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Las Flores de tu Jardín

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Cuando miré el ataúd no cayó una sola lágrima de mis ojos, todos se preocuparon de mi supuesto estado de shock, pero la verdad, es que tuve una extraña culpa, porque sentí liberación, jamás creí que pensaría algo así después de tanto tiempo juntos pasando por las duras y las maduras, pero siendo sincera lo había dejado de amar hace mucho tiempo.
Me cansé de ser madre, me cansé de ser esposa, hoy a mis setenta y cinco años, creo que ya es hora de pensar en mí.

Las Flores De Tu Jardín.

Al otro día, después del funeral, me levanté a las doce del día, asustada porque no había hecho el almuerzo, eché un pie debajo de la cama y apurada marché a la cocina… pero que tonta, me vi a mi misma y solo me eché a reír, pues ya no había nadie en casa. Mis tres hijos tenían su vida hecha: Sebastián, el mayor, casado y con dos hijos, médico neurólogo; Rayen, mi única mujer, dueña de una peluquería; y Rodrigo, el menor, el más rebelde, dedicado al mundo de los tatuajes, si bien era mi conchito, ya tenía treinta y seis. Los dos últimos solteros, aún no me dan nietos, la Rayen al menos lo intentó, pero no pudo.

Esos días me dedicaba a tomar un poco de aire en mi patio, que no es como cualquiera, en realidad parece un mini bosque, si alguien quisiera comprarme aquel terreno de seguro sería para colocar un mall, o por lo menos una villa, realmente es gigante, es tan grande que una vez se nos perdió uno de mis nietos, gracias a Dios lo encontramos al par de horas arriba de un naranjo. Pero lo que más destaco de este sitio definitivamente es mi jardín, es realmente bello y variado, le da un color distinto a todo, es una especie de decoración natural y divina, pero que sin embargo, no me preocupaba de él hace mucho tiempo, fui bastante perezosa con ese tema. También era tiempo de cambiar eso.

En la tarde me visitó mi hija, y conversamos un ratito.
– ¿Mamá? ¿Tú amaste mucho al papá?
– Si po, como no lo iba amar si fueron tantos años juntos – le contesté.
– Pobrecito el viejito, toda la vida sacándose la cresta en la pega, siempre se vio fuerte y de pronto se fue de un día para otro.
– Si, fue difícil.
– ¿Mamá? ¿Y qué te pasa a ti ahora que no está?
– Nada.
– ¿Cómo nada?
Decidí pensar un poco mejor la respuesta.
– O sea no es que nada, estoy triste, cansada…
– ¿Se siente sola? Porque si es así puedo dejar el departamento solo y me vengo para acá.
– No hija, no se preocupe, voy a estar bien.

Mi tranquilidad esos días se basaron solo en ver televisión echada en el sillón, comiendo galletas y tomando bebida, extraño para una mujer de mi edad, fuera de lo común, en realidad debía andar vestida de luto, cocinándome para mi sola desde temprano, tejiendo a palillo y acostándome a las siete de la tarde, pero no, nunca me sentí como mis viudas amigas. Lo que necesitaba era intimidad, si quería andar desnuda en la casa pudiese hacerlo sin reproches de nadie.

Pero un día, toda esa tranquilidad se acabó de golpe, a veces le tiro toda la culpa el haber cocinado, llevaba días de pereza sin prepararme nada sin que nadie me molestara y justo que se me ocurrió hacer una cazuela cambió todo. Fue como si Dios esperase que yo cambiara mi rutina diaria para revolverme la vida.

Cuando cortaba el zapallo, algo me llamó la atención, escuché mucho ruido en el patio, pensé que podría haber sido mi hijo menor, este siempre llegaba de improviso y tenía la mala costumbre de meterse por ahí para ingresar a la casa.
– ¡¿Rodrigo?! ¡¿eres tú?!
Nadie respondió a mi llamado, fue en ese entonces que tomé precaución, decidida fui en busca de mi rifle y salí al sitio apuntando con el arma.
– ¡¿Quién anda ahí?! ¡Estoy armada! ¡Más vale que me respondan porque voy a disparar!
No mucho más allá observé a una persona, se encontraba de rodillas en el suelo, dándome la espalda.
– ¡Señor! ¡¿qué hace aquí?! ¡voy a llamar a los carabineros!
El hombre se dio la media vuelta con una tijera podadora en sus manos.
– ¡Señora! ¡disculpe que la haya asustado! ¡baje el arma, si no soy ningún ladrón! estoy aquí porque observé su jardín desde afuera, de lejos se ve hecho un desastre, entonces fui a mi casa, me traje la tijera y me dio por echarle una manito de gato.
Era un hombre que se le notaba la edad, tenía puesta una camisa, un jeans, y un par de zapatos de seguridad. Me llamó mucho la atención su estatura cuando se levantó, era altísimo.
– ¡Usted no puede llegar y entrar a mi casa así como así! – exclamé apuntándolo con el rifle.
– Si, discúlpeme, es que yo le golpeé varias veces la puerta de entrada, pero parece que no me escuchó.
– ¡¿Y por eso se metió por arriba del muro del patio?!
– Mire, sé que fui un tanto patudo, reconozco el error, pero como le digo, no pude evitarlo. Se nota que su jardín está medio abandonado, parece que nadie aquí se preocupa por él.
– ¡¿Y eso a usted que le importa?! ¡¿Y sabe qué más?! ¡yo si me preocupo, riego siempre pa que sepa!
– ¿A qué hora?
– ¡¿Perdón?!
– Eso pues, que a qué hora riega el jardín.
– ¡En la mañana, en la tarde… no sé!
– ¡Ahí está pue! pa que sepa, se le echa agüita en la madrugada.
– ¡¿Sabe que ma?! ¡váyase!
Se acercó a mí lentamente con su imponente estatura, observé sus ojos claros, los tenía redonditos, eran como de sueño, con ese rostro daba la sensación que no mataba una mosca.
– Señora, mire, sé que va a sonar patudo esto, pero si no la ayudo, se va a quedar sin jardín ¿usted quiere eso?
No le respondí nada, pero poco a poco empecé a bajar mi rifle
– Estas plantitas las va a perder, déjeme ayudarla, le tengo lista esta cuestión en una sola tarde.
Sabía que tenía razón, pero no dejaba de ser un desconocido.
– ¡No tengo plata!
– Nadie le ha pedido su plata, pero no soporto ver como un jardín con esta dimensión se pierda.
– … ¡Una sola tarde! ¡eso es todo! – sentencié.
Lo dejé trabajar tranquilo, pero desde la ventana de la cocina lo observaba, quizás podría meterse en cualquier instante a la casa.
Terminé de cocinar la cazuela y no sabía si invitarlo almorzar. Salí afuera y le pregunté.
– ¿Usted ya almorzó?
– No señora, pero no se preocupe – me contestó concentrado en lo que estaba haciendo.
Entré a la casa, me serví la cazuela, pero la presencia de ese viejo me hizo sentir una mala educada, no podía negarle un plato de comida, después de todo me estaba ayudando con el jardín.
– ¡Oiga! ¡Deje esa cuestión ahí y vaya a lavarse las manos!
– ¡No, si no tengo hambre!
Me aproximé a él, y le toqué la espalda para que me viera la cara.
– ¡Le dije, deje esa cuestión y vaya a lavarse las manos!
Sin decirme nada, botó la tijera podadora e hizo caso.
Pasó al baño y luego se sentó conmigo, se veía con hambre, la verdad es que no era muy educado para comer, escuchaba como sopeaba la cuchara en su boca.
– ¿No le aproblema si tomo la carne con la mano? – me preguntó.
– … No.
Si uno de mis hijos hubiesen comido como él lo hacía corregiría de inmediato, pero yo no era nadie para decirle algo a un desconocido. Pero hay algo raro que debo reconocer, con él jamás me molestó aquella situación, no sé, era como si le viniera como anillo al dedo ser un mal educado, se veía bien haciéndolo.
– ¿Y usted no piensa presentarse? – le pregunté.
– “Perrdón, perro que mual erducado” – me respondió irónicamente con la boca llena – “me llramo Ervesto Rarios”
– ¿Podría primero tragarse la comida y después responderme? No le entiendo nada.
Me hizo una señal con la mano de “espérese”.
– Barrios, Ernesto Barrios. – se presentó.
– ¿Y usted está acostumbrado a meterse a las casas sin permiso? – interrogué.
– No señora, no se confunda, es que yo soy jardinero como de los doce años y ….
– … Y sabe cuándo un jardín se ve mal – interrumpí.
– Eso.
El tipo se paró de la mesa sin ni siquiera dar las gracias…
– Ya. Eso sería todo, voy seguir arreglando la embarrada que tiene afuera – me dijo.
Tampoco me dio las gracias. Simplemente se fue a trabajar.
Me senté en el sillón a ver la teleserie de la tarde, ya era hora de relajarse un poco.
– ¡Señora! ¡Señora!
Escuché su grito y me fui corriendo donde él.
– ¡¿Qué ocurre ahora?! ¡¿Cuál es el escándalo?!
– ¡Mire! – exclamó apuntando hacia un punto del jardín.
Me mostró unas flores diminutas, de color blanco, eran bastantes bonitas, estas se encontraban entre medio de unas maravillas.
– ¿Ya y? ¿Qué pasa con eso? – pregunté.
– ¡Son flores de udumbaras!
– ¡Ah!… qué bonito – exclamé, pero no me importaba.
– ¿No se da cuenta lo que significa?
– No, no tengo idea caballero.
– ¡Son divinas! ¡aparecen después de miles de años! ¡no puedo creerlo! ¡salieron en las flores de tu jardín!
Lo que me dijo me llamó un poco más la atención, pero tampoco me causó la sensación que tenía aquel tipo, debía ser que a él le apasionaba el tema, en cambio para mí eran solo plantitas bonitas.
– ¿Y que es lo divino de esa flor? – pregunté.
– Cuando estas aparecen, se dice que vienen buenos augurios, incluso algunos dicen que se vieron antes de la aparición de Buda, pero sea lo que sea, es muy bueno lo que le depara.
Lo observé y pensé que eran solo patrañas, una planta no me diría el futuro de mí ni de nadie. Aun así, me hice la interesada para que no se sintiese mal diciéndome tonteras.
– O sea que ahora tengo udumbaras en el jardín, que bueno, habrá que regarlas entonces.- aconsejé.
– No señora, estas no toman agua, ni siquiera necesitan sol, estas plantas vienen solo por cuarenta días y luego marchitan. Es como si vinieran al mundo a solo dar un aviso y se van.

Pasó la tarde y ya era la hora de tomar once, así que salí para invitarlo nuevamente a la casa.
– ¡Tengo lista la choca! – avisé.
– No, no se preocupe, yo ya me voy. Pero vuelvo mañana.
– ¡¿Cómo?! Si usted me dijo que hoy tenía el tema listo, además que mañana no voy a estar – inventé.
– No se preocupe, yo me paso no más por donde mismo, le aprovecho de cuidar la casa – ofreció.
Este viejo las tenía todas, además de comer como un cerdito, de no pedir permiso ni de dar las gracias, también era un patudo.
– No caballero. – respondí.
– Señora, si mañana no le arreglo el jardín todo el trabajo que hice hoy va a ser en vano.
– ¿Y si termina ahora?
– No señora, van a ser las siete, a esta hora me entra el sueño.
– O sea que usted no va a…. – exclamé sin alcanzar a terminar la frase
Este viejo me dejó hablando sola. Se fue, así, sin más, ni siquiera se despidió.

Me acosté pensando si volvería al otro día, lo único que deseaba era no volverlo a ver en mi casa nuevamente, me había caído mal.

A las cuatro de la mañana me desperté para ir al baño, ahí fue cuando vi una luz en el patio, lo primero que pensé es en que había un ladrón, o quizás el mismo tipo, no debí haber confiado en él pensé, quizás era de un grupo de maleantes y ahora que sabía que estaba sola era fácil asaltarme.
Tomé nuevamente el rifle, y salí a mirar. Esta vez no grité nada. Intenté ser lo más cautelosa posible.
Al pasar la puerta, silenciosamente me escondí detrás de un palto, intenté ver de dónde nacía aquella luz, observé que provenía desde el jardín. A medida que me aproximaba a ese punto, la luz era cada vez más fuerte, apunté con mi rifle a todos lados, pero al parecer no había nadie. Al llegar al jardín observé las flores de udumbara, estas brillaban como estrellas, eran demasiadas, estaban por todo el lugar, era como si se hubiesen multiplicado por mil, se veía maravilloso, jamás había presenciado algo como eso. Además de la luz, emitían un sonido extraño, si uno colocaba atención, escuchaba risas de niños por todos lados. Me senté ahí extasiada. Todo esto terminó apenas se asomó el sol en la cordillera, las luces desaparecieron, al igual que su sonido.
Tenía que contárselo a los demás.
El único que contestó el teléfono fue el Rodrigo, el menor.
– ¡Hijo, tienes que creerme, te juro que el jardín brillaba! –
– ¿En serio? Mamá, ¿se habrá fumado algo? Yo no tengo problema que lo haga.
– ¡Cómo se te ocurre!
– Es que puede ser, yo una vez vi a un perro que me hablaba, porque me fume un…
– ¡Ya cállate tonto, te estoy diciendo que es cierto! – interrumpí
Estaba bien, era difícil que me creyera, pero había alguien que me entendería… Ernesto, el jardinero.

– ¡Oiga y a usted no le enseñaron a pedir permiso por Dios! ¡Casi me da un infarto! – le grité.
Había hecho lo mismo, se pasó por el jardín, pero esta vez entró a la casa.
– ¡Qué mujer más exagerada! – me respondió.
– ¡Qué tipo más grosero!
– ¡Que señora más insoportable!
– ¡Mal educado!
– ¡Gruñona!
– ¡Patudo!
– ¡Loca!
– ¡Y usted no sabe comer en la mesa!
– ¡Y usted cocina como las reverendas!
– ¡Que!
– ¡Lo que escuchó! ¡ahí no más el osobuco, estaba bien duro!
– ¡Váyase de mi casa! ¡Ahora!
– ¡No!
– ¡Váyase!
– ¡No! ¡¿Acaso usted se va a preocupar del jardín?!
– … Sí, yo me encargo.
– Tome, aquí tiene la tijera podadora ¡Ya pue! ¡Deje ver si sabe al menos podar!
– No tengo nada que demostrarle.
– ¡No sabe hacerlo!
– ¡Claro que sé!
Tomé la tijera, salí al jardín, y empecé a podar mientras él se quedó mirando cruzado de brazos. La verdad es que a lo más había cortado alguna vez una que otra rosa, pero lo más complicado es la cantidad de trabajo que da mi jardín, es gigante. Pero no cedí mi orgullo, seguía haciéndolo, mal, pero lo seguí haciendo, él por su parte solo movía la cabeza haciendo un gesto negativo.
– ¡Pase pa acá! – exclamó quitándome la podadora.
Me quedé callada, siempre me dejaba en silencio este viejo de mierda, mi difunto marido jamás me trató así, siempre fui yo la que mandaba en el hogar, y resultó que llegó un tipo que apenas conocía y me dejaba sin palabras en mi propia casa.
– Lo voy a dejar… pero solo porque tengo cocinando un queque en el horno y se va a quemar – le mentí.
No me miró, menos aún me contestó, siguió en la suyo.
Así estuvo toda la tarde.

A punto de servir la once, vi por la ventana como se marchaba nuevamente sin decir nada.
– ¡No, usted no se va! – grité.
– ¡Me tengo que ir!
– ¡No, le dije que no, quiero que se quede a tomar once!
– ¡No quiero!
– No me diga que está su señora esperándolo en su casa.
– No, no tengo esposa
– ¡¿Es viudo?!

Salió apurado, pero yo lo seguí, quería saber quién era este tal Ernesto. Caminó a paso rápido pero logré aproximarme a él. Vi que entró a una casa, me imaginé que era la suya y hasta ahí llegué. El tipo cerró mal la puerta, seguramente no se preocupó de eso con el apuro de escapar de mí, así que solo empuje.
– ¿Qué hace usted acá? – me preguntó sorprendido.
– ¿Así que aquí vive? es bien cochino usted, que quiere que le diga, mire, todo sucio.
– Eso a usted no le importa ¿puede salir por favor?
– ¡No! ¡No me voy a ir!
– ¡Váyase!
– ¡¿Ve que molesta el asuntito de meterse a las casas a la mala?! Ahora voy a limpiar todo este chiquero.
– No, no quiero que haga nada
– ¡Lo voy hacer! ¡tómelo como una vuelta de mano por el jardín!
No me respondió, se quedó callado, eso lo tomé simplemente como un sí.
Barrí todo, eran kilos de tierra acumulada entre el piso y los muebles, el baño era un asco, limpié dos piezas, una matrimonial y otra más pequeña.
– Parece que usted tiene hijos. – concluí.
Pero no me respondió nada.
– Fíjese que yo tengo tres, ya bien adultos, el mayor y la de al medio me salieron buenos cabros, pero el más chico es un tiro al aire. ¿Y los suyos, a que se dedican? – le pregunté.
Pero aún me miraba sin mover la boca.
Mientras limpiaba noté unas pancartas en las que aparecía el martillo y la hoz.
– ¿Así que usted es comunista? – consulté.
– Lo era – contestó.
– Mmmm… a mí no me gustan mucho los comunistas, son todos unos flojos, lo quieren todo gratis.
– Yo nunca he sido flojo – respondió.
– Bueno, usted es una excepción a la regla. En mi casa somos todos de derecha, mi marido se encargó bastante de eso, no es que sea fanática tampoco, pero bueno… pa que vamos hablar de política ¿verdad?
Aseé su casa lo que más pude, pero no fue suficiente, aun así me comprometí volver al otro día para terminar la limpieza, en mi casa tenía bastantes útiles de aseo que ayudarían más que una escoba y un trapo húmedo, esto siempre y cuando me mantuviera el jardín, claro está.
Me despedí y me marché, mientras caminaba a casa di la media vuelta y observé que él me miraba desde la entrada de su hogar. Algo pasó por mi cabeza.
– ¿Le habré gustado? – me pregunté
Luego discutí conmigo misma.
– Idiota, en que estás pensando, apenas lo conoces y acabas de enviudar.

Mientras observaba las udumbaras en la madrugada, con su hermosa luz, escuchando esas risas de niños, me quedé pensando en este tipo. Al menos ya no me caía mal.
Qué lindo le estaba quedado el jardín, tanto tiempo sin cuidarlo realmente, sin preocuparme de él… ¿y de mí? ¿Hace cuánto que no me preocupaba de mí? ¿Por qué no arreglarme?

Fueron varios los días y semanas en las que él siguió trabajando con las tijeras podadoras en mi casa.

Al tener mucha más confianza, le preparé otra cazuela, quería dejarlo callado con mi nuevo osobuco. Además, hice un buen pastel para la tarde.
Al otro día, me puse bonita, me maquillé y además, saqué unos vestidos que no me colocaba en años, me paseaba por el jardín mientras él trabajaba… y nada, no me miraba.
– Tengo que agradecerle por todo lo que ha hecho, disculpe si he sido una mal educada estos días con usted – le dije.
Pero no me contestó, como de costumbre.
– Hice cazuela, así que ¿por qué no deja eso y de ahí sigue? – lo invité.
Se fue a lavar las manos, y en silencio se sentó en la mesa.
– ¿Quedó mejor? – le pregunté.
– Si, está bueno – contestó.
Me puso feliz su respuesta.
– Hoy voy terminar de limpiarle el chiquero que tiene – le dije.
– No se preocupe ñora.
– Si, lo haré, porque usted me ha ayudado mucho.
Aproveché que me estaba hablando para entablarle alguna conversación.
– ¿Sabe qué? las udumbaras se ríen en la noche, y brillan como ampolletas – le conté.
– No le dije yo, si su jardín está bendito.
– ¿Y sabe que puede significar todo eso?
– Yo creo, que es su presencia, las udumbaras no salen en cualquier lado porque sí.
– ¡¿Por mí?! – exclamé.
– Si, usted debe tener algo.
– ¿Me está haciendo un piropo? – pregunté coqueta.
– No se crea tampoco.
Me estaba sintiendo cómoda con él, pero todo se fue a la punta del cerro con la llegada sorpresa de mis tres hijos.
– Hola mamá – saludó Sebastián, mi hijo doctor.
– Hola hijo, no me avisaron que iban a venir – les respondí.
Se notó incomodidad en el ambiente, al menos de mis dos hijos mayores, el menor sonrió y fue a darle la mano de inmediato a Ernesto.
– Permiso, voy a seguir trabajando mejor, gracias por la comida – agradeció el jardinero mientras se levantaba de la mesa.
– ¡No, no, coma tranquilo no ma!– le dijo Rodrigo, el menor.
Mi hija se quedó parada mirándolo, a mí se me apretó el estómago, no sabía qué hacer.
– ¿Almorzaron? – les pregunté para quebrar la incomodidad.
– No mamá, pero te veníamos a buscar para ir a comer a otro lado, pero vemos que ya estás en eso – respondió mi hija Rayen.
– Si po, así es – le contesté nerviosa.
– Mejor yo sigo trabajando, permiso – dijo el jardinero.
Ernesto no había soportado ese ambiente y simplemente se retiró al patio.
– ¿Así que pololo nuevo mamá? – bromeó Rodrigo.
– ¡No, como se te ocurre! – Exclamé colorada.
– ¿Y ese vestido mamá? yo nunca te había visto con él, y así tan maquillada tampoco – me dijo Rayen.
– ¡No le pongai color tampoco! ¡Se ve hermosa mamita! – alagó Rodrigo.
– No si el problema no es el vestido, es que es raro verla tan arreglada con un desconocido en la casa – contestó Rayen.
– Mi mamá tiene todo el derecho de rehacer su vida – exclamó el menor.
– ¡Pero no ahora! ¡se acaba de morir el papá idiota! – discutió mi hija
– ¡¿Y entonces cuando?! ¡Cuando la mamá cumpla noventa y ande apenas! –le gritó Rodrigo.
Cuando el tema se transformó en una discusión, Sebastián impuso su autoridad como hermano mayor.
– ¡Ey! ¡Paren los dos! ¡Qué mierda les pasa! ¡Están como cabros chicos!
Hubo unos segundos de silencio, pero mi hija tomó la última palabra.
– Mamá, si veo que metes a otro hombre a la casa te juro que me pierdes para siempre, no le podí hacer esto a mi papá – me dijo con lágrimas en los ojos.
– … No hija, como se le ocurre, tranquilita.
Se quedaron conmigo toda la tarde, jamás salí al jardín a mirar como estaba Ernesto, de vez en cuando me levantaba a la cocina y miraba de reojo al patio, veía que seguía ahí trabajando, el Rodrigo le llevaba uno que otro vaso de bebida y le conversaba un rato. Cuando fui en busca de la sal, hice lo mismo de siempre, mirar disimulada… se había marchado.
Mis hijos no se iban nunca, y lo único que quería era ir donde el jardinero a pedirle disculpas, me sentí demasiado mal, la presión de todos ellos, sobre toda de la Rayen me complicó.
– Me voy a quedar contigo hoy mamá.
Esa fue la sentencia final de mi hija, ese día ya no vería a Ernesto.

Ella se acostó conmigo y yo sabía que lo hacía porque no quería que me viese con ese hombre. Dentro de todo la entendí, siempre fue la regalona de mi difunto marido, la muerte de él la dejo más shockeada que a los otros dos, ella muchas veces dijo que ha sido el único amor que ha tenido, su papá.

En la noche, me levanté para ir a ver el jardín.
– ¿Para dónde va mamá?
– Quiero que me acompañes a ver esto.
Mi hija se levantó y fue conmigo al patio. La llevé para que fuese testigo de lo que ocurría con las udumbaras.
– ¿Qué pasa? ¿qué es lo que quieres que vea?
– Estas flores se alumbran y se escuchan risa de niños.
– Mamá ¿de qué me estás hablando?
– Espérate…
Pasaron varios minutos y nada, yo ya estaba acostumbrada a que esa hora aparecieran con esas luces como de estrellas, pero esa noche no ocurrió.
– Ya mamá, vamos acostarnos ¿quiere?

Mi hija se marchó al otro día, me quedé sola. Esperé que llegara el jardinero sentada en el patio, que apareciera de la manera patuda que solía hacerlo, de la que ya me había acostumbrado. Y no, jamás llegó.
Fui a su casa, llevé las cosas para el aseo como excusa, le iba a pedir disculpas, incluso si había que discutir como siempre estaba dispuesta a hacerlo… pero en realidad, solo quería verlo.

– ¡Aló! – grité
Tenía la puerta cerrada con seguro, golpeé varias veces para que saliera.
– ¡Ya pues! ¡Si sé que está ahí! – insistí.
No respondió.
– ¡Usted se comprometió arreglarme el jardín! ¡Aún le queda trabajo!
Me quedé ahí, hasta que abriera, no iba a dejar que me dejara plantada afuera.
– ¡No sea cobarde! ¡No tiene sentido que se esconda!
Hasta que escuché el sonido del pestillo, estaba abriendo la puerta, al fin me atendió.
– Señora, su jardín está terminado, ya no hay nada más que hacerle, usted preocúpese de regarlo en la noche, deje la manguera corriendo – me explicó.
– ¿Y eso es todo entonces? – pregunté con tristeza.
– … Si
– ¿O sea que ya no irá más?
– No.
– Muy bien, que le vaya bien entonces.
– Fue un gusto señora.
Me fui sin decirle nada, cuando iba un pasaje más allá, miré hacia atrás, pero ya no estaba en la entrada de su casa mirándome como lo había hecho antes.

Cuando llegué a mi casa, me saqué el vestido, me quité el maquillaje, y me vi llorando desnuda en el espejo, tantos años sobre mí, tanto tiempo abandonada de mi misma, siempre hice todo por mis hijos, por mi marido y nadie pensó en mí. Ahora estaba sola, vieja, sin nada que hacer con mi vida, solo esperar a morir, tirada en una casa.
Pasé varios días muy deprimida, las udumbaras ya no hacían esa magia de las noches, se habían transformado en mí… en algo sin gracia.
Una noche, acostada, me despertó un golpeteo en el techo, se hacía cada vez más fuerte el ruido: Lluvia. El agua caía a jarrones, recuerdo que fue uno de los temporales más fuertes que haya visto, pensé en las udumbaras, el agua las iba hacer trizas, eran demasiado diminutas, salí corriendo al jardín, intenté encontrar una bolsa de plástico, sabía que tenía eso para cubrirlas, pero no la encontraba por ningún lado, me puse a llorar de la desesperación, era cosa de minutos que las udumbaras se rompieran. Me caí al barro, me levanté, pero no había caso, una de ellas cayó, me puse a gritar, era lo único que me quedaba. Me arrodillé viendo el final de esas flores…
– ¡Señora!
Era él, empapado entero, el agua le corría por la cara, sus canas todas mojadas, y sus manos sobre mí para levantarme.
– ¡Traigo unas sombrillas! ¡Ayúdeme a colocarlas! – ordenó.
Volví en sí, y actué rápido, y colocamos entre los dos la cubierta sobre las flores.
– ¡¿Está bien señora?!
El jardín habló por mí.
De la nada, empezaron a dar esa luz que no les veía hace mucho, brillos que nos alumbraban a cuerpo completo, Ernesto se veía radiante con el golpe de luz que les daba las udumbaras, esa noche alumbraron como nunca antes.
– Señora, lo he pensado mucho, y la verdad es que me gustaría hacerle compañía, no quiero estar solo, ya no hay mucho que hacer en esa casa, por supuesto si a usted no le molesta. – me pidió.
– Si, si quiero. – contesté sin pensarlo dos veces
Ambos entramos a la casa, le llevé una toalla y ropa de mi ex marido para que se cambiara, le sequé la espalda, luego el pecho, después la cara, observé sus ojos redondos, como de sueño, le acaricié el rostro…y lo besé, no sé hace cuanto no besaba con esas mariposas en la guata, con esa energía que me levantaba y me hacía sentir una niña de quince años. Él se quedó quieto, sin hacer nada. Así que lo solté.
– Disculpe – le dije.
– Discúlpeme a mí, soy yo el que debiese tomar la iniciativa – me contestó.
Me tomó de la espalda y nos fuimos a la cama.
– Usted entiende que ya no puedo – me dijo.
– No importa.
Solo nos tocamos y nos besábamos. Fue tanta la pasión de ambos que las luces del jardín revotaban en la pieza. Era de todas las noches, a diferencia de la primera, usamos la pastilla y pude sentir placer, placer que había dado por muerta alguna vez. Si él se sentía mal por la medicación, probábamos con la masturbación. Siempre las ingeniamos, las udumbaras ya no alumbraban como estrellas, sino como verdaderos soles.

– ¿Por qué te quedaste tan solo? – le pregunté.
– Mi mujer me abandonó, se fue con otro, y se llevó a los niños. Después de eso traté de recuperarlos, pero no pude, estaba muy borracho, siempre borracho.
– ¿Y ahora que ha pasado el tiempo lo intentarías?
– No, no hay una buena relación, los vi hace poco, me vinieron a ver, pero no los siento mis hijos, tampoco creo que me vean como su papá, la vida nos separó de todo.
– Parece que ahora estoy yo no má.
– Si po, por eso, quiero pedirte un favor.
En ese instante me miró directo a los ojos.
– ¿Qué quiere? – le pregunté.
– Si yo me muero primero, me gustaría que me entierren a tu lado.
Le moví la cabeza con un si mientras le acariciaba su frente.
A los otros días, con unos ahorros compró un terreno en un cementerio particular, bastante bonito por lo demás.
– Aquí estaremos juntos pa siempre – me dijo riendo.

Los dos pasábamos todo el día haciendo cosas, yo preparaba buena comida, y él me arreglaba la casa, pero había un gran pero, estábamos escondidos de los demás.
– ¿Mamá, que hace este señor aquí? – preguntó Rayen molesta.
– No le haga caso caballero, mi hermana está loca – respondió Rodrigo.
– ¡Cállate tú! ¡quiero que este señor se vaya de mi casa! – gritó mi hija.
Él se paró, tal como lo había hecho la otra vez… pero me impuse.
– ¡Tú no te vas a ningún lado, te sientas! – le ordené a Ernesto.
Todos se quedaron en silencio.
– ¡¿Qué te crees mierda que vienes a mi casa a darme órdenes?! ¡esta es mi casa, y yo voy a meter al que se me dé la gana! – le grité a Rayen.
– ¡Pero mi papá!
– ¡Tu papá se murió! ¡ya no está! ¡no estoy engañando a nadie!
– ¡Pero ten un poco de respeto! – contesto mi hija.
– ¡¿Respeto a tu papá?! ¿¡Y a mí quien me respeta!? Toda la vida sacándome la cresta por ustedes y por tu papá ¿yo que soy pa ustedes? Seré muy mamá, los puedo amar con todo mi corazón, pero también soy mujer, y me quiero sentir mujer por alguna vez en la vida, me lo merezco, por todo lo que he dado en esta familia.
Mi hija sin decir nada, se marchó cerrando la puerta de golpe.
– ¿Y ustedes tienen algo que decir? – les pregunté a los otros dos.
– Yo la apoyo mamá – respondió Rodrigo.
– ¿Y tú? – le pregunté a Sebastián.
Mi hijo mayor miró a Ernesto.
– Solo quiero que cuide a mi mamá, trátela bien.
– No se preocupe muchacho, va a estar bien su mamá.
– Yo voy hablar con la Rayen, tarde o temprano lo va a entender – sentenció Sebastián.
De ahí para adelante no paramos más, disfrutamos a concho nuestra vida, fuimos a un club donde nos hicimos varios amigos, con algunos ahorros que nos hicimos fuimos a Machupichu, yo nunca había salido del país, recorrimos el sur, siempre con él, tomado de su mano.
Increíblemente, las udumbaras aún seguían ahí, se suponía que a los cuarenta días desaparecerían, pero llevaban ahí por lo menos un año. Y como siempre, se iluminaban todas las noches.

Ernesto nunca tomaba la iniciativa de algo, entendí que no era por falta de amor, era porque simplemente era un menso y un bruto, tanto así, que compre unos anillos para pedirle matrimonio, tenía escondidas las argollas dentro de la casa, lo vi jardineando, entré a buscarlas, cuando salí con ella, lo vi, ahí, tirado en el jardín.
– ¡Mi viejito! ¡¿qué le pasa?! – le pregunté asustada.
– Nada, me caí no más.
Decidí esconder las argollas, no era un buen momento.
– Puedo pararme solo – me dijo.
Esa fue la primera caída de muchas, pero era tan orgulloso, que no le gustaba que lo ayudara, sin que se diera cuenta siempre seguí sus pasos, estaba atenta a lo que hacía, se podía venir abajo en cualquier momento.
– ¿Vamos al médico? – le pregunté.
– No, si estoy bien.
– Ya pue, porque es tan re porfiado por la chita.
– ¡Si yo estoy bien!
Le dije a Sebastián que lo viniera a examinar, como se llevaban bien, Ernesto se dejaría ver.
Mi hijo estuvo con él un buen rato, le hizo hacer un par de ejercicios, además de varias preguntas, pero lo que más me llamó la atención era un ejercicio con un lápiz, que consistía en dejarlo en la mesa, luego tomarlo, devolverlo en la mesa y así, repetitivamente.
– ¿Qué es lo que tiene el Ernesto hijo? – lo interrogué.
– Vamos a tener que ir hacernos unos exámenes a la clínica – respondió.
– ¿Pero que tiene? – insistí.
– No puedo diagnosticar nada ahora mamá, sería muy irresponsable, necesito que vayamos a la clínica hacer un encefalograma y otras cosas más.

Lo fue a buscar un par de días el Rodrigo en su auto, mi viejo me decía que pa que le hacían hacer tantas cosas, por mi parte estaba siempre preocupada, me tenía con un alma en un hilo.
Después de hacer todos los exámenes que le pidieron, esperamos unos días y aparecieron los resultados.
– Es un principio de Alzheimer – nos dijo Sebastián.
– ¿Y eso se quita? – pregunté.
– No mamá, es irreversible. Es una enfermedad degenerativa que es común que aparezca a esta edad, así que desde ahora en adelante don Ernesto va a tener que bajar considerablemente el ritmo de actividades, no puede tomar cosas pesadas, tampoco agitarse, ni andar de allá para acá, se tiene que quedar tranquilo en la casa. Le voy a mandar un kinesiólogo que lo va a ir a ver seguido, incluso se tiene que cuidar de lo que come. Del resto me encargo yo. – sentenció mi hijo doctor.
– ¿Me voy a morir? – preguntó mi viejito.
– Nadie se muere de Alzheimer, pero el cuerpo se deteriora, eso hace que cualquier cosa le haga más daño de lo normal, si se cuida bien, tenemos Don Ernesto pa rato. – animó Sebastián.

Pero era porfiado, se sentía inútil, una vez fue a sacar una carretilla para limpiar el jardín, yo no lo vi porque estaba en el baño, se azotó en el patio y se rompió la boca, sangró mucho.
Ahí lo reté y le dije que no saliera más, y que yo me iba a preocupar de las udumbaras.
La enfermedad fue bastante agresiva con él, rápida, en un momento ya no podía caminar, lo tenía que ayudar a meterse a la ducha, al menos en ese momento aún tenía la memoria intacta, pero a veces le costaba pronunciar las palabras.
A los meses mi viejo andaba en silla de ruedas, lo llevaba para todos lados, mi hijo mayor venía seguido a verlo, igual fue bonito que los otros dos se acercaran, mi hija se acostumbró a él, sabía que había sido un buen hombre conmigo, hasta los pies les lavó una vez, y el menor, colocaba el canal del fútbol para ver los partidos con él, nunca nos abandonaron.
Después se vinieron cosas más complejas, pero que yo siempre enfrenté con amor, como mudarlo, lavarle poto, bañarlo, darle de comer.

– ¿Y usted quién es? – me preguntó un día.

Eso fue lo más doloroso, ver como ya no me reconocía.
– Soy yo po mi amor – le contesté.
– ¿Y el Luis?
– ¿Quién es el Luis? – le pregunté sin entender nada.
– ¿Dónde está mi hijo? ¿Mi esposa? ¡¿Dónde está mi señora?!
– …….
– ¡Ayuda! ¡Sáquenme de aquí! – gritó.
– ¡Espérese, voy a buscar a su hijo y a su señora!
– ¡Por favor ayúdeme!
Salí de la pieza y le grité a la nada.
– ¡Luis, su papá lo necesita por favor!
Volví al dormitorio y le inventé:
– Su hijo me dijo que iba saliendo con su señora, que venían más tarde, que se quede tranquilo.
– A ya, gracias señora por su ayuda – me respondió ya más tranquilo.
Lo veía dormir y lo lloraba, sentía que se había muerto, que ese jardinero patudo y mal educado se había ido, pero no podía dejar que se fuera por completo, quería un conchito de él para mí, aunque fuese un rato, que me reconociera al menos un segundo.
Una noche lo desperté y lo subí a la silla.
– ¿Adónde me lleva? – me preguntó.
– Su señora y sus hijos los esperan afuera – le mentí.
Lo abrigué lo que más pude, y lo llevé al jardín. Las udumbaras se iluminaron, como si nos estuviesen esperando.
– ¿Le gusta? – pregunté.
– Mira mis niñitos, como juegan el Luisito y el Pedrito, ¿escucha cómo se ríen? – me dijo.
– Si, si escucho – contesté.
– Esos son mis hijos, siempre se ríen cuando juegan, mi señora me está cocinando una cazuela – me conversó.
– ¡Una cazuela! ¡que rico! – lo animé, pero con una pena que me desbordaba el alma.
– Si, nadie tiene la mano de ella – me dijo.
– Seguramente.
Lo veía feliz con su carita sonriente mirando las flores.
– Te amo mi amor – le hablé en voz baja, entendiendo que ese segundo en que me reconocería no había llegado ni llegaría nunca más.
Se quedó calladito, con la mirada en las udumbaras.

Lo fui acostar y me tiré a su lado, lo vi dormir, y a las cinco de la mañana las flores dejaron de iluminarse. Comprendí de inmediato aquella señal.
No avisé a nadie esa madrugada, estaba acostada con un cuerpo, miraba al techo y no paraba de llorar.
Salí al jardín y las udumbaras estaban en el suelo, era el final de todo, de lo mejor que viví en mi vida, de este hermoso regalo de la vida, de este viejito que llegó de golpe a mi jardín.

Mis hijos estuvieron conmigo desde esa mañana apenas los llamé, dimos aviso a los amigos que nos habíamos hecho en el club.
Lo velamos en el living de la casa, me tenía que parar repetitivamente para recibir el pésame.
– Hola – me saludó un hombre que no conocía.
– Hola – contesté.
– Mi nombre es Luis, soy hijo de Don Ernesto.
Sí, no lo dudé, era idéntico a él.
– Que sorpresa… mi más sentido pésame – le dije.
– Para usted igual señora.
Sabía que algo más quería decirme, porque notaba que tenía una palabra atorada en su boca.
– ¿Necesita algo? – pregunté.
– Sé que es un mal momento pero necesito decirle algo.
– Dígame.
– Con la familia, decidimos llevarnos a nuestro padre a Santiago, le compramos un terreno para enterrarlo allá.
Me quedé muda y recordé una de las voluntades de mi viejito. Rayen escuchó todo y se unió a la conversación.
– Disculpa, pero Don Ernesto quería que lo enterraran acá – impuso mi hija.
– Perdón, pero yo soy su hijo, soy su familia directa.
– Que patudo, ahora me sales con que eres “su familia”, cuando nunca estuvieron con él, ¿lo viniste a ver acaso? ¿o lo llamaron por teléfono?
– ¡Hija, cállese! – reté a Rayen – ¡Llévenselo!
– Pero mamá… –
– No quiero que discutamos en un velorio, ellos son su familia, si eso quieren, lo harán.
– Muchas gracias señora, nosotros mañana venimos a buscar el ataúd.

Y así, apenas llegó el alba, se lo llevaron en aquella carroza a Santiago.
– Señora ¿Y usted no va a ir con nosotros? – me preguntó Luis, el hijo de Ernesto.
– No.
– Mamá ¿porque no va y lo acompaña? ¡nosotros vamos con usted! – ofreció Rodrigo.
– No hijo, ya estoy cansada.

… A mis noventa años existe aún una pequeña udumbara de aquellas en mi jardín, se ilumina solitaria en las noches… ya marchitará.

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