eso del karma, no te he visto pagar nada. Pero llegó el día.

Hoy es 18 de octubre, tal como esa vez, pero ahora seré yo quien te queme la casa… mono conchetumadre.

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Máscara De Cabra

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Después de tanto tiempo he vuelto al colegio católico. Pero esta vez hay cosas que han cambiado.

– ¡Buenos días profesor Jorge!

Saqué en la UC la pedagogía en religión católica. Gracias al Padre Gerardo me acerqué más a esta vocación, fue él quien me apadrinó después de haber sufrido tantos problemas.

Siempre fue respetado en el colegio como docente por mis alumnos, pues pese a las nuevas formas de enseñanzas de amor y comprensión, siempre impuse mis metodologías.

– ¡Los de atrás! ¡Ustedes! – exclamé.
– ¿Nosotros?
– ¡Claro que ustedes! Se cambian para acá, los quiero sentados aquí.
– Pero profe, si siempre nos hemos sentado acá.
– ¡Pero en mi clase no!

Pero si las cosas no se podían manejar de esa manera, entonces hacía valer la palabra del señor, me tenía cansado que me interrumpieran la clase por sus estupideces.

– ¡Párese! – ordené.
– ¿Por qué profe?
– Usted al parecer no entiende lo que significa la palabra “respeto”.
– Profe, no le ponga color si yo no he hecho nada.
– Además mentiroso.
– …
– No me oyó parece. Párese y se viene al pizarrón.

El muchacho se levantó del asiento y acató la orden, vi que seguía haciendo morisquetas, los demás muertos de la risa.

– Abra los brazos – ordené.
– ¿Pa qué? ¿Me va a pegar en las manos? Usted no puede hacer eso.
– No, yo no golpeo. Dios castiga, pero no a palos.

Aun me miraba sin entender.

– ¿Usted es bueno para educación física, verdad? Veo que tiene buenos brazos para ser un niño ¡Levántelos!

Con rostro de burla acató la orden.

– ¡Quédese ahí no más, no los baje!

Él esbozaba una sonrisa, creía que sería fácil. Pobre cabro.

Yo comencé a hacer mi clase, con aquel alumno allí, parado en el pizarrón, con cara de aburrimiento. Fue así como tomé la biblia y les leí Juan 19:17

– “Pilato, pues, tomó entonces a Jesús y le azotó. Y los soldados tejieron una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza y le vistieron con un manto de púrpura; y acercándose a Él, le decían: ¡Salve, Rey de los judíos! Y le daban bofetadas.
Jesús entonces salió fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Y Pilato les dijo: ¡He aquí el Hombre!…”
– Profe, ¿Puedo bajar los brazos? – preguntó.
– “…Entonces, cuando le vieron los principales sacerdotes y los alguaciles, gritaron, diciendo: ¡Crucifícale! ¡Crucifícale! …”
– Profe, me está empezando a doler.
– “… Los judíos le respondieron: Nosotros tenemos una ley, y según esa ley Él debe morir, porque pretendió ser el Hijo de Dios…”
– Ya po profe.

Zúñiga comenzó a bajar los brazos, entonces yo me acerqué y se los levanté nuevamente.

– ¡Ay!
– “… ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?…”
– Profe ¿Por qué no deja que el Zúñiga baje los brazos?

Mientras recitaba las palabras de la biblia, vi caer la primera lágrima.

– “… Y Pilato dijo a los judíos: ¡He aquí vuestro Rey!”
– Profe, ya po, se está poniendo a llorar.
– ¡¿Han visto que he terminado acaso?!
– … No profe.
– “Entonces ellos gritaron: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícale! Pilato les dijo: ¿He de crucificar a vuestro Rey? Los principales sacerdotes respondieron: No tenemos más rey que el César.
Así que entonces les entregó a ellos para que fuera crucificado.

Escuché a aquel muchacho llorando, humillado delante de todos sus compañeros y le hablé.

– Jesús murió por nosotros, se sacrificó por nosotros, por todos nuestros pecados, cargó esa cruz sin pedir que le quitaran esa cruz. Te felicito Zúñiga – le dije bajándoles los brazos – ¿Por qué todos lo miran así? Sientan admiración por él.

Le corrían las lágrimas y los mocos.

– Ahora anda a sentarte… y suénate por favor.

Se las canté claritas, a todos.

– Soy su profesor, no su amigo, aquí mando yo. ¿Está claro?
– Si Profesor.
– No los escuché.
– ¡SI PROFESOR!

Zúñiga siempre fue problemático, el líder negativo de aquel curso, tenía que bajarlo de la nube, si lograba controlarlo, pues entonces ese curso sería mío todo el año. Por lo demás, tenía que encargarme de que no me acusase con su apoderado, ni con el Padre Gerardo.

– Necesito conversar contigo.

Al salir al recreo, no dejé que se fuera, quise hablar a solas con él en la sala.

– ¡Zúñiga!

Pero se hizo el tonto, vi que se iba.

– Zúñiga, te tengo un 7.
– ¿Y usted cree que me importa las notas?
– Bueno, debiese importarte, vas como avión para repetir, además que bien tu sabes que las notas de religión acá afectan a diferencia de otros colegios.
– No me interesa.
– Zúñiga, hablemos esto como hombres, quédate un rato y charlamos la situación.
– ¡¿Y pa qué?! Tiene miedo acaso de que lo acuse?
– No, no. No se trata de eso. Es que creo que tienes dotes, y de verdad es que me gustaría ayudarte a explotarlos, no quiero verte repetir el año. Imagínate tu mamá con todo lo que ha tenido que pasar contigo, la paso viendo en la dirección. Ahórrale un problema, yo te quiero regalar un 7.
-…
– ¿Cuántos 7 has tenido en el año?
– …
– ¿Cuántos po?
– Ninguno.
– Ya po, aprovecha la oportunidad entonces.
– ¿Es en serio?
– Claro que si – contesté.

Abrí el libro de clases y lo busqué.

– Veamos. Estái al final en el libro… a ver, a ver, a ver,… Uribe, Valdebenito, Vidal… ¡Zúñiga! ¡Acá estás!

Puse el dedo en el cuadrado donde se colocan las notas, justos en su celda en la que aparecía su nombre… pero solo puse una raya vertical.

– Profe, ese no es un 7 po – reclamó.
– ¿Como que no?
– No po, no le veo la raya al medio, parece un 1.
– No, no es un 1.
– Si profe, nah que ver.
– No, si es un 7, mira, acércate a mirar bien.

Vi que agachó su cara en el mesón para observar bien su nota… y ahí fui cuando tomé las riendas del asunto.

– ¡¿Te gusta hacerte el chistosito conchetumare?!

Lo tomé del pelo y lo jalé hacia atrás, bien firme.

– ¡Profe! ¡¿Qué onda?!
– ¡¿Te gusta agarrarme pal hueveo?!
– ¡Profe! ¡Me duele! ¡Ay!
– Pensé que erái mas hombre, ya po culiao, ahora estamos los dos no mas ¿Qué vai a hacer?
– ¡Profe, suélteme!
– ¿Y si no te suelto, qué? ¿Vai a llamar a tu mamá?
– ¡Ya po!
– Llama a tu mamita y me las pagái todo el año.
– ¡Voy a ir a dirección!
– Anda, pero nadie te va a creer mugriento culiao. Yo lo voy a negar todo.
– …
– Que te pasa ¿Querí llorar?
– ¡Ay!
– ¿Vai a llorar?
– ¡No!
– Eso, bien hombrecito. Te voy a decir una sola hueá, en mi clase mando yo conchetumare. ¿Estamos?
– …

Lo jalé más fuerte.

– ¡Ay!
– No te escucho
– ¡Sí!
– ¿Si qué?
– ¡Si profe!
– ¿Profe? No culiao… Soy más que eso, soy tu Dios.
– ¿Ah?
– Repite conchetumare.
– …
– ¡Repite mierda!
– Mi Dios.
– Mas fuerte culiao ¿Quién soy?
– ¡Dios!

Lo solté y lo empujé.

– Y una última advertencia, te llegái a hacer el choro y te reviento, donde te pille. Porque pa voh también mando en la calle, mando en todos lados. Te observaré cada noche que estés durmiendo, y si alguien sabe de esto, juro que me meto por la ventana de tu casa y quemo a tu pobre mamá. ¿Estamos?
– …
– ¿Sentí miedo?
-…
– Eso, así te quería ver. Pa que te quede claro Zúñiga… No soy tu amigo. Puedo ser algo peor.

Me acerqué a él nuevamente, y a medida que me aproximaba soltaba más lágrimas.

– Sin mearse, tranquilo – le dije.

Le arreglé la corbata, y lo peiné un poco con mi mano.

– Y felicitaciones, le pondré una rayita al 7 – le dije.
– …
– ¡Ahora ándate de aquí!

Tomé mi libro de clases y me fui a la dirección, tranquilo como siempre.

– ¿Qué tal la clase? – me preguntó el Padre.
– Bien, cero problema. Son buenos cabros.
– Si… ese curso es buenísimo, claro, salvo el Zúñiga que siempre anda metido en atados.
– No se preocupe Padre, si con él tenemos buena comunicación.

El Padre se levantó de su escritorio y me tomó la mano.

– No sabes lo feliz que me pone verte trabajando acá, quien te viera y quien te vio Jorge.
– No le ponga tanto Padre.
– Si, le pongo, tú sabes bien lo complicado que eras. Andabas por ahí con ese niñito.
– Bueno, la gente cambia.
– Si, cambia.

El Padre, de pronto cambió su tono de voz, y puso un rostro más serio.

– Jorge, hay algo que siempre he querido conversar contigo, yo sé que ha pasado mucho tiempo.
– Si Padre, todo lo que quiera, que es lo que necesita conversar.

Me soltó la mano y se acercó a un mueble que tenía en la oficina, abrió un cajón y de allí sacó algo que me dejó con un nudo en el estómago.

– ¿Te acuerdas de esto?

Aun esa joya conservaba aquel brillo, no podía creerlo, mis sospechas siempre fueron ciertas, siempre estuvo allí, y yo con la fé de que algún día podría ser mío.

– Claro que me acuerdo Padre.
– ¿Sabes? Un día, me quedé hasta tarde trabajando acá… por si acaso, esto fue hace mucho, no creas que fue ahora.
– Si Padre, cuente no más.
– Bien, bueno, como te decía, un día me quedé hasta tarde trabajando acá, y no había nadie, y resulta que empecé a escuchar ruidos que venían desde la sala de profesores. En un principio pensé que se trataba del junior que se había quedado ordenando, asi que pregunté si era él y no contestó nadie. ¡¿Bah?! dije yo, me paré y fui a ver ¿Me creerías que no había nadie?
– Chuta Padre, pero eso es normal, uno siempre escucha ruidos en todos lados, a veces es la humedad…
– ¡Espera, que no he terminado! – interrumpió.
– Ah, disculpe, lo escucho.
– El tema, es que cuando regresé para acá, a esta oficina, estaba el mueble abierto y estaba esta cadena colgando, como si alguien se la hubiese querido llevar, para mi sorpresa mayor es que la ventana estaba abierta.
– ¿Usted dice que se metió un ladrón?
– Eso pensé. Pero creo que no se trate de eso.
– ¿Entonces de qué?
. Bueno, desde ese día, tomé esta cadena e intenté resolver desde donde venía. Tú ya conoces su figura, es el rostro de una cabra, y en ella aparecen ciertos símbolos. Era evidente de que se trata de una joya blasfema.
– Bueno, me imagino que el rostro de la cabra es el demonio
– Si, así es. Es un símbolo de Satán. Pa que sepas esta cuestioncita que tengo en mi mano la ocupan brujos para distintas cosas, por supuesto siempre relacionadas con la oscuridad. Hablé con otros obispos de manera privada respecto a la procedencia de este amuleto, varios me dijeron que les llamaba la atención de que niños de este colegio la anduvieran trayendo. Son pocas veces vista, está hecha de oro, puede valer mucha plata esto ¿Sabías?
– No, no tenía idea.
– Perfectamente yo podría pagar varias deudas y comprar ciertas cosas para mi bienestar.
– ¿Y lo va a hacer?
– Cómo se te ocurre hombre. Esta joya Jorge, es un peligro, nadie la puede andar trayendo, los obispos me insinuaron que trae cargas de demasiado peligrosas para cualquier ser humano, los transforma en bestias. Ahora lo importante Jorge: ¿Dónde fue que encontraron esto tú y el Astudillo?
– Pucha, ha pasado tanto tiempo.
– Pero sé que te acuerdas. ¿Dónde lo encontraron?
– Bueno, a ver, haciendo memoria…. En una quebrada.
– ¿En qué quebrada?
– Cerca del bosque camino a “Rayado”
– ¡Ah! Pero ese bosque ya no existe.
– No po, si talaron todo y ahora está lleno de casas.
– Mmm… Pero la quebrada aún está.
– No sé, supongo, hace mucho tiempo que no paso por ahí.
– ¿Y la encontraron botada? ¿Cómo fue? Cuéntame.
– Bueno, con el Pedro Astudillo fuimos al bosque un día y recorrimos ese sector, de puro cabro chico bajamos a la quebrada y la encontramos. Y eso.
– Pero yo me acuerdo que alguna vez se mencionó algo de una rata gigante… algo así ¿no?
– ¿Una rata gigante?
– Claro que esa vez a mí me dio mucha risa. Pero sabes que, después le hallé sentido. ¿Tú sabías que se puede invocar al demonio a través de las ratas?
– Sé de varias formas, en la universidad me nombraban algunas, pero nunca había escuchado algo como eso.
– Para que sepas, esto es una de las peores abominaciones que pueden existir. Como bien sabemos el demonio es un imitador de Dios. Según palabras de distintos libros cristianos, el anti cristo llegará a través de un vientre de una mujer, la cual será concebida por un espíritu, al igual como María se embarazó de Jesús.
– Si, eso lo sé.
– Pero esto es distinto Jorge, la diferencia está, es que el vientre donde nacerá este anti cristo no será el de una mujer
– Si no que el de una rata – interrumpí.
– Así es. Para que entiendas, quienes hacen esto son imitadores del demonio. Ni siquiera imitan a Dios. Y lo peor, es que ese demonio que nace de ahí, es uno de los peores que se podrían ver.
– ¿Si?

– Bafomet es su nombre, el demonio con rostro de cabra.

El director volvió a guardar la joya en aquel escritorio, cerrándolo con una llave que siempre escondía en su bolsillo.

– ¿Y la va esconder ahí por siempre?
– No por mucho tiempo. Me quiero deshacer de él de alguna forma.
– Yo lo podría ayudar si quiere.

Levantó la vista, y frunció el ceño.

– ¿Me estás bromeando?
– No, para qué va a tener esa joya escondida, es peligrosa hasta para el colegio.
– ¡Tú nunca la tendrás! Los dos sabemos que cosa trajo para tu vida, me imagino que no prefieres hablar de ello.
– …
– ¿Mmm?
– No Padre, tiene razón.
– Bien, eso quería escucharte.

Me fui a casa, no lograba dejar de pensar en la cadena, siempre la quise, la necesitaba conmigo… tenía que hallar la forma de recuperarla. Pues al otro día, llegué con alguno que otro plan.

– ¡Zúñiga! – lo llamé.
– …
– Zúñiga, hombre, le estoy hablando.
– Hola Profe.
– ¿Cómo anda la cosa?
– Bien.
– Que bueno. Se te ve bien, eso me gusta. ¿Te cortaste el pelo?
– Si, un poco.
– Te veí más ordenado, ojalá que con el corte sea el inicio de un cambio. Pero de un cambio de verdad po. No un cambio a medias. Un cambio de actitud en clases, con tus compañeros. Tú sabes que eres un lider en este colegio, pero tienes que ser de los positivos, no de los negativos.
– Si profe, como usted diga.
– ¿Profe escuche?
-…
– ¿Cómo fue que me dijiste?
– … Dios. Disculpe.
– Eso, bien, viste que aprendiste rápido. ¿Y cómo ha estado la mamita? El otro día pasé por afuera de tu casa, oye, y al fin cortaron el pasto, estaba larguito, se veía medio desordenado, seguramente ahí aprovecharon de pasar la podadora por tu cabeza.
– …
– ¡Ya, no te asustí oh! Si te vengo a ofrecer una cuestión, en la cual vas a salir muy beneficiado.
– ¿Qué cosa?
– Yo te encuentro vivo, chispeante, despierto. No eres como algunos de los paos que anda corriendo acá en el colegio, por eso necesito que tu me hagas esta paleteada, imposible que sea otro.
– ¿Pero qué cosa? No me ha dicho.
– Relax, tranquilo. No te pongas ansioso, que se necesita mucha calma pa esto.
– Ya, lo escucho.

Miré a mi alrededor para asegurarme que no había nadie tan cerca como para escuchar.

– Zúñiga, necesito que te metas a la oficina del Padre Gerardo y abras el cajón que se encuentra a la derecha de su escritorio.
– ¿Me está leseando usted?
– ¿Me veí cara de payaso conchetumare?
– No, perdón.
– Necesito que abras ese cajón y saques una medalla que hay ahí.
– ¿Usted me dice que lo robe?
– Técnicamente no es ningún robo, esa joya me perteneció a mi cuando fui estudiante, por lo tanto no se trata de ningún robo, más bien es una restitución.
– ¿Y si no es robo por qué simplemente no se lo pide?
– ¿Creí que si pudiera pedirlo no lo hubiese hecho acaso? Ahueonao.
– Si, tiene razón.
– Me imagino que no es primera vez que te metí a robar, si un flaite como tú al menos una vez se ha choreado algo. ¿O no?

Me reafirmó lo que le dije moviendo su cabeza, haciendo un sí.

– ¿Y cuando quiere que lo haga?
– Hoy. A la noche.
– ¿Y si me pillan?
– Bueno, si te pillan a lo más va a venir tú apoderado de nuevo, o sea lo mismo de siempre.
– Yo creo que me expulsarían.
– A ver Zúñiga ¿Con quién crees que estás hablando?
– Ya… tiene razón.
– Conmigo no te va a pasar nada, preso no te podí ir, eres menor de edad, y no te van a expulsar porque me aseguraré de defenderte.
– Bueno, vale.
– Si lo haces bien, te prometo que terminarás bien el año y no solo eso. Tú sabes que por plata baila el monito ¿O no?
– Okey , hoy a la noche entonces.
– Hoy a la noche entonces.

Llegué a mi casa, me afeité, me miré el rostro en el espejo, sonreí. Me puse un abrigo y salí en mi auto, lo estacioné cerca de la villa donde antiguamente se encontraba el bosque. Luego bajé y caminé hacia la quebrada. Fue allí donde lo encontré, como siempre.

– Hoy será una noche muy importante – le dije
– …
– Pero esta vez será diferente.
– …
– No aun, pero ya fueron por él. Abriré la puerta y podrás dominar todo a través de mí.
– …
– Seré yo tu canal de energía, tu sangre es mi sangre gran Bafomet.
– …
– No, no tengo miedo. Estoy preparado.
-…
– No, no te molestes, por favor. Prometo que esta vez sí se cumplirá tu profecía.
-…
– Si, lo sé.
-…
– No son necesarias tus amenazas, sé que me matarás si no cumplo con tu deseo.
-…
– Si, aún tengo la máscara.
-…
– Prometo traerla junto con la cadena.
-…
– ¿Quieres que me arrodille?
– …
– Como tú digas señor.

Sentí sus uñas sobre mi, me las enterró en la cabeza, debía cumplir penitencia, pues ya había pasado mucho tiempo desde que perdí la joya. Pero sería la última vez, Zúñiga lo lograría… o eso pensé.

– ¿Cómo que está muerto?
– Se metió al colegio, intentó robarle al Padre, este lo descubrió, pero al inetntar escapar cayó desde el tercer piso.
– Mierda. Okey, voy al tiro para allá.

Me informaron a primera hora cuando estaba en la casa, llegué en auto al establecimiento y se encontraba lleno de periodistas, y apoderados. Nadie lo podía creer.

– Padre.
-…
– Padre ¿Se encuentra bien?
– Está muerto Jorge, aquel muchacho está muerto.
– Si, lo sé. ¿A usted le pasó algo?
– Dios, ¿Qué le diremos a su madre? Pobre mujer, la conozco desde pequeña, al igual que a su padre.
– Relájese, él sabía lo que hacía, no es su culpa.
– Pero está muerto, era solo un niño.
– Padre, míreme ¿A usted le pasó algo?
– No.. no, no me pasó nada.
– Me dijeron que intentó robar ¿Se alcanzó a llevar algo?
– Vino por la cadena… Jorge, vino por la cadena ¿Tu sabes lo que eso significa?
-…
– El demonio ha vuelto, ha llegado a este establecimiento… esto es mi culpa.
– Padre, no diga eso.
– Ese demonio nos está atacando, y ya no puedo hacer nada.
– Padre, si podemos. Entrégueme a mi esa cadena y me lo llevo, yo me encargaré de hacerla desparecer, así nunca más este colegio volverá a ser atacado cpor esa bestia.
– Jorge, ya no puedo.
– ¿Cómo, ya no puede?
– Es que se la llevaron.
– Pero la podemos recuperar, la policía nos devolverá la cadena que se llevó Zúñiga.
– Es que no… él no la tiene.
– ¿Cómo que no la tiene?
– Esa joya desapareció antes. Zúñiga no encontró nada.
– ¿De qué me está hablando? ¿Cómo fue que desapareció antes?
– Alguien, antes que él se la robó. Antes de que este muchacho entrara, encontré el cajón destrozado y la cadena ya no estaba.

Nada de esto tenía sentido. ¿Quién podría haberse robado la cadena? Salí al patio, intenté mirar la cara de toda la gente que se encontraba allí, intentando ver algún rostro, algún ceño, o lo que fuese que me diera alguna pista.

De pronto, sorpresivamente se me acercó el padre de Zúñiga, quien se encontraba destrozado.

– Ayudando a sentir – le dije.
– ¡Perro conchetumare!

Aquel golpe me tiró al suelo, a vista y paciencia de todo el colegio.

– ¡¿Asi que tú la pegaste a mi hijo en clases mierda?! ¡Ahora estái contento! ¡¿Ah?! ¡Ahora está muerto po conchetumare! ¡¿Estái feliz?!
– Caballero, yo sé que está pasando por un mal momento, pero no sé de qué me habla.
– ¡Mi hijo andaba extraño todos estos días, y uno de sus compañeros me contó lo que le hiciste!
– Señor Zúñiga, de verdad lamento esto, yo a él lo estimaba mucho, al igual que todos mis colegas, sus compañeros y el Padre Gerardo. Era muy querido por todos nosotros.
– ¡Mentiroso!

Vi que el padre me observaba en el piso… y algo me dijo que todo se había ido cuesta abajo.

Me paré y me fui detrás del cura.

– ¡Padre, me quiero confesar!
– Confiesa entonces.
– No le pegué, se lo prometo, solo lo castigué con la palabra.
– Con la palabra…
– Padre, seamos sinceros, acá cuantas veces se le ha golpeado a un niño, como si nunca hubiera pasado. A mí, en este mismo establecimiento cuando era alumno me llegaron un par de coscorrones del cura David.

El Padre se quedó en silenció y me miró a los ojos.

– ¿Qué tuviste que ver en todo esto?
– ¿Ah?
– Jorge, que tuviste que ver con lo de Zúñiga.
– Padre, me está ofendiendo, usted me conoce.
– Jorge, ayer te conté lo de la cadena, ahora me acabo de enterar que ese muchacho andaba extraño por tus actos. ¿Qué quieres que piense?
– Padre, le juro por Dios…
– ¡No blasfemes mierda! ¡Tú sabes que no soporto que ocupen el nombre de Dios para tus estupideces!
– Perdón… Pero no tengo nada que ver.

Y me lancé a llorar.

– Padre, soy un hombre de fé, al igual que usted, he renunciado a todo por este colegio, he pasado la mitad de mi vida acá, no sabe el amor que siento por todos los que pisan esta escuela. Esta es mi casa, ustedes son mi familia, nunca haría nada que pudise afectar la integridad de los muchachos.

El Padre no decía nada, me ignoraba, entonces ocupé la última carta debajo de la manga… humillarme.

– Me hinco ante Dios Padre, me pongo de rodillas para que me crea, soy como su hijo, soy su hijo, sé que he cometido errores, sé que soy un pecador, pero por favor, créame, yo no he hecho nada de lo que piensa.
– Párese.
– Pero Padre, créame.
– Si le creo hombre, ya, está bien, párese.

Lo abracé y seguí llorando en su hombro.

Salí de esa escuela y me subí al auto, ahora no sabía quién se había llevado la cadena. Bafomet me había sentenciado a muerte si no llegaba ese día con aquel amuleto, este era la llave para su aparición definitiva. Sólo tenía dos caminos, la vida eterna… o la muerte. Y tal parecía que solo me quedaba la última opción.

Llegué a casa, me encerré, sentí mucho miedo. No quería que llegara la noche. Esa cosa esta vez vendría por mí, no me quería imaginar que cosas me haría. Cuando entré a mi habitación, algo había ocurrido.

– ¿Y la máscara? ¡Donde mierda está a máscara!

Miré a mí alrededor, y observé que muchas cosas estaban en el suelo, la ventana se encontraba abierta, alguien había entrado.
Supuse de inmediato que era la misma persona que se había llevado la cadena.

Son las doce de la noche, ya estamos a 18 de octubre. Me he acostado con un crucifijo que alguna vez me regaló el Padre Gerardo. No quiero dormir, no puedo.

Se es escuché un ruido en el living.

– ¡Cresta! ¡Cresta, entró esa cosa!

Botaron uno de los jarrones, sonó el cristal quebrándose.

– ¡Por favor! ¡No me haga nada! ¡Por favor! ¡Deme una oportunidad! ¡Descubriré quien se ha llevado las cosas!

Pero el ruido es cada vez peor, es como si estuviesen dando vuelta la casa por completo, si hay alguien ahí, está furioso.

– ¡No me quiero morir! ¡Señor! ¡Dame tu piedad!

Quieren abrir la puerta, la van a tirar abajo.

– ¡Por favor! ¡Una oportunidad! ¡No quiero que me mate! ¡No me quiero ir a la infierno!

No me queda más que rezar

– Ave María, llena eres de gracias, el señor es contigo…

La puerta está por abrirse… mierda, veo manos.

– … bendita eres entre todas las mujeres y bendito ssea el fruto de tu vientre Jesús…

¡No, la han abierto! ¡Chetumare me voy a morir!

– Santa María, madre de Dios. Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de mi muerte… amén.

Está parado en la entrada de la pieza. Lo observo de pies a cabeza. No puede ser. Tiene la máscara de cabra y la cadena puesta.

– ¡Tú te robaste las cosas! ¡Quién eres! – exclamo.

Viene con un bidón de bencina. Se está sacando la careta y me muestra su rostro.

– ¡Vengo a matarte, así como lo hiciste con mi mamá!
– ¡Pedro! ¡Hueón! ¡Yo soy tu amigo! – le suplico.
– Yo no soy tu amigo… soy el sol que te quema la casa… soy Máscara de Cabra.

…………………………………………………………