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La Rata

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Aún recuerdo a mi mamá llorando, que con una caricia me dijo “volveré por ti”. Y ahí se fue tras los pasos de mi padre, que se había escapado a la Argentina… nunca más los volví a ver.
Así, pasé a manos de mi abuela, la cual, tenía una pieza para mí solo, donde no había más que una cama, el velador, una silla, además de un hombre que se asomaba al abrir el tragaluz del techo. La primera vez que lo vi, salí corriendo donde la anciana y le avisé casi meándome, ella me golpeó con un palo y me dijo que nunca más la despertara, ahí entendí que debía soportar el miedo sin el abrazo de alguien. Al pasar las noches, sentía como se abría el tragaluz, yo solo atinaba a taparme con las frazadas a cuerpo completo, lo escuchaba que bajaba del techo y se colocaba al lado de mi cama, se me caían las lágrimas, pero no quería hacer el quejido del llanto, no quería que me escuchase, el alivio llegaba solo al dormirme.
Y del miedo pasé a la costumbre, a la normalidad, aquel extraño acto que me atemorizaba terminó transformándose en una simple molestia. Así, un día, decidí enfrentar aquella situación:

– ¡¿Hasta cuándo me molestái?!

Me destapé, bajé de la cama y me puse de pie en calzoncillos.

– ¡Baja del techo, sé que estás ahí! – grité hacia el tragaluz.

Escuché el ruido de las uñas que pasaban por la madera, pero el sonido se fue alejando a medida que le gritaba, sentí que empezó a temerme, hasta que dejó de escucharse no solo por esa noche, sino también, se dejó de escuchar para siempre.
Vaya sorpresa fue cuando se supo que unos niños de mi edad habían sido asesinados en sus camas; cuando los padres encontraron a sus hijos muertos, vieron que el tragaluz del entretecho du sus piezas estaban abiertas, al parecer, esa cosa había entrado por ahí. Como era de suponer, jamás se sospechó de un monstruo, sino, que de algún psicópata que andaba por el pueblo.

La ventaja de haber sido criado en soledad desde pequeño, fue que me hice más fuerte.
Nunca más tuve miedo.

La Rata.

A los veinticinco años me titulé de periodismo en la Chile, me saqué la cresta estudiando, el gobierno me pagó prácticamente todo, y la plata que necesitaba para el día a día me la hice trabajando.
Nunca me llevé bien con mis compañeros, ni en la escuela primaria, tampoco en la universidad, jamás asistí a ninguna fiesta, o convivencia, intenté relacionarme lo menos posible.
Mi vida solo era estudiar y salir con mi cámara fotográfica. Siempre me llamó la atención captar momentos únicos.
Aún recuerdo cuando cerca de la casa, encontraron a una mujer despedazada en la quebrada. Ese día había una persona intentando ingresar al lugar del crimen para fotografiar todo lo que estaba pasando, pero para él fue imposible ingresar, estaba lleno de tipos vigilando el sector.
Me acerqué con la personalidad de un cabro chico y me ofrecí patudamente:

– Yo te ayudo.
– Gracias niño, pero no sé cómo me podrías ayudar.
– Yo saco las fotos, me sé de memoria la quebrada, nadie sospecharía de mí, me aseguraré de que nadie me vea.

Me miro con rostro pensativa.

– Parece que no te has dado cuenta de lo que hay allá abajo. – me dijo.
– Ya y que, a mí no me da miedo, me da lo mismo, es una muerta no más – le contesté.
– …. Okey, te voy a pasar la cámara, pero que nadie te vea, si lo haces bien, te prometo una recompensa.

Yo tenía claro lo que quería:

– ¡Una foto de la muerta!

A él le llamó la atención, pensó que le pediría dinero para comprar algún helado, o para jugar fichas en las máquinas de video; extraño que un niño de nueve años le pidiera un registro de aquella víctima.

– …. Vale, una foto entonces – respondió después de pensarlo mucho.

Me enseñó a usar la cámara rápidamente, yo siempre fui vivito, así que no me costó nada aprender.
Bajé a la quebrada, había unos pocos carabineros y otros tipos de civiles que usaban lentes oscuros.
Me aproximé al lugar, sin que nadie me viera, y lo primero que encontré fue un brazo que se encontraba al lado de una roca, observé las uñas pintadas de su mano, la enfoqué y la registré en la máquina. Hice lo mismo con el torso, y sus otras extremidades, pero lo que mas quería lograr era su cabeza, era casi imposible poder fotografiarla, porque estaban todos ahí, concluí que solo podría tomar una sola foto.
Así que caminé lentamente, siempre a la espalda de las personas, logré meterme como una rata y me puse al frente de la cabeza.

– ¡Oye pendejo, que estai haciendo! – me gritaron.

Tomé la cámara, enfoqué y apreté el flash. Antes que me agarraran los sujetos, salí velozmente, me persiguieron los tipos por toda la quebrada, pero yo estaba acostumbrado a andar en esos lugares, se me hizo fácil escapar, ellos quedaron abajo y me reuní a escondidas con aquel hombre.

– ¡¿Cómo te fue?! – me preguntó asustado.
– ¡Las saqué! – le contesté riendo.

El tipo se puso feliz y me chasconeó el pelo.

– ¡¿Cómo te llamai?!
– ¡Nahuel señor! – contesté.
– ¿Querí tu foto verdad? Bueno, te la ganaste.
– ¡Ya, dámela!
– … Pero te tienes que esperar primero a que la revele.

No entendí y alegué demasiado, le tuve que dar mi dirección porque según él me iba a dejar la foto a la casa, así que lo esperé con el correr de los días, ya más decepcionado y triste, pensé en que mi foto no llegaría. Hasta que un día, caminando a comprar pan para la once, me di cuenta que aquel fotógrafo me hacía señas desde la plazoleta.

– Hola Nahuel, necesito que me pongas atención – me dijo muy nervioso.
– ¡¿Me vení a dejar mi foto?! – le pregunté atrevidamente.
– Toma, esto es tuyo – entregándome un paquete sellado.
– ¿Qué es?
– No la abras acá, necesito que la escondas para siempre, nadie puede saber que tú tienes esto, y tampoco pueden saber que nos vimos ¿Me lo juras?

Yo solo observaba la bolsa y no escuchaba.

– ¡Nahuel, te estoy hablando! ¡¿Me lo jurái?!
– ¡Ya! ¡Te lo juro! – sentencié.

El tipo se subió a un taxi y se marchó.
Yo me fui a la casa con la bolsa, entré a mi pieza y abrí el paquete. Grata fue mi sorpresa cuando vi que dentro estaba la cámara fotográfica, junto con todas las fotos y sus negativos, el tipo me había regalado absolutamente todo. Me puse feliz, era mi premio, pero debía esconderlas, tal como lo había prometido, pero antes, quise mirar ese anhelado registro:
“La cabeza de esa mujer”, observé su cara partida, el ojo derecho en blanco, mientras que el izquierdo dirigía su vista hacia arriba, con una expresión arrugada, la lengua hacia adentro, el pelo empapado en sangre, al igual que su cuello y sus dientes. Aquella foto tenía una gran nitidez, los detalles se veían a la perfección, era una gran foto, pero que guardé y escondí para siempre. Al menos, la cámara podría usarla, eso era más que suficiente.
Era costumbre mía pasar al kiosko de don Juanito cada vez que salía del colegio, me gustaba ver los titulares de los periódicos, pero habrá una que jamás olvidaré:
“Conocido periodista se habría suicidado de un tiro en la cabeza”… era el tipo de la cámara, su cara estaba impresa en la portada del diario del día lunes.
Lo que no se supo en ese entonces, fue que la mujer de la quebrada era una importante sindicalista, perseguida hace bastante tiempo, y por lo cual, nadie tenía que saber de su trágico desenlace, por lo tanto, las fotos eran una amenaza, así que lo mejor para aquellos asesinos fue silenciar al periodista para siempre.
Desde ese entonces, quise dedicar mi vida a esto.

Mi primer trabajo profesional la encontré en un periódico llamado “La Población”.

– Nahuel, quiero que vayas a Papudo, me llegó un registro que en los últimos dos meses se han suicidado siete personas en esa playa, nadie sabe qué pasa, según yo, la droga los tiene cagados, así que enfócate en eso. Te vas con la Lucía hoy día mismo – nos ordenó el editor.

Lucía era una periodista muy profesional, destacada por haber investigado y publicado el caso de un narcotráfico de cocaína, donde participarían políticos y gente de las fuerzas armadas.
Cuando llegamos a Papudo, visitamos a la familia del último muchacho suicidado, fue nuestra primera entrevista:

– Mi hijo, los últimos meses andaba muy raro, siempre fue un niño feliz, sano, y no sé qué pasó por su cabeza – nos comentó llorando aquella madre.
– Señora ¿Su hijo tuvo algún tipo de relación con los otros muchachos que también se han suicidado? – preguntó Lucía.
– No, nunca los conocí.
– ¿Desde cuándo más o menos empezó con esos comportamientos raros que usted dice?
– Desde que nos empezó a ir mal en la pesca, nosotros vivimos de esto, eso al Pedro lo aproblemaba mucho, se sentía responsable porque a veces no teníamos que comer. Un día me dijo que sabía cómo solucionarlo y de ahí pa adelante dejó de llegar a la casa, dejó de ser el mismo.
Yo intervine la entrevista con mi primera pregunta:

– ¿Y ahora que su hijo se mató mejoró la pesca o no?

Mi compañera incomoda, me llamó la atención:

– ¡¿Nahuel que te pasa?! ¡¿Qué es esa pregunta por dios?!
– Tú ya hiciste tus preguntas, quiero saber eso… señora, mejoró la pesca ¿Sí o no?

La mujer lanzó un llanto y respondió:

– Si, la verdad es que si, desde que se murió, a mi marido le ha ido demasiado bien mar adentro, es como si el Pedro hubiese dado su vida a cambio de esto, a veces lo pienso.

Con Lucía, nos fuimos al punto donde se habían suicidado todos esos muchachos, el lugar era una caleta abandonada, tuvimos que caminar por la orilla de la playa un kilómetro y medio hacia adentro, ya que la geografía no daba para llegar en auto.
Cuando llegamos, observé que la caleta abandonada tenía restos de velas que se habían derretido, un gran pentagrama dibujado en el suelo y escritos satánicos:

“El mar yace conmigo, tus manos me levantarán y me hundirán en la profundidad, la tierra es pecaminosa, las olas son mi salvación, mi sangre es tu sangre Leviatán”

– Parece que invocaban al demonio – me dijo mi compañera.
– Así parece.
– Y tu Nahuel. ¿Creí que el diablo se lleva a toda esta gente? – me preguntó escéptica.
– Claro que si po, Satanás es mi amigo – bromeé

Tomé mi cámara y fotografié todo el lugar.

– Nahuel, nos están mirando – avisó Lucía mirando hacia el norte.

Era un muchacho de no más de 15 años que nos observaba de lejos.

– ¡Hola niño! – grité

Se quedó mudo y no devolvió el saludo.

– Creo que tendré que acercarme – le dije a mi compañera.

Caminé hacia él y empezó a marcharse, pero no dejé que se fuera. lo perseguí, no era más rápido que yo, fue fácil alcanzarlo.

– ¿Que anda haciendo acá amigo? – pregunté mientras le tomaba su brazo.

Por la vestimenta, noté que era un joven pescador.

– Nada.

Lo solté con calma y me presenté para que se sintiera en confianza, de seguro sabía algo.

– Somos del periódico “La Población”, mi nombre es Nahuel – saludé entregándole mi mano.
El muchacho se quedó en silencio y me dejó con la mano estirada.

– Disculpa, pero tú quizás podrías aportarnos con alguna cosita para la investigación – le dije haciéndome el simpático.
– ¡No sé ni una cuestión! – me respondió seco.
– No te creo, te apuesto que eres amigo o familiar de algunos de los fallecidos – intenté adivinar.
– ¡No!
– Ah bueno ¿Que opinái tú de estos pobres pelmazos que se mataron? ¿Estarán quemándose en el infierno o no? – pregunté para provocar.

El muchacho puso rostro de enfado.

– Te veo molesto, parece que me estas mintiendo, claro que tú los conocías – lo enfrenté.

Me quitó la vista y me reafirmó su respuesta.

– No, nos los conocí.

Nunca me ha gustado que jueguen conmigo y me vean la cara de idiota, así que decidí actuar. Lo tomé del cuello y lo tiró a la arena

– ¡Nahuel suéltalo! – me gritó Lucía, quien recién me había alcanzado.
– ¡¿Conocíai a estos hueones o no?! – le pregunté enfadado mientras le doblaba el brazo.
– ¡Nahuel suéltalo! – Los retos de mi compañera que no cesaban.
– ¡Tú cállate que estoy haciendo una entrevista! ¡El amiguito está apunto de responderme la pregunta! – le contesté eufórico.
– ¡Sí! ¡Si los conocí! – gritó el muchacho.
– ¡Ah, muy bien! Creo que ahora si nos estamos entendiendo, ahora dime, ¿A cuál de los finaditos conociste?
– ¡Al Julián, al Cristian… a esos no más! – me respondió.
– ¡¿Estai seguro?!
– … Si

Le doblé el brazo más fuerte:

– ¡Los conocí a todos! – contestó con un grito, estaba a punto de llorar.
– ¡Chiquillo, te voy a soltar, pero me vas a responder todo lo que te pregunte! ¡¿Estamos de acuerdo?! – propuse.
– ¡Si señor! – me afirmó rendido.

Le dejé su brazo y me senté a su lado. La Lucía estaba impactada con mi acto, bueno, con eso le quedó claro cómo eran mis métodos de trabajo.

– ¿Cuál es tu nombre? – le pregunté.
– Daniel – me dijo ya más tranquilo.
– Daniel, antes que todo quiero saber que cresta haces acá – lo interrogué.
– Vine a ver…
– ¿Qué cosa viniste a ver?
– La caleta abandonada.
– ¿Y por qué? – interrumpió Lucía con una pregunta.
– Porque me llama la atención, por las cosas que se dicen.
– ¿Qué cosas se dicen? – intenté que me respondiera la frase completa.
– Ustedes no entienden… – intentó vacilar.
– ¡¿Entender qué?! – el tipo me estaba cansando – ¡¿Podí hablar bien por la mierda o quieres que te quiebre el brazo pendejo?! – lo amenacé.
– ¡Acá vive el Leviatán, acá la gente viene a pedirle favores a cambio de su vida!

Con la Lucía nos quedamos mirando.

– Bien, me imaginé algo así ¿Y tus amiguitos alguna vez te comentaron el plan de venir a suicidarse? – le pregunté.
– El Pedro, el último, me dijo que estaba chato de que sus papás y sus hermanos chicos vivieran en la miseria, así que dijo que vendría para acá a dar penitencia.
– ¿Y por qué no le avisaste a alguien de lo que iba hacer? – interrogó Lucía.
– Me hizo jurarlo.
– Claro, y tu como buen amigo dejaste que se viniera a matar – le hice sentir.
– ¡Yo no quería! – y se lanzó a llorar.
– Ya Nahuel, dejemos que se vaya – me propuso mi compañera.

Levanté al muchacho, lo limpié de la arena y le di diez mil pesos:

– Toma, como pago de tu gran entrevista, puedes irte.

El joven se marchó lentamente con la cabeza agacha.

Al llegar la noche, no quise quedarme en la pensión, quise seguir trabajando.

– Lucía, voy a la playa, si quieres me acompañas, o voy solo, me da igual – informé.
– ¡¿No me digai que querí ir a ese lugar a esta hora?!
– Obvio, quiero ver si se junta algún grupo, si es que “invocan al diablo” – ironicé.
– ¿No te da miedo? – me preguntó.
– Nunca he tenido miedo – afirmé.
– ¿Y que vas hacer si ves algo raro?
– Lo que siempre hago po… sacar fotos. – mostrándole mi cámara fotográfica.
– Ya, filo, te acompaño – decidió desganada.

Nos fuimos abrigados a la playa, a eso de las tres y media de la mañana, caminamos ese kilómetro y nos fijamos si había actividad en la caleta abandonada, pero nada.

– No hay nadie Nahuel, vámonos pa la pensión mejor – me propuso Lucía.
– Espérate, escucho bulla más allá.

Se oía un guitarreo, al guiarnos por el sonido, no eran más que unos muchachos cantando el “lamento boliviano” en una fogata que estaba a punto de apagarse.

– Hola cabros ¿En que andan? – nos preguntó el guitarrista.
– Hola, somos periodistas del diario “La Población”, andábamos viendo el tema de los suicidios del sector – le contestó Lucía.
– Ah, sí caché, que cuático – exclamó una muchacha que se encontraba en el círculo.

Era una rubia, guapa, por su tono de voz, se notaba que era de clase alta.

– Métanse al grupo, y tómense algo con nosotros – invitaron.

Eran siete, sacaron un vino tinto, y un par de vasos plásticos, así que nos quedamos ahí con mi compañera.

– Oye, ¿Y tú como te llamai? – le pregunté a la rubia.
– Isidora ¿Y tú?
– Nahuel.
– ¿Así que eres periodista?
– SI po, así es ¿Y tú a que te dedicas?
– Yo estudio Odontología – me contestó tocándose el pelo.
– ¿Y que haces acá?
– Pucha, cada vez que puedo, me arranco a Papudo, estoy estresada en la U, me hace bien respirar el aire marino después de tanto estudio – me contó con voz de cansancio.
– Dale… oye, ¿Y alguien de acá es tu pololo? – le pregunté
– No, soy solterísima ¿Y ella es tu polola? – señalando a Lucía.
– No, ella es mi colega no más – respondí sonriendo.

Así coqueteamos toda la noche, a medida que pasaban las horas, el vino empezó a hacer su efecto, lo que me dio más personalidad para actuar, tanto así que le tome la mano, y ella se dejó.

– Oye, me acompañai, que quiero hacer pis – me propuso.
– Eso es bien poco común – le dije.
– ¿Que cosa?
– Invitar a un hombre al “baño”
– Da igual, si no tení pa que mirar tampoco. Además con tanto loco suelto, prefiero a un hombre que me proteja.

Acepté desde luego, vi que Lucía la estaba pasando bien con los muchachos, así que no le avisé, nos levantamos del círculo con Isidora y la acompañé.
Caminamos y llegamos a unas rocas, se metió entre medio para orinar, mientras yo miraba hacia otro lado para no intimidar. Cuando terminó, nos acercamos tanto que olía su perfume.

– Está bonita tu cámara – me dijo.

La tomé de la cintura y nos empezamos a besar apasionadamente, al parecer el alcohol nos había dejado más acalorados de lo normal, nos metimos a las rocas, le baje rápidamente los pantalones y los calzones… cuando terminamos, me dijo que no volviéramos con los demás, que nos quedáramos lejos tomándonos unas petacas de whisky que tenía guardada, nos sentamos en la arena y conversamos más relajados.

– Isidora ¿A ti no te da miedo este lugar? – le pregunté.
– No, de hecho encuentro más entretenido carretear acá con todo lo que se cuenta.
– Oye, y supongamos que se te apareciera el Leviatán desde el fondo del mar, y te dijera “Isidora, dame tu vida a cambio de algo ¿Qué pedirías? – interrogué.
– ¡Ser millonaria! – me contestó sin pensarlo dos veces.
– No po, si así no funciona la cosa, acuérdate que tú terminas ahorcada, recuerda que tu vida es para que otros se beneficien. – refuté.
– ¿Y para hacer infeliz a alguien? – me cuestionó.
– Claro, como no, es tu deseo.
– Entonces que mi ex muera sufriendo.
– Chuta, pobre ex, con ese deseo no se me ocurriría pololear contigo.
– Es que él fue un saco huea, me engañó todas estas veces, yo como estúpida le perdonaba todo ¿Pero sabes qué? ¿Para que gastar un deseo en un imbécil? Mira, para que veas que me caes bien, pediría que cumplas todas tus metas, y que nada ni nadie se te interponga.
– ¡Ya! ¡Entonces vamos al tiro a llamar al Leviatán! – bromeé.

Con Isidora, nos terminamos la primera petaca… fue tanto lo que tomamos.
Cuando desperté, me encontraba solo, había salido el sol, eran las siete de la mañana, fui a la fogata en busca de Lucía y los demás, pero nada.
Empecé a caminar para marcharme a la pensión, como paso obligado, pasé por el lado de la caleta abandonada, y lo primero que observé, fue una vela a punto de apagarse, caminé más y a medida que avanzaba, la vi a ella… en aquel lugar, yacía el cuerpo de una mujer, estaba colgada con una soga al cuello, con los ojos hacia fuera, defecada, mostrando su lengua, se había desfigurado tanto que no se reconocía en primera instancia… era Isidora.
Me quedé ahí mucho rato, miré hacia el mar, y pensé que aquel demonio se había llevado a la rubia.

Antes de auxiliarla, le tomé unas fotografías.

Avisé lo sucedido a la policía de investigaciones, quienes hicieron las pericias, y la localidad nuevamente impactada por otro suicidio más.

En la tarde tuvimos una gran discusión con Lucía:

– ¡Te fuiste a tirar a la mina, te desapareciste, te buscamos por todos lados con esos cabros de la fogata y resulta que la mina despertó ahorcada! ¡¿Me podí explicar que cresta pasó?! – preguntó enfadada.
– No se po, tú me podrías explicar mejor, cuando desperté ustedes no estaban, quizás tus amiguitos le hicieron algo. – apelé.
– ¡Imposible! En la mañana salimos todos de la playa, si tú me dices que encontraste a esa mina muerta a las siete, es imposible que la gente que se quedó conmigo le hayan hecho algo. – contestó.
– Entonces no sé qué cresta pasó.

La única posibilidad para mí era la existencia de esa cosa, insistí en regresar a la playa en la noche, la Lucía empezó a sentir temor después de lo sucedido.

Llegamos a la caleta abandonada a las dos de la mañana, pero esta vez además de salir con mi cámara fotográfica, llevé una linterna y una navaja, tenía que estar precavido de alguna manera.

– Ya Nahuel, vámonos, no hay nadie – me pidió asustada.
– No Lucía, quiero esperar a ver qué pasa – le contesté.
– ¡Pucha oh! Me quiero ir, pero ni cagando me voy sola – lamentó.
– Entonces siéntate conmigo, voy a esperar a que aparezca alguien, haré esto todas las noches si es necesario, no me puedo ir sin saber qué es lo que pasa.
Con Lucía nos quedamos en la arena, muy cerca del lugar de los suicidios.

– Nahuel. ¿Tú de verdad crees que la gente se muere porque hay un demonio? – me preguntó.
– Estas cosas existen Lucía ¿Alguna vez escuchaste la historia de “La Rata”?
– No – me respondió.
– Se dice, que una vez un tipo se volvió loco, mató a toda su familia con un cuchillo carnicero, dejó a su niño más pequeño para el final, le cortó las orejas lentamente, su hijo solo gritaba, luego le cortó la lengua para que se callara, pero no le bastó con eso, abrió el tragaluz y lo dejó encerrado en el entretecho, el niño desde ahí jamás pudo pedir ayuda, su padre al día siguiente le llevó comida, en un plato sirvió las orejas y la lengua que le había arrancado con el cuchillo. El niño en un principio lo rechazó, pero al pasar los días, no soportó el hambre, masticó sus restos y los tragó, pero el sabor era mucho mejor a comparación de lo que comería después.
– ¿Y que comió después? – me preguntó horrorizada.
– Su propia mierda… a medida que cagaba se comía su mierda, y así sucesivamente, vivió por años y siglos en el entretecho de su casa. Pero una noche escapó. Tomó la forma de una rata, y baja de los entretechos de otros hogares solo para buscar comida, y lo peor es esto, se alimenta de carne suave, como las de los niños.
– Si me hubieses contado esto en cualquier otro lado, estaría riéndome, pero acá en la playa me da miedo – me dijo asustada.

Y yo aún no terminaba:

– Hace mucho encontraron a unos niños muertos en sus camas empapados en sangre, a estos les faltaban las orejas, y la lengua, se las arrancaron a mordidas. Si eso no es “La Rata”, entonces que… esas cosas si existen. Por eso estoy seguro de que el Leviatán aparecerá en algún momento.

De pronto, muy cerca del lugar se escuchó un ruido.

– ¡El Lugar de los suicidios! – exclamé.
– ¡Nahuel, ten cuidado! – me dijo abrazándome.
– No te separes de mí, ¿Vale? Pase lo que pase no te separes de mí – le advertí.

Nos acercamos muy lentamente hacia ese lugar, estaba oscuro, entramos a la caleta abandonada, y se escuchó un golpe y un quejido.

– ¡Silencio Lucía! – le tapé la boca antes de que dijese algo, quería escuchar de donde venía el sonido.

Nos pusimos de espalda a la pared, caminamos sigilosos, con la boca bien apretada y pasos de astronauta, demoramos, pero al fin pude asomarme para ver quien estaba en el sitio.

– ¡Mierda! – exclamé.

Corrí a socorrer a un hombre que estaba colgado, pero aún se agitaba, le tomé las caderas e intenté levantarlo con mucha fuerza.

– ¡Lucía ponle la silla! – le ordené.

Ella con la desesperación y la oscuridad jugándole en contra no lograba encontrarla.

– ¡Por la chucha Nahuel, no la encuentro! – gritó perdida.
– ¡Saca la linterna de mi bolsillo! – ordené.

No podía alzarlo más, aquel tipo era demasiado pesado, se estaba muriendo.

– ¡Acá está!

Lucía puso rápido la silla a sus pies, saqué la navaja de mi bolsillo, corté la cuerda, y caímos juntos con el suicida.

– ¡¿Estas vivo?! – le pregunté al tipo.
– ¡Por qué no me dejaste morir! – reclamó mientras salía del ahogo.

Mi compañera alumbró el rostro del tipo con la linterna.

– ¡A ti te conozco, tú eres el joven pescador del otro día, eres Daniel! – exclamé sorprendido, no recordaba que fuera físicamente tan fuerte para ser un niño de quince.

Agitado me tomó desde el cuello de mi camisa.

– ¡Qué hiciste hueón! – me gritó.
– Te salvamos la vida imbécil – lo enfrentó Lucía.
– ¡No me han salvado, ahora le debo al Leviatán! – exclamó horrorizado Daniel.
– ¡Eso no existe! – le gritó mi compañera.
– ¡Tú no sabes nada, el Leviatán vendrá por nosotros, lo hemos desafiado, me hizo un favor, venía a pagárselo y ustedes lo impidieron, lo que acaba de pasar es muy grave, no quiero imaginar lo que me harán sus “ángeles”!

No había forma de hablar con el pescador, estaba fuera de sí, parecía que era peor vivir, que morir colgado en ese lugar.
Fuimos a dejar al joven a su casa, nos quedamos con él hasta que se hiciese de día, para asegurarnos que no volviera a la caleta.
Luego, regresamos a la pensión, con mi compañera nos dormimos cansados encima de nuestras respectivas camas.

Despertamos a las cuatro de la tarde.

– Ya Lucía levántate, quiero que vayamos a ver al tontito de anoche – le dije.

Nos subimos al auto, y nos fuimos a la casa de Daniel, pero nos encontramos con una horrible sorpresa.

– ¡Nahuel, por la cresta, no puede ser! – exclamó mi compañera tomándose la cabeza.

La casa se estaba incendiando por completo, los vecinos gritaban por ayuda.

– ¡Están adentro! ¡La familia está adentro!

Los bomberos intentaron ayudar, pero el humo lo impidió, la casa estaba completamente absorbida por el fuego.
Me encargué de fotografiar todo, los cuerpos calcinados del pescador, su madre y sus hermanos pequeños.

– Fueron los “Ángeles del Leviatán” ¿Te acuerdas que los nombró anoche? Dijo que vendrían por él– le recordé a mi compañera.

Pero a ella le pareció una broma de pésimo gusto.

– ¡¿Sabes que imbécil?! ¡Estoy cansada de ti! ¡Golpeaste a un niño en la playa, que murió quemado con toda su familia y te tiras a una mina que termina colgada! ¡Estoy aburrida de esto! ¡Actúas como un fanático religioso y no como un periodista! – me gritó.

Pero yo no la escuchaba.

– Vamos a invocar a esa cosa – pensé en voz alta.
– ¡A no, tú estás loco! – reclamó.

Preparé una mochila con todo lo que iba a necesitar: velas, un encendedor, tiza, mi navaja de siempre, linterna, y una soga.
Lucía después de pensarlo mucho terminó por acompañarme, advirtiéndome que era la última vez.

Ingresamos al lugar de los suicidios y le dije:

– Voy a remarcar el pentagrama.
– ¡No me gusta esta hueá! – protestó.
– Si llega esa cosa, tienes que sacarle fotos, luego te irás de acá corriendo…. yo escaparé – le exigí.
– Ya, apúrate, tu sabes que no me gusta este lugar – me dijo ignorando lo que le había pedido.

Terminé de dibujar y encendí las velas. Amarré la soga y puse un tronco para luego poder subir.

– ¿Y qué viene ahora? – me preguntó.
– No sé, supongo que dar sangre al pentagrama – le dije desconociendo la situación.

Me puse al medio del dibujo, con la navaja hice un corte a mi pulgar de la mano izquierda, y dejé caer la gota de sangre.
Esperamos toda la noche, pero no aparecía nada.

– Convéncete Nahuel, ya no viene nada, ahora vámonos a la casa – me ordenó.

Pero en ese instante se escuchó un ruido, pensé que era esa cosa que se acercaba.

– ¡Muchachos!

Eran los de la fogata del otro día.

– Ay, menos mal que llegaron, no me sentía bien sola con el puro Nahuel. – exclamó más relajada Lucía.
– ¿Qué están haciendo? – nos preguntó el guitarrista de aquella fogata.
– ¿Que creí tú? – respondí con otra pregunta.
– Oye loco, déjate de llamar al demonio, deberías tener más respeto, con estas cosas no se juegan. – me aconsejó el tipo.
– Esto no es de la incumbencia de ustedes ¡Váyanse! – les pedí.
– Claro que es de nuestra incumbencia, de hecho, nos gustaría saber qué es lo que quieres del Leviatán a cambio de tu vida.

Lucía entendió en ese instante que esos hombres no eran de fiar.

– ¿Quiénes son ustedes? – les preguntó expectante mi compañera.
– Somos los Ángeles del Leviatán, y venimos por ustedes – respondió el sujeto.

Tomaron a Lucía y yo de inmediato fui a socorrerla, pero en el intento recibí un botellazo en la cabeza que me dejó botado en el pentagrama.

– ¡Nahuel! – vociferó mi colega.
– Ustedes se atrevieron a robar una vida al gran Leviatán, nuestro señor le había pagado el favor a ese pescador, pero quedó en deuda, así que hicimos justicia. – nos confesaron.

Me levantaron entre tres y su líder nos habló:

– Ustedes ahora tienen que pagar, es un saldo muy caro el que pide el Leviatán… primero será tu amiga.
– ¡No por favor, se los suplico! – gritó Lucía.
– ¡Bájale los pantalones! – ordenó el líder a uno de los suyos.
– ¡¡¡No, no, no!!! – suplicaba mi compañera.

Un tipo le quitó sus jeans y sus calzones, mientras ella forcejeaba.

– Es muy linda tu compañera, vas a tener que ver todo esto – se burló el tipo.

Los demás me sujetaron la cabeza en dirección a Lucía, la cual fue tirada al suelo, le tomaron los brazos y las piernas, el líder se bajó sus pantalones y quedó desnudo de pelvis hacia abajo.

– ¡No, Dios mío ayúdame! – les rogó mi colega.
– ¡Déjenla! – imploré.
– ¡Esto es lo que pasa cuando le roban una vida al Leviatán! – se rió el sujeto.

Él estaba encima de ella, y antes de penetrarla la golpeó con un puñetazo seco en el rostro.

– ¡Conchetumadre, déjala! – lo desafié mientras intentaba zafarme de los sujetos..
– Quien diría que te iba a encontrar aquí, solo para mí – le dijo a mi compañera mientras le acariciaba los senos.
– ¡No!… ¡Escúchame, daré mi vida, pero déjenla! – les grité.

El tipo se detuvo, y me respondió:

– Bien, si quieres dar tu vida por el Leviatán, entonces te dejaré morir.

Se levantó y ordenó a los demás:

– ¡Súbanlo al tronco y colóquenle la soga al cuello a nuestro amigo!

Después de dejarme arriba, se pusieron alrededor del pentagrama e invocaron al Leviatán. Hicieron cánticos que sabían de memoria, mientras yo esperaba la hora de mi sacrificio.

– Muy bien Nahuel ¿Qué es lo que vas a pedir? – me preguntó aquel líder.

En ese momento, pensé en tantas cosas, recordé a mi madre que me había abandonado, pensé en mi padre, pensé en el odio que sentía, siempre me odié a mí mismo, que se jodan todos.

– ¡Muéranse! ¡Muéranse sufriendo y que después se pudran todos ustedes conchetumadre!
– Muy bien, algún día moriremos amigo, pero ahora, morirás tu – me respondió.
– ¡Nahuel! – gritó en un llanto de espanto Lucía.

De una patada tiraron el tronco en el que me apoyaba, caí, sentí el apretón en el cuello, empecé a asfixiarme sintiendo un intenso dolor..
Todos reían mientras yo intentaba zafarme.
Pero a lo lejos, se escuchó un sonido.

– ¿Qué es eso? – preguntó uno de los tipos.
– ¡Es el Leviatán! – gritó otro.
– ¡Leviatán! – exclamó el líder.

Todos se fueron a la orilla del mar a recibir a su Dios.
Lucía aprovechando el momento en que todos se iban, me levantó las piernas y yo saqué la navaja de mi bolsillo como pude, corté la soga, y caí al suelo.

– ¡Hay que irse de acá, estos tipos están locos Nahuel! – me ordenó.

Me puse a toser para recuperar la respiración:

– ¡No, no me voy a ir, quiero ver esto, pásamela cámara! – le dije ahogado.
– ¡Estás locos hueón! ¡Hay que irse!
– ¡Pásame la cámara mierda!

Aquellas ganas de fotografiar era lo más importante de mi vida. Quería el registro de ese demonio.
Enfoqué hacia el mar, y se veía algo que se aproximaba, algunos se metieron al agua emocionados mientras otros se arrodillaban en la arena.

– ¡No sabes cuánto tiempo estuvimos invocando tu nombre! – vociferó el líder.

A medida que avanzaba esa cosa, se veía que lo rodeaba una sustancia brillante. Hasta que llegó a la orilla del mar.
Era demasiado alto, medía más de dos metros, no se le veía el rostro en ese momento, pero si sus larguísimas manos.
El líder se le acercó, y le habló.

– ¡Señor, queremos sentir tu grandeza!

Pero inesperadamente, esa cosa tomó aquel líder, lo levantó y con una fuerza impresionante lo partió en dos.

– ¡Conchesumadre, hay que salir de aquí! – gritó espantada Lucía.
– ¡No me puedo ir sin sacarle una foto a su cara! – contesté eufórico.
– ¡No imbécil, te va a matar! – me advirtió con las manos temblando.
– ¡Tengo una sola oportunidad, la foto tiene que salir perfecta! – le respondí.
– ¡Nahuel vámonos!
– ¡No! ¡Esto ya lo hice una vez siendo niño en una quebrada, puedo hacerlo de nuevo! – concluí.

Esa cosa luego le cortó la cabeza a otro de sus seguidores, tomó el cráneo y lo devoró.
Yo me acerqué, mientras despedazabas a los demás, escuchaba los gritos desgarradores de esos tipos, era mi oportunidad, al aproximarme más decidí correr velozmente hacia él, enfoqué y le fotografié el rostro, pero la luz del flash lo molestó. Hizo un rugido como de un león.

– ¡Corre! – le grité a mi compañera.

Esa cosa empezó a seguirnos por toda la playa, no quería mirar hacia atrás, sabía que ahí venía, Lucía lloraba mientras avanzaba, pero era demasiado lenta, lo peor fue cuando cayó a la arena.

– ¡Nahuel! – exclamó sin poder levantarse.

Me detuve para recogerla, pero esa cosa la alcanzó.
Tomó a Lucía, y masticó su pierna derecha.

– ¡Nahueeeeeel!

Yo me quedé estático, mientras veía como amputaba su pierna derecha con sus dientes filosos, pero ella seguía viva. Mientras escuchaba sus gritos desgarradores, vi como mordía su cadera.

– ¡Ahhhhhhh Naaahueeeeell, ayúdame! – gritó de dolor.

No había nada que hacer contra ese demonio, observé la escena completa, y entendí que mi deseo en la ahorca se había cumplido, “que se mueran todos ustedes”, y así fue.
Saqué mi cámara fotográfica y registré aquel demonio tragándose a mi compañera, con la mitad de su cuerpo, a punto de ser devorada por completa.
Cuando terminó, esperé a que viniese por mí, era la hora de mi muerte, tenía que suicidarme… pero inesperadamente, el Leviatán no me pidió nada… solo se fue al mar.
Yo me quedé viendo cómo se alejaba.
No quedaron rastros de ninguno de ellos, la sangre fue consumida por el mar, mientras que su carnes y huesos habían sido tragados por el demonio.

La noticia de la desaparición de todos esos tipos y de Lucía, fue portada de “La Población”, el titular decía:

“Por carrete distorsionado el mar se los llevó”

Tuve que inventar algo como eso, después de todo, nadie me creería lo del Leviatán, no entregué mis fotos.
La ola de suicidios se acabó, y se dio como respuesta a que la drogadicción y la cesantía eran los culpables de estos hechos, tal como me lo pidió el editor.

A los días, revelé todos los negativos y fui con todos esos registros a la casa de mi abuela, estaba mi pieza intacta, me senté y me puse a pensar en Isidora, que gracias a ella ese demonio no me llevó, creo que fue bueno haberla embriagado para luego llevarla a la ahorca… su deseo de que nada ni nadie se interpusiera en mi camino se cumplió.
Saqué todas mis fotos, y las puse sobre el colchón, se veía hermosa mi colección.
La cabeza de la sindicalista, la cara deformada de aquella rubia, los cuerpos calcinados del pescador y su familia, los tipos de la secta despedazados, Lucía devorada por el Leviatán, pero aún me faltaba algo para que todo fuera perfecto… la foto de “La Rata”.

Tomé la silla y fui en busca de una escalera, subí, abrí el tragaluz, y soportando el intenso olor a mierda, saqué mi cámara fotográfica, enfoqué hacia adentro y apreté el flash.

– ¿Tienes hambre queridísima abuela? – le pregunté.