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La Llorona

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En ese tiempo tenía ocho años, lo recuerdo como si fuera hoy.

– Hijo ¿te gustaría tener un hermanito o una hermanita?
Mis padres se veían contentos, la vieja siempre hablaba de tener la parejita.
El segundo mes fueron de varios antojos, recuerdo a mi taita intentando conseguir una sandía en el mes de septiembre, no sé cómo cresta, pero la obtuvo, ella emocionada se la pegó completa.
A medida que iba creciendo la guatita, mi mamá tenía esos cambios de humor normales de embarazo, donde a veces pateaba la perra o lagrimeaba por cualquier tontera.
Me acuerdo que le dibujé con lápiz a pasta la cara de un gato en su panza, me buscaba por cualquier cosa.
– Mi chiquito, te quiero tanto. Tienes que cuidar siempre a tu hermanita. – exclamó mientras me acariciaba el pelo.
Esa fue la última vez que vi esos ojos brillantes de amor.

La Llorona.

Mi papá trabajaba en el norte, minero, ganaba bien, le alcanzaba para mantenernos, de tenernos en una buena casa, y de muchas regalías que no cualquiera tiene.
Se veía todo bien, a mi vieja le faltaban días para tener la guagua, pero una llamada telefónica cambió todo.

– ¡¿Disculpa?! No entiendo nada… no sé quién eres.
Mientras yo almorzaba, observé su rostro descolocado mientras recibía un llamado
– ¡¿Y cuál es tu nombre?! ¡Perra maraca! ¡Puta re culiá! ¡Los voy a matar!
Se tiró al suelo a gritar, preocupado le pregunté con voz de niño que es lo que estaba sucediendo.
– ¡No! ¡Ay no Dios mío! ¡Por favor que sea mentira! ¡Ay no por favor no! – era un llanto desconsolado, daba miedo, era una pena amarga, ácida, de muerte, a veces no le salía ni la voz, repetía siempre las mismas frases y ese “no” de alma desgarrada.
– ¿Mamá que le pasa? Pucha mamá, no llore así
Noté que se tomaba el vientre y apretaba los dientes.
Agarré el teléfono y llamé al hospital, me respondieron que llegaría una ambulancia de inmediato, sin embargo, vivíamos en una zona rural de La Ligua, llamado Longotoma, estaba a kilómetros del hospital, más difícil aún era pedir auxilio a los vecinos, aquellos más cercanos vivían cruzando el puente del río, puente que estaba al final del bosque.
Mi abuela justo ese día se fue de compras para la Amanda a La Calera… ya no sabía que cresta hacer.
– ¡Ay, me duele!
Vi que reventó la bolsa, el líquido se esparció por el living lentamente.
– ¡Mamá, pucha oh! – exclamé
– ¡Ayy! ¡Va a nacer! ¡No quiero! – gritó.
Saqué un cojín del sillón y se la puse en su cabeza para que dejara de golpearse contra el piso.
Actué instintivamente, mi mamá andaba con un vestido, así que le corrí la falda y le bajé el calzón… ahí me quedé… que llegara mi hermana.

– No llore mamá, aguante, ahí viene.
– ¡AHHHHH! ¡AHHHHH!
Se veía el pelo mojado de la Amanda, no quería tocarla, no quería ayudar a sacarla, temía romperle la cabeza.
De pronto, el charco de líquido amniótico esparcido por el living empezó a mezclarse con el tono rojizo de su sangre.
Mi hermana ya tenía toda su cabecita asomada.
– ¡Mamá, está saliendo!
Ella no tenía aliento, cuando la Amanda estaba prácticamente afuera puse mis manos, para recibirla en un lugar que parecía un matadero.
A mi mamá se le dilataron las pupilas, con un rostro estirado, con la boca abierta, defecada por la fuerza, acostada en su sangre.
Con una tijera corté llorando el cordón umbilical, demoré un montón por la falta de filo, pero las separé… para siempre.
La Amanda soltó el quejido apenas la tomé.
– ¡Mamita ya po, despierta po! –
Estuve una hora con la Amanda y el cuerpo de mi mamá.
Mi papá viajó en avión de urgencia de Calama, llegó en la noche al hospital.
Recuerdo que cuando supo la noticia no dijo nada, se sentó y empezó a comerse las uñas, parpadeaba mucho, hablaba solo, movía los dedos de las manos y agitaba la pierna derecha.
Me abrazaba a cada rato y me besaba la frente, tenía los ojos brillantes de pena.
– Pobrecito mi guatón, tuviste que apechugar solo, lo hiciste bien – me dijo.

El funeral fue a los dos días, no llegó mucha gente al entierro, la familia cercana y una que otra señora del pueblo.

Mi padre se quedó con permiso del trabajo para estar con nosotros un par de semanas, mi abuela paterna ayudaba en todo, ella se hacía cargo de los quehaceres de la casa, pero la pega era pesada, es por esto que contrató a una empleada que vivía en el pueblo según dijo, yo nunca la había visto, tenía unos cuarenta años, su nombre, Eugenia, era un amor, por el cariño pasó a ser simplemente la “Gena”. La mayor razón por la que la llevaron a casa era por su leche, según ella, tenía un crío de dos años que jamás conocí y aún le daba teta, así, también se encargaba de amamantar a la Amanda.

Me contaba historias antes de dormirme, le gustaba asustarme con sus leyendas, Longotoma tiene eso, mucho cuento, mucho mito, pero le creía, sus ojos notaban verdad, no había mentira en su tono de voz. La que más le gustaba relatar era la del Diablo montado en el caballo con los dientes de oro. Su padre le contó que con su mula cayeron a un acantilado, quedó muy herido y sin poder hacer nada, le oraba a Dios que lo ayudase, pero estaba cada vez peor, la sed, el hambre y el frío le estaban quitando la vida… pero se negó a morir, miró al cielo y le pidió a Satanás que lo ayudase. En casi su último suspiro apareció un hombre, montado en un caballo negro que destacaba por la brillante luz de su dentadura y lo dejó a los pies del cerro.
– ¿Y cómo pasó eso? ¿Si el Diablo no es bueno? ¿Por qué lo ayudó? – pregunté
– Para el Diablo todo tiene un precio, a diferencia de nuestro Señor que lo hace con una voluntad celestial.
– ¿Y cómo pagó?
– Mi padre jamás pagó nada antes de morir, él se fue de viejo, con una muerte natural, vivió feliz el resto de su vida.
– ¡Entonces engañó a Satanás! – deduje.
Al par de meses, mi padre en una de sus muchas bajadas llegó a casa, lo extrañaba… pero no estaba solo.
– Mamá, Eugenia, hijo… les quiero presentar a Lorena, ella es una amiga.
Mi abuela no lo tomó con buenos ojos, y para mí fue un rechazo total.
– ¡Quiero a mi mamá! – eso fue lo que exclamé mientras lloraba, fue doloroso, sentí que estaban reemplazándola.
– Hijo, no llore, dije que es solo una amiga.
Era evidente que no lo era, podía ser un cabro chico, pero no un idiota.

– ¿Por qué esa pena? yo solo soy una visita, jamás podría reemplazar alguien como su mamá – me dijo aquella mujer mientras me tomaba las manos.
Mi abuela le ordenó a la Gena que me llevara a mi pieza, al parecer tenía mucho que decir.

– ¡¿Pucha Gena, porque mi papá trae a otra señora?! – le pregunté con impotencia.
– Ya mijito, tranquilito. Esa mujer va a estar un tiempo no ma, en este pueblo no hay nada, se va aburrir y se va a ir, acuérdese noma. Pero no le esté diciendo a nadie que yo dije esto ¿me oyó?

Pasaron los diez días, todos pensamos que esa tal Lorena se iba a ir al norte con mi papá, pero todo resultó como menos lo esperaba.
Más terrible fue cuando terminó quedándose en la habitación matrimonial, para mí, aquella pieza era sagrada, ninguna otra mujer iba a poder dormir ahí. Fue tanta mi rabia que entré a la mala mientras ellas dejaba sus cosas.
– ¡Tú no podí dormir aquí! – la enfrenté.
Ella, se asomó en la puerta, la cerró y me contestó:
– ¿Cuál es tu problema? Deberías superar la muerte de tu mamita, ella ya no está, convéncete, la vida avanza – me respondió sin mirarme a los ojos, ignorándome, mientras doblaba su ropa.
– Yo voy hablar con mi papá para que te vayas en su próxima bajada.
– Dile, pero no creo que te haga caso, tu papá me ama.
– Mentira, a ti no te quiere, solo a mi mami.
– ¿En serio? ¿Y como es que pololeamos hace meses? Niñito, tu mamá no valía nada en la vida de tu papi, ella solo se quejaba, lo molestaba, obviamente él se iba a aburrir, y se encontró a una mejor mujer.
Molesto tomé lo primero que pille en la pieza y se lo lancé a su espalda, ella, finalmente me miró a los ojos fríamente, se levantó y me agarró la cara con sus largos dedos.
– La vai a pasar mal niñito, de hecho es mejor que no me busques, te vai a terminar arrepintiendo – me advirtió Lorena.
Me quedé mudo y salí de la pieza mordiéndome los labios.

Aquella mujer venía con la decisión tomada, quería la casa para ella.

Me sentí intimidado, le temí, es por esto que no le dije a nadie lo que me había pasado con esa mujer.

La Amandita estaba creciendo, parecía que la teta de la señora Gena alimentaba a los toros, se veía gordita a los tres meses. Cuando llegaba del colegio siempre me iba a su cuna, era despierta la chicoca.
– Cómo que no se parece a ti.
A la pieza entró Lorena, me vio solo con mi hermana y aprovechó de platicar un poco.
– Si se parece a mí – respondí.
– No. Tampoco se parece a tu papá
– Entonces se parece a mi mamá
– ¿Y tan fea era?
– Tu eres fea
– ¿Yo? No, soy hermosa, por algo tu papá prefirió quedarse conmigo.
– Pero porque no está mi mamá no ma.
– ¡Dale con tu mamá! Si a esa vieja no la quería.
– ¡Cállate!
– Oye, y cuéntame una cosa… ¿cómo fue ver a tu mamá ensangrentada, muriéndose?
– ¡Dije que te callaras!
– ¿Sabi que? hay algo que nunca te han dicho parece, pero es un secreto a voces… mejor no te lo diré.
– … ¿Qué cosa?
– Ya, pero es entre nosotros dos… Es que dice tu papá que fue tu culpa.
– ¡Mentira!
– Es verdad, de hecho todos lo piensan en la casa, pero no dicen nada, para que no te sientas mal.
No aguanté la rabia y la pena
– Pero no llores, no seas niña – mientras me pasaba su mano por el pelo para luego marcharse.

Me dejó teniendo pesadillas, siempre veía esa escena oscura, con aquel grito de dolor, me reprochaba a mí mismo al despertar: “todo por mi culpa, no hice nada para que dejara de desangrar” me repetí mil veces.

Cuando papá regreso a casa, le pedí lo mismo de siempre, a lo que estábamos acostumbrados.
– Papá, llévame a jugar a la pelota.
– Tu papá no puede, nos vamos a La Ligua a comprar, tendrá que ser en otro momento – interrumpió Lorena.
Él no dijo una sola palabra al respecto y se fue con ella.

Me acerqué a mi abuela y le hice una pregunta
– ¿Cuándo se va a ir esa señora?
– No se hijo, parece que va a estar más tiempo de lo que pensábamos.

Nadie tragaba a esa mujer, pero tenía el respaldo de mi papá, ante eso, no había mucho que hacer.

Recuerdo que un día lo fui a buscar temprano a su habitación, ese día quería que me llevara a la cancha, pero al encontrar la puerta semi-abierta, lo encontré teniendo relaciones con Lorena, incómodo ante la situación me quedé en silencio, me iba a dar la media vuelta para marcharme, pero ella me descubrió… sin embargo no dijo nada, me miró sonriente mientras se meneaba encima de él. Mi padre jamás supo.
Creo que esa fue la primera vez que le sentí miedo, fue algo chocante, extraño.

A los cinco meses de la Amanda, esa mujer aún no se iba y para peor, mandaba a la Gena como se le antojase y contradecía en todo a mi abuela.

Una vez vi salir a Lorena de la cocina, esperé que se alejara, puesto que odiaba topármela en casa, y fui hablar con mi abuela que de seguro estaba cocinando.

– ¿Qué le pasa?
La vi apretándose el estómago, apoyándose en un mueble.
– Nada mijito, parece que algo me cayó mal.
Llevaba días con lo mismo, fue al hospital de La Ligua, pero la encontraron sana como un yogurt, quizás solo era un estrés.

Esas noches dormía mal, eran pesadillas tras pesadillas, a veces era el rostro de esa mujer acostada con mi padre, o esa imagen de mi madre ensangrentada.

Cuando mi padre subía a trabajar, sucedían situaciones extrañas con Lorena.

Me levanté para ir al baño y escuché la voz de mi madre que me llamaba.
– Hijo, hijo, estoy acá
Seguía su voz, y a medida que me acercaba a la pieza de papá se oía mucho más fuerte.
– Estoy acá, entra.
Abrí la puerta, y no estaba.
– ¿Así que te gusta verme desnuda?
Aquella tipa tenías sus tetas al aire, y se tocaba su genital apenas me vio.

Me quedé mirándola, y sorprendentemente logró imitar la voz de mi madre.
– Hijo, ven, te extraño – me dijo mientras se masturbaba.

Salí corriendo a mi pieza, y me encerré en mi cuarto.

No lo soporté y se lo conté a mi abuela
– Mijito, acá en esta casa nadie soporta a Lorena, pero estás soñando cosas.
– Yo le creo al niño – interrumpió la señora Gena.
– Deja de meterle al niño tonteras en su cabeza, suficiente tiene con todo lo que le ha pasado – exclamó mientras se marchaba a la cocina.
– Mijito, yo creo que esa mujer es una bruja. – Me dijo la sirvienta.
– Sí, yo también pienso algo así, imitó la voz de mi mamá y hace cosas cochinas cuando me ve, le tengo miedo.
– Es peligrosa… pero debemos aguantar un poco.
– Pero si no se va a ir nunca.
– No te preocupes, yo me voy a encargar de eso.

– ¡¡Ahhhh!!
Se escuchó un grito desde la cocina. Con la señora Gena nos fuimos corriendo a mirar.
– ¡Abuelita, que le pasa!
Estaba arrodillada vomitando sangre por la boca.
– ¡No se mueva de aquí, voy a llamar a una ambulancia! – me ordenó la empleada.
Pero ya era tarde, mi abuela cayó y se azotó la cabeza contra el suelo.
Murió ese día, en la cocina… fue una hemorragia.

Ya no soportaba otra partida, presentía que esa mujer tenía algo que ver con lo que pasaba, pero no tenía forma de demostrarlo.
La enfrenté cuando estaba mi papá.
– ¡Fuiste tú! ¡tú la mataste!
– Parece que no se encuentra bien tu hijo, debe estar muy afectado con todo – le dijo a mi papá.
– Hijo, váyase a su pieza – me ordenó.
– Pero papá, yo vi que ella lo mató
– ¿Sí? ¿Y cómo?
– No sé
– Hijo, vaya, descanse. – me ordenó besándome la frente.

La señora Gena era la única que me creía.

Mi hermana cumplía ya siete meses de edad, pero el pasar del tiempo no significaba más que malos augurios.

Una noche, apenas acostándome algo me desconcertó
– ¡Auxilio, ayúdenme por favor, mi hijo, por favor, mi hijo, quien se llevó a mi hijo! ¡Piedad! ¡Devuélvanmelo! ¡Devuélvanmelo!
Era un llanto desgarrador de una mujer, esta no transmitía pena, sino más bien miedo, mucho miedo.
– ¡Quiero a mi niño! ¡Me lo robaron! ¡Por favor! ¡Tráiganmelo!
Me asomé por la ventana y vi pasar a una mujer, tenía el cabello largo hasta el suelo, oscuro como la noche, vestida de una manta ensangrentada justo en su vientre.
Vi que se acercaba a la casa, en ese momento el terror me inundó por completo.
– ¿Has oído de La Llorona?
Lorena había entrado a mi pieza.
– ¡Ya! ¡Déjeme tranquilo! ¡¿Quiere?! – le exigí.
– La Llorona busca a las guaguas y se las lleva, yo que tú me iría a la pieza de tu hermanita.
– ¡Señora Gena! – grité pidiendo ayuda a la sirvienta.
– ¿Por qué no entregarla? Ya no tienen mamá, tampoco abuela, deberías pasársela a esa mujer, quizás le entregue más cariño – me dijo mientras esbozaba una sonrisa.
– ¡¿Y usted señora que hace aquí?!- la señora Gena entró a mi cuarto y le habló golpeado – ¡Porque no deja tranquilos a los niños, siempre me los asusta!
Sin decir nada Lorena se marchó.
– ¡La Llorona! ¡anda afuera de la casa! ¡se quiere llevar a mi hermana!
– Ya, tranquilito, me voy a traer la cuna de su hermana para acá, yo dormiré con ustedes hoy.
– Gena, no quiero que te pase nada, esa mujer te puedo hacer daño.
– No me hará nada, quédese tranquilo, yo sé cómo enfrentar estas cosas. Dios nos protegerá, ahora quiero que cierres los ojos y me tomes las manos. Vamos a orar.
Hice caso y me concentré en las palabras de la que consideré en ese entonces: mi nueva madre.
– Señor, protege esta casa de los demonios que nos rodean, protege a mi niño y a la Amandita, ellos son tus hijos, no tienen ninguna mancha de pecados, están limpios, derrama la sangre del cordero sobre ellos y bendícelos…
Tuve tanto rato los ojos cerrados, que terminé quedándome dormido.

– ¡Despierta mi niño!
Era la señora Gena sacudiéndome para que abriese los ojos
– ¿Qué pasa? – pregunté asustado
– ¡vamos a salir ahora!
– ¿Por qué a esta hora?
– Hágame caso no más.
En ese instante escuché nuevamente el llanto de esa mujer con aquellas súplicas de dolor.
– ¡Mi niño! ¡Lo quiero ahora! ¡Entréguenmelo!
– Es la Llorona señora Gena – le dije.
– Ya, tranquilito, acuérdese que no tiene que tener miedo, piense en el señor no más.
Salimos del cuarto sigilosos, eran las cuatro de la mañana, a la Amanda se la llevaba cubierta en su enterito, con muchas mantas, guantes y un gorrito.
La Llorona se escuchaba más cerca que nunca.
– ¿Está adentro de la casa? – pregunté asustado
– ¡Ya pue! ¡qué le dije! ¡quédese calladito!
Tenía ganas de orinar, el miedo era hielo que se sentía desde el cuello hacia abajo.

– ¿Y ustedes adónde van?
Lorena nos descubrió intentando salir de la casa.
– ¡Llévese a la niña mijito, yo me voy a quedar con esta mujer para que no los siga! – me ordenó la señora Gena.
– ¡No nos deje solos!
– ¡Váyase!
Tomé a la Amanda, y salí de la casa corriendo, a lo lejos escuché el grito de Lorena.
– ¡Va hacia el bosque! ¡ese niño con tu bebé van hacia el bosque! – me acusó con el demonio.
Miré una vez hacia atrás y La Llorona venía detrás de mí.
¡Corre! – se escuchó la voz de la señora Gena.
Avanzaba lo más rápido posible, lloraba demasiado, pasé entre árboles y muchos arbustos, no se veía nadie cerca para pedir ayuda. Tampoco podía gritar auxilio, ese espectro me encontraría.
Finalmente llegué hacia el rio, no se podía cruzar, salvo que me devolviese a tomar el otro camino para llegar al puente, pero era mejor olvidar ese plan, pues la Llorona venía por ese lado… así que solo atiné a esconderme detrás de un árbol.
– ¡Mi niño, ven mi niño! – gritaba esa alma en pena.
Le destapé un poco la cara a la Amanda, temí que se estuviese ahogando entre tanta manta, sin embargo, fue el peor error, mi hermana se echó a llorar.
– ¡Shhh, cállate po!
– ¡Mi bebé! ¡Donde estas bebé!
– ¡Ya po, cállate po, viste que nos van a matar!
La Amanda no se detenía, y se sentía los pasos de aquella mujer, entre esas hojas de otoño.

– ¡TE ENCONTRÉ! – exclamó frente a nosotros.

Me levanté, con una adrenalina absoluta, la Llorona estaba por alcanzarnos… pero llegó la luz, apareció un bendito sol desde la cordillera y el espectro se desvaneció.

No sabía si devolverme a casa, preferí quedarme en el bosque.
Al parecer se armó una bataola en el pueblo, todo el mundo nos buscaba, pero la gran sorpresa ocurrió al otro día, después de dormir con frío y hambre, responsable de una niña de meses.
– ¡Están acá cabro de mierda!
Era mi padre que venía recién llegado del norte, estaba furioso.
– ¡La Llorona venía por nosotros, tienes que creerme papá!
– ¡Chiquillo de mierda! ¡Veamos si con esto aprendes!
Mi papá me golpeó con la hebilla de su cinturón, me golpeó tantas veces que no pude sentarme durante una semana.

– ¡Ay dios mío! – gritó Lorena apenas nos vio llegar
– Ya mi amor, tranquila, mis niños están bien – consoló mi padre
Era una actuación magistral de la tipa, si nunca hubiese sabido que ella estaba detrás de todo, le hubiese creído de todas maneras.
– ¡Mi mamá Gena! ¡¿dónde está?! – pregunté.
– Se fue, al parecer escapó, no quiso hacerse cargo de lo sucedido, me dijo que ya no quería trabajar acá, que solo lo hacía por compromiso, que estaba aburrida de ustedes – dijo en un mar de falsas lágrimas.
– ¡Mentira! ¡Mentirosa! ¡Bruja! ¡Algo le hiciste!
Mi padre me volvió a golpear y me llevo de una oreja a mi pieza.
– ¡Te vas a quedar castigado! ¡Me tienes harto! – me gritó.

Lloraba en mi cuarto, sabía que algo malo le había ocurrido a la señora Gena.

Pasaron los días y a pesar de la paliza que me había propinado mi padre, no quería que se fuese a trabajar, no tenía quien me protegiese, me iba a quedar solo con esa mujer, tenía que evitar a toda costa que se marchara.
– Hijo, quería pedirle disculpas por lo del otro día, pa que sepa a mí me duele más que a usted pegarle. Pórtese bien, no quiero que nos llevemos mal.
– Papá, eso no importa, no te vayas, no me dejes solo.
– Pero si se va a quedar con la Lorena.
– Quédese tranquilo, yo los voy a cuidar muy bien, vamos hacer varias cosas, me vas a querer tarde o temprano – exclamó la tipa.
– ¿Ve hijo?
Mi padre me abrazó y se fue en un taxi.
– Ahí se va tu papá. Lástima que será la última vez que lo veas.
Entendí de inmediato que algo estaba por suceder.

Me fui donde la Amanda, le toqué sus manitos y le prometí que la protegería a toda costa, así como me lo dijo mi mamá antes de morir, sería el mejor hermano que jamás alguien podría tener.

– ¡Nooooo! – gritó Lorena desde el living
Curioso, salí a mirar, ella estaba con el teléfono.
– ¡¿Qué pasó?! ¡¿Es mi papá verdad?!
Cortó la llamada y me respondió
– Lo siento, tu papá sufrió un accidente camino a la minera, se volcó, está muerto.
– ¡Pucha, ay, ay no, mi papito, no!
– Ahora se quemando en el infierno con tu abuela y tu mamita– se burló mientras se sacaba sus venenosas lágrimas.
– … Me he quedado solo con mi hermana.
– No. Yo ahora seré tu mamá, puedo amamantarte si quieres – dijo sacándose el sostén.

Tenía que escapar rápido de casa, ésta ya no me pertenecía, estaba en peligro con mi hermana.
Me encerré con pestillo, envolví a la Amanda y pensé en salir por el entretecho con ella. Pero increíblemente, el pastillo se empezó a abrir por arte de magia, y aquella mujer entró a la habitación.
– ¡¿Te gustan los juegos niñito?!
Me tomó del pelo y me arrastró por la pieza, me llevó así hasta el living, me sentó en una silla y me amarró. Dejó una vasija vacía a mi lado, en ese momento no entendí para qué, pero algo malo se dibujó.
– Voy a invocar a La Llorona, así como lo he hecho últimamente, pero esta vez será mucho más efectivo, ya no será mi sangre, sino con la tuya.
– ¿Qué te hicimos nosotros? No entiendo nada, porque no nos dejas tranquilos.
– Tengo una deuda con la Llorona, desde hace mucho tiempo, ella me otorgó juventud eterna a cambio de un bebé, y esta familia cumplía con todos los requisitos, una mujer embarazada, una casa solitaria y un padre idiota e infiel.
– ¡No! ¡la Amanda no! ¡es chiquitita, no le hagas nada!
Sin escucharme me tomó la mano derecha y sacó un cuchillo.
– Muy bien niñito, vamos a ver cuánta sangre tienes para traer a esta gran mujer.
Me agarró el dedo anular y me raspó con el cuchillo, ha sido el dolor físico más grande de mi vida, sentía como me rajaba la carne, como me cortaba los nervios y tocaba mi hueso.
– ¡Ayy! ¡Me dueeele! – grité.
Cuando estaba por cortar todo mi dedo, lo dobló para arrancarlo por completo, se escuchó el sonido del hueso partiéndose. La sangre la dejó correr en aquella vasija vacía. La bebé se puso a llorar, como sabiendo lo que me hacían.
– ¡Muy bien, con esto será suficiente para que entre a esta casa la Llorona!
Nombró a Belcebú y al ángel oscuro, que le diera fuerza para atraer la tristeza y el miedo.

– ¡Mi bebé, donde está mi bebé! – se escuchó una voz de desgarradora que se acercaba.
– ¡Ya po, no se la pase! – le grité con el dolor acumulado de mi amputación.
– ¡Esto lo he esperado hace mucho tiempo, al fin pagaré mi manda!
– ¡Deje a mi hermanita!
¡Mi bebé, quiero a mi hijo! – se escuchaba cada vez más cerca
Sentí que estaba dentro de casa.
La Llorona entró al living, con su manta ensangrentada, pelo hasta el suelo de color negro como la noche.
– ¡Puedes llevártela!
Lorena levantó a mi hermana y La Llorona dejó su pena de lado, estaba silente, como si al fin había algo que la tranquilizaba.
– ¡Esta niña no te pertenece!
Apareció sorpresivamente la señora Gena con un cuchillo cocinero, pasando todo el filo por el cuello de Lorena, la sangre caía como en una cascada por su cuerpo, sus ojos desorbitaron y cayó muerta.
La Llorona al verla puso rostro de espanto, y empezó a gritar.
– ¡Mi bebé! – exclamó por última vez.
La Llorona desvaneció por la muerte de la bruja que la había invocado.

– ¡Señora Gena! – grité emocionado.
– ¡Mijito, que le hicieron! – tomándome la mano ensangrentada.
– Mi dedo, me cortó mi dedo, y me duele mucho.
La señora Gena tomó la vasija con sangre y dijo unas palabras para sí misma, no entendí lo que decía. Dejé de sentir dolor y la herida se cerró.
– ¿Usted es una bruja? – le pregunté.
No me respondió nada, me acarició el rostro y luego me desamarró.
La señora Gena tomó a mi hermana y la acarició. Luego empezó a mecerla en sus brazos, y caminó con ella, por toda la casa.
Luego abrió la puerta y salió.
– ¿Adónde van?
– Voy y vuelvo – me contestó.
– ¿Dónde se la lleva? – insistí.
– Voy y vuelvo.
– Ya po señora Gena, devuélvase a la casa.
No me escuchó y se dirigió hacia el bosque.
– ¡Que está haciendo! ¡Me está asustando!
– No sufras más, solo haz tu vida – me contestó.
La señora Gena no se comportaba de manera normal, se estaba robando a mi hermana, empecé a caminar detrás de ella, suplicando que la devolviera.
– ¡Ya po, pásame a mi hermana!
Caminamos tanto por el bosque que la seguí hasta los pies del cerro.
– ¡Este es el lugar! – exclamó
– ¡Pásame a mi hermana, ahora!
Una luz se veía a lo lejos, se acercaba a pasos agigantados, se escuchaba el galope de un caballo.
– ¡Esta es la paga de mi padre! – gritó.
El jinete era un tipo imponente, de cabellera rubia, de ojos claros como el sol, era hermoso… pero su mirada inspiraba desconfianza, venía en un caballo negro, con los dientes de oro.
– ¡No, no se la lleve, por favor no, no se la lleve!
Le entregó a Amanda al Diablo, y ella se subió con él al caballo escapando hacia el cerro.

Corrí detrás de ellos lo que más pude, pero los perdí para siempre.

… Y hoy, después de muchos años, la busco sigiloso por el bosque, llorando por ella, aquí, en este pueblo sin vida.

 

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Sergio Cortés.

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