Noticias
Home / Historias / Duende

Duende

No hay texto alternativo automático disponible.

Dejé doscientas lucas en la pieza y cuando volví al otro día, me encontré con la sorpresa que estaba la cagada en el living. Empecé a buscar como loco, pero era lo obvio, se me habían metido hasta la cocina unos flaites culiaos. Llamé a la PDI quienes no pudieron hacer mucho, era difícil encontrar al ladrón. La población ya no era lo mismo de antes, ahora había que asegurarse para que no se te metiera nadie a tu propia casa. Me conseguí un pastor alemán y cambié todas las chapas, puse rejas en las ventanas y me compré una pistola.
Pasaron días, en un momento pensé que no volvería ocurrir algo así, pero esta vez se habían robado los juguetes de mi hijo de 7 años.

– Deben ser unos pasteros angustiados, para robar juguetes es porque estái pa la cagada – exclamé
– ¿Y si no vamos de aquí? – me preguntó mi polola.

Me negué, no podía dejar que me la ganaran estos hueones.
Dormí todas las noches en el living, con pistola al lado… hasta que los escuché.

– ¡Cristina! ¡Pone seguro a la puerta de la pieza!
– ¡¿Qué pasa?!
– ¡Se metieron! ¡Llama a los “ratis” y no salgas de ahí!
– ¡Tengo miedo!
– ¡Shh, silencio!

Me puse al lado de la puerta, escuché al perro ladrar, miré por la ventana cuidadosamente que no me vieran, pero no lograba percibir a nadie. Retrocedí un poco hasta llegar a la puerta de la cocina, tenía que estar atento a todas las entradas.
De pronto, se dejó de escuchar ruidos afuera y el perro dejó de ladrar.

– ¿Qué onda? ¿Entraron? – me preguntó.
– No, parece que no había nadie, quizás algún gato que andaba hueando.
– ¿Por qué no te acuestas con nosotros?
– No, prefiero quedarme acá en el living.
– Oscar…
– ¿Qué?
– ¿Escuchaste eso?
– ¿Qué cosa?

Alguien corría por el techo, los pasos de las latas se hacían sentir con los pasos. Fui rápido a la entrada nuevamente, abrí la puerta de la casa, salí, fui a buscar al perro… pero este estaba botado en el suelo en un charco de sangre, se le veían muchas llagas en su cuerpo.

– ¡Oscaaar!

Volví a entrar para ver que sucedía, intenté ingresar al dormitorio pero la chapa estaba con seguro.

– ¡Cristina abre la puerta!
– ¡Oscar! ¡Están atacando al niño!

Mis pulsaciones se fueron a mil.

– ¡Déjenlo! ¡Ahhhh! ¡Oscaaar!
– ¡¡ ¿Que chucha pasa?!!
– ¡Nos van a matar!

Le di mil patadas a la puerta, no sabía si disparar a la puerta, temía con darles con alguno de los tiros.

– ¡Oscaaar!

Fui corriendo hacia el patio, tomé un chuzo, regresé hacia la puerta, puse la punta de este en la orilla, hundí muy fuerte y jale con todo.

– ¡Me están mordiendo!

Me quedaba solo un poco más, y me fui con todo… la puerta se abrió.

Entré, vi a la Cristina en el suelo, aun gritando. Fui a ver al niño, gracias a Dios este se encontraba bien, miré a mí alrededor para encontrar a alguien, no entendía nada. Vi un movimiento en la cama.

– ¡Oscar, cuidado, no te acerquí, por favor!

Apunté a las sábanas, me aproximé con mucho cuidado. Me fui lentamente, tomé el cubrecama y lo retiré rápidamente… no había nada. Pero se veía la forma de un cuerpo pequeño en las frazadas, me decidí a disparar.

– ¡Oscar, vámonos de aquí!

Respiré profundo, puse mi índice derecho en el gatillo, no puedo negar que sentí temor, esto no era cualquier cosa, en un principio pensé que se trataba de un animal. Pero que más daba, ya estaba allí y tenía que enfrentarlo.

– ¡Cagaste hueón! – exclamé.

Pero cuando estuve a punto de disparar, en ese mismo instante lo vi salir de la cama, saltó hacia la ventana, tenía la velocidad de una liebre, mi mente logró fotografiar en ese segundo su rostro de anciano, y sus uñas de felino, sin haber visto algo como esto antes, pues supe de inmediato de que se trataba… Pues algo fuera de lo normal nos estaba acechando en nuestra propia casa.

Duende.

Los ratis llegaron en la noche, no supimos que decirles, terminé inventando que no había pasado nada, nos dormimos nada.
Al otro día enterramos al perro en el patio, y conversamos con la Cristina respecto a irnos de allí, pero no sería tan fácil.

– ¿Cómo que no te querí ir? ¿No lo viste acaso? – preguntó agitada.
– Ya… ¿Y donde nos vamos a ir?
– No sé po, muévete, pero yo ni cagando me quedo aquí con el FeFelipe.
– ¿Y tú tení plata pa arrendar?
– Pucha, me consigo.
– Le debemos plata a medio mundo y te vai a conseguir.
– ¡Bueno, pero haz algo! ¡No me quiero quedar acá!

No tenía pega, con el Dicom no podía sacar algún crédito, económicamente estaba acabado, esa fue la razón para tomar la casa de mis papás. La Cristina en tanto, no tenía trabajo, tampoco una familia o amigos que la acogiera, ella había vivido en el SENAME toda su vida. El tiempo urgía, quedarnos allí un mes más era complicado, no sabíamos si nos enfrentaríamos de nuevo a esa cosa. Discutimos todos los días, mi plata alcanzaba para pagar la luz, el agua, el gas y la comida.

Pero pasaron los días y las cosas empezaron a calmarse, ya no sabíamos más de esa cosa.

– Mira esto.

La Cristina se había obsesionado con el tema de los duendes, pasaba todo el día viendo información en internet.

– ¿Qué pasa? – pregunté.
– ¡Mira po! ¡Lee!

“El menor presenta un deteriorado en su estado de salud por las condiciones en que fue abandonado, en medio de la maleza, y fue trasladado hasta la unidad de urgencias del Hospital de San José del Guaviare donde se recupera su salud.Sobre la manera como desapareció aun es un misterio, la familia y los vecinos del lugar, aseguran que se lo llevo “el duende”. El menor identificado Erick Arucapa Abril, de seis meses de edad, había desaparecido desde el domingo a las 10 de la noche mientras dormía junto a su progenitora, identificada como Jessica Jasbleidy Abril Sánchez, y sus otros dos hermanos de ocho y cinco años de edad”

– Se querían llevar al niño ese día.
– Amor, yo creo que es mejor a empezar a olvidarse del tema, vas a asustar al Felipe si seguí con esto.

A veces, en las noches despertaba a saltos, me imaginaba que de pronto se metía a la casa y se llevaba al niño por la ventana. Cuando escuchaba ruidos el corazón me palpitaba a mil, los autos que pasaban afuera de la villa o los gritos de los curaos de la noche me mantenían alerta, era difícil vivir así.

Un día, recibimos una invitación de la junta de vecinos, de la cual fuimos partícipes. Estaban todos con rostros de mal dormir, y casi nadie se atrevía a hablar, hasta que una señora soltó las primeras palabras, que gran sorpresa nos llevamos

– Yo… yo quiero decir algo, no sé ustedes, pero la verdad es que en mi casa ya no estamos tranquilos, nosotros cuando compramos la casa nadie nos dijo nada de esto y la verdad que se ha hecho insoportable ¿Ustedes saben a qué me refiero?

Nadie se atrevía a nombrarlos, pero era evidente de que se trataba, con la Cristina nos quedamos mirando, tal parece que no éramos los únicos.

– ¡Yo también los vi! – exclamó otro vecino – ¡Mató a mis dos gatos!
– ¡Es una bestia! ¡Hay que ver la forma de acabar con esta lesera!
– ¡Yo opino que traigamos a un cura y se pegue una rezada, quizás esta población esté maldita!
– ¡A ver! ¡Calma! – exclamó el presidente de la junta – Yo también lo vi, de hecho ante noche atacó a mi señora, está muerta de miedo en la casa. Si queremos vencerlo tenemos que unirnos, todos, pero hay que calmarse primero que todo, así de nerviosos no vamos a llegar a ningún lado.
– ¡Pero es difícil po! Con algo así que se meta a la casa es para morirse de miedo.
– ¡Pero déjeme terminar pues! Propongo lo siguiente: Hagamos turnos de rondas nocturnas, los hombres nos encargamos de eso, lo haremos en pareja.
– ¿Y por qué mejor hacemos un whatsapp grupal?
– No, esa cuestión sirve pa puro lesear, la gente empieza a mandar mensajes de cualquier tontera y al final termina en chacota, lo mejor es lo que les digo, rondas nocturnas.
– ¿Y por qué no llamamos a carabineros mejor y paramos con la lesera?
– Yo los llamé la otra vez y no pasó nada. Pero es todo muy difícil, explicar que hay un duende por ahí es pa la risa. Si los que estamos acá, somos los únicos que podemos hacer algo.

Finalmente hicimos lo que propuso el presidente de la junta, en cierta manera eso calmó un poco los ánimos de todos, la unión tranquilizaba después de todo, ya no nos sentíamos tan solos.
La tercera noche me tocó hacer la ronda con uno de los vecinos, su nombre era Yerko.

– Mire lo que traigo, un pisquito pal güergüero – me dijo.
– Buena, da sed esto de los duendes.
– Jajaja.
– Hay que tomárselo pa la risa, no queda de otra.
– Así es po. Es pa no creer toda esta cuestión, cuando chico en el campo me contaban sobre estas mugres, pero jamás me imaginé vivir esto.
– Yo menos.
– Yo me pregunto si esto estará pasando en otros lugares también.
– Parece que no – contesté.
– ¿Y por qué acá en la población no más? Es muy raro.
– Claro que es raro.
– ¿Usted hace cuanto vive por acá?
– Yo me crié aquí – respondí.
– ¿Y nunca había pasado algo como esto antes?
– No que recuerde.
– Sabe que… a veces pienso que esa cuestión alguien lo trajo.
– Es difícil cachar.
– Estoy seguro que sí, debe ser esa vieja de esa casa, usted bien debe saber que es bruja.

Se refería a la Carmen, más conocida como la “Yayita”, una mujer de unos 70 años. Yo la conocía con ese nombre porque cuando joven era igual a la mujer de Condorito, era así de voluptuosa, hasta de cara se parecía. En ese tiempo todos andábamos babosos con ella, era mi amor platónico en la pubertad. Mi taita y todos los vecinos estaban calientes con esa viuda, y mi mamá junto con todas las viejas la envidiaban.
Pero un día, esta mujer perdió a su hijo de 6 años en un atropello afuera de la población, yo lo vi tirado con la Yayita llorando a mares. De ahí se transformó en una mujer sola, abandonada, vieja. Nunca más nadie la vio salir, se le veía asomarse por la ventana de vez en cuando y parecía una abuela de 100 años, de ahí que se formó el mito de que ahora era una bruja que solo buscaba daño en la gente por lo que le había ocurrido a su hijo… pero yo nunca creí en eso.

Eran las 4 de la mañana y llevábamos un cuarto de la botella, tampoco podíamos excedernos. ..
… Y los gritos no se hicieron esperar.

Una señora salió corriendo de su casa para llamarnos.

– ¡Yerko! ¡Llama a los demás!

Este empezó a golpear puerta por puerta para pedir ayuda.

Yo no sabía si entrar, debo confesar que no me atrevía solo.

– ¡Mi hijo está allá adentro!

Cresta. Tuve que meterme igual.

Fui con pistola y prendí las luces, el living estaba desordenado por completo, las lámparas se movían como si alguien las hubiese golpeado hace un par de segundos, se escuchaba el correr de algo, como los de una rata.

– ¡Niño! ¡¿Estás ahí?!

Las casas de la población eran todas iguales, me pude hallar fácil dentro de esta, me imaginé que tenía que estar en una de las piezas, miré rápido y no había nada, y solo quedaba la otra habitación… nada. La ventana se encontraba abierta, supuse que habían salido por allí. Al otro lado quedaba el patio, fui hacia allá… lo mismo, tal parecía que se lo habían llevado.

– ¡Niño! ¡Habla si estás por acá!

Los demás entraron junto a la señora, y el terror estaba a punto de empezar.

“Niño desaparecido en la población Einstein, Recoleta”

Llegó la PDI, carabineros… y la tele.

“Niño desaparecido en la noche de este martes, no ha sido hallado, los vecinos comentan la presencia de un duende en la villa, a quien culpan de la desaparición del niño Tomás Alfaro”

– ¡Hay que irse de aquí! ¡No me podí decir que no ahora! ¡Estoy segura que este es el primer niño que se llevan, vienen por mas, no podemos dejar que sea el Felipe! – me exigió la Cristina.

Tenía razón, empecé a llamar a familiares y conocidos para que me prestaran plata para salir rápido de ahí.

– ¡No tengo nada hueón! Mala fecha, si querí a fin de mes no hay drama.

– Pucha Oscarito, yo pagué todas las deudas y me quedé como con diez lucas, si no al tiro.

La cosa se veía mal, no teníamos donde irnos por lo pronto.

Varios vecinos se fueron de la población después de aquel incidente, y los que quedamos allí sentíamos que estábamos sentenciados.

– Oscar, con mi señora estábamos pensando en que mi familia y la tuya nos quedáramos en una sola casa, por lo menos en la noche, hasta que la cosa se calme – me ofreció el Yerko.

Aceptamos de inmediato, nos fuimos todos a su hogar, en una pieza dejamos dos camas, en esta dormía su señora, junto con la Cristina y los niños. Con el dueño de casa tiramos un par de colchones en el suelo. A modo de recomendación mía, cruzamos unas tablas bien clavadas en las ventanas. Las puertas las dejamos con unos muebles, no había forma de que algo de esto entrase.
Dormimos así varias noches y todo se veía en calma, aun así , estábamos atentos a las rondas que hacían los demás por si pasaba algo.

– Oscar, despierta.
– ¿Qué pasa?
– Están golpeando la puerta, parece que son los vecinos.

Retiramos los muebles de la entrada y abrimos, y si, eran ellos.

– No estamos seguros, pero parece que vimos que algo se metió en la casa de la señora Miriam.
– ¿El duende?
– Si…
– ¿Y avisaste a la gente que habita ahí? – consulté.
– Eso tratamos, hemos llamado bastante y no contestan.
– ¡Vale! ¡Yerko, avísales a las niñas que tomen a los cabros chicos y salgan de la casa! – ordené.
– ¿No prefieres que se queden adentro?
– No, donde las podamos ver.

Todos los vecinos salieron al lugar más céntrico de la población junto a sus hijos, a quienes tenían abrigados con las mismas frazadas con las que estaban acostados en sus camas.

– Okey, a la cuenta de tres quiebro la ventana. – exclamó el presidente de la junta vecinal.
– ¿Pero es necesario hacer esto? – preguntó Yerko.
– Llamamos a los vecinos de aquí pero nadie contestó. Hay que entrar así no más.
– Vale, entonces a la cuenta de tres.
– ¡Uno… dos… tres!

Rompió la ventana, abrimos la chapa de la puerta y nos metimos a la casa, todos juntos, éramos unos siete hombres adentro.

– ¡Hay alguien acá! – grité.

Pero nadie contestaba.

– ¡Oscar!

Sentí el llamado del Yerko, al parecer algo había encontrado.

– Chesumare.

Cuando abrió la puerta de aquella pieza, el olor a putrefacción era profundo. Había un hombre y una mujer, ambos estaban muertos, uno se hallaba en la cama y otro en el suelo.

– ¡Auxilio! ¡Auxilio!

Los gritos venían de la población, salimos de la casa rápidamente… la escena fue horrorosa, aquel duende atacaba a las mujeres y niños, había saltado desde los árboles, a la esposa del Yerko la tomó del pelo y mordió su cadera.

– ¡AHHHHH!

Mi novia agarró al Felipe para escapar, las demás mujeres hacían lo mismo con sus hijos. La niña del Yerko quedó sola, intentamos correr para protegerla, pero fue imposible. Se escuchaban gritos espantosos.
Vimos cómo se marchaba junto a la niña por los árboles. El Yerko lo perdió todo, su pequeña se había ido y su mujer se encontraba muerta por una fuerte mordida en su cuello.

– Yerko…
– Mi niñita, se la llevaron – exclamaba, mientras tenía a su mujer en los brazos.
– La vamos a recuperar hueón.
– Se acabó todo pa mí, se acabó…

Yo apretaba al Felipe, sentía que su vida valía más que nunca.

– ¡Fue esa mujer! – gritó el Yerko.

Miré hacia la casa de la señora Yayita, esta se había asomado por la ventana, cuando observó que la habíamos descubierto mirándonos cerró la cortina rápidamente.

– ¡Yerko! ¡Calma!
– ¡Fue esa mujer!
– ¡Hueón! ¡No puedes culparla! ¡Nadie tiene certeza!
– ¡Voy a acabar con esto ahora mismo!

Fue decidido hacia la casa de la señora Carmen junto con todos los demás, la mayoría sospechaba lo mismo que él. Yo era el único que había conocido otro lado de su persona antes de convertirse en una vieja loca, era un error dañarla sin saber que estaba pasando realmente.

– ¡Entremos y la sacamos de ahí!

Pero lo impedí, me puse por delante y exigí que se detuvieran.

– ¡Nadie hará nada! – exigí.
– ¡Tu no perdiste a tu hijo!
– ¡Si sé! ¡Pero razonen! ¡Están buscando culpables sin saber!
– ¡Sale Oscar de la ventana!
– ¡No! ¡Déjenla!
– ¡Hueón, si no sales te haremos salir!
– ¡No voy a salir! ¡Mañana veamos todo esto! ¡Si quieren podemos citar a la señora Yayita pa mañana pa saber si sabe algo de esto! ¡Pero es una viejita! ¡Están todos fuera de sí! ¡Lo comprendo, pero por favor, sé que es difícil, pero calmémonos! ¡Están a punto de querer ensañarse con una mujer de 70 años!
– ¡Pero es mi hija!
– ¡Si sé hueón, te prometo que la recuperaremos, no sé cómo, pero lo haremos! Ahora llamemos a quienes hay que llamar para que nos ayuden con todo esto ¿Vale?
– …
– ¿Vale?

Pero no oyó mis palabras, intentó sacarme de la pasada, la escena empeoró cuando nos enfrascamos a golpes, los dos caímos al suelo, y una voz detuvo todo.

– ¡¿Qué es lo que pasa?! ¡Se van todos de mi casa! ¡Ahora!

Era la señora Yayita.

– ¡Usted trajo a ese demonio! – gritó otro de nuestros vecinos.
– ¡Yo no he traído nada! ¡Lamento mucho lo que está pasando acá, para que ustedes sepan yo también perdí un hijo y sé que es lo que se siente, de verdad lo lamento, deben estar todos desesperados, pero no me vengan a culpar a mí de eso! ¡Ahora por favor, salgan todos de aquí, esta es mi propiedad y me están invadiendo!

Con el Yerko nos levantamos, este con una mirada molesta se retiró de allí, los demás lo siguieron y yo fui el único que me quedé.

– ¿Y usted que hace aquí? ¡Váyase también! – me ordenó.
– Señora Yayita, ¿No se acuerda de mi acaso?
– ¡No!

Y con esa rotunda negación cerró la puerta.

La noticia recorrió el país, no había pruebas de todo esto, pero tanto testigo diciendo lo mismo daba para creer.
Varios periodistas alojaron durante días en la población, estaba lleno de cámaras en todos lados.

– Esta cuestión para muchos es como un espectáculo y no se dan cuenta que es una tragedia para la población. Murió una vecina y desaparecieron 2 niños.
– …
– Oscar, te estoy hablando. No me estái prestando atención parece.
– Disculpa amor, es que estaba pensando en hacer algo.
– ¿Qué cosa?
– Hablar con la señora Yayita
– ¿Dónde la vieja loca? ¿Y pa qué?
– Porque estoy seguro que ella algo tiene que saber de esto. Ella lleva más tiempo que todos nosotros en esta población, alguna información que nos dé po, pucha no sé…
– ¿Querí que te acompañe?
– No, prefiero ir solo, como se vio no le gusta la gente.
– Ten cuidado ¿Bueno?

Me dirigí a la casa de esta mujer, golpeé un par de veces y no salió nadie. Pero insistí e insistí. No había respuesta alguna. Pero seguí con lo mismo, hasta que se aburriera.

Y lo logré.

– ¡¿Qué quiere?!
– Hablar con usted.
– ¿Y de que sería?
– De esa cosa.
– ¡Parece que usted no me escuchó, yo no tengo idea, ahora váyase!

Puse la mano en su puerta e impedí que me cerrara.

– ¿Y usted que se cree? Llamaré a carabineros.
– Señora Yayita, ¿No se acuerda de mí, de verdad? Mi papá estaba enamorado de usted.
– ¡Váyase!
– ¡Conocí a su hijo, yo estaba ahí cuando pasó todo, nunca me lo he podido sacar de la cabeza… yo sé quién es usted, sé todo! Ahora déjeme hablar con usted, por favor.
– …
– ¿Me va a dejar?

Sin decir nada, se entró y me dejó la puerta abierta, me fui detrás de ella y observé su casa. Estaba todo desordenado, se sentía el olor a meado de gato, tenía la cocina asquerosa, platos sin lavar llenas de moscas, bolsas de basuras, y potes con leche.

– ¿Cuántos gatos tiene?
– ¿Y eso a usted que le importa? ¡Dígame a que vino!

Busqué donde sentarme, vi el sillón lleno de ropa sin lavar, la corrí para poder acomodarme y entablar una conversación de manera más cómoda dentro de lo posible.

– ¿Y usted como se alimenta? Nunca la he visto salir a comprar, tampoco a alguien que la venga a ver – le dije.
– ¡Dígame que es lo que quiere! ¡No tengo todo el día!
– Señora Yayita…
– ¡Antes que todo la va a cortar con decirme “Yayita”! ¡No me gusta!
– Okey señora Carmen. Mire, yo sé que soy insistente, pero algo me dice que usted puede tener información que pueda servir, lleva mucho tiempo aquí, seguramente ha visto mucha gente que ha pasado por esta población.
– Habla rápido…
– Bueno ¿Usted sospecha de alguien que haya hecho invocaciones alguna vez? ¿Alguien que haya vivido por aquí y que no sé, que haya traído a esa cosa?
– No. No sé de nadie.
– Mmm.
– ¿Algo más?
– Parece que no quiere ayudar, tenía razón, vine a puro huear. Que tenga buena tarde.

Pero cuando me retiraba, algo exclamó.

– ¡Yo no lo traje… pero sé por qué vino!

Me di la media vuelta y respondí.

– Por los niños, eso ya lo sabemos.
– Si, por los niños. Pero eso también tiene un por qué.

Me volví a sentar en ese mismo rincón de aquel sillón lleno de polvo, esperando que salieran más palabras de su boca.

– Se viene el fin de los tiempos joven – me dijo.
– ¿El fin de los tiempos? ¿De qué me habla?
– ¿Nunca ha escuchado del apocalipsis acaso? Bueno, parta por ahí.
– ¿Usted dice que se va a acabar el mundo?
– El mundo ya está acabando, los únicos sobrevivientes de esto serán aquellos que jamás hayan pecados, los niños son puros y no pueden estar acá cuando esto suceda.
– O sea que usted me dice que este duende se lleva a los niños para que sean salvados ¿Algo así?
– Sí.
– Usted me lo describe como si fuese un ángel esa cosa.
– Lo es.
– No sé… un ángel no atacaría así a las personas, vi como mató a la señora del Yerko.
– Los duendes discriminan, para ellos existen las personas puras y las impuras, estos últimos para ellos dan igual.
– ¿Y usted de dónde saca todo esto?

La señora Carmen se detuvo un par de segundos.

– ¿Me disculpa? – me dijo mientras se levantaba de la conversación.

Fue a la cocina, tomó un vaso, lo limpió con su pijama puesto y lo llenó de agua, se lo tomó rápidamente y se secó la boca con su manga, volvió donde mí y me confesó una historia que me hizo pensar.

– Mi hijo lo perdí porque jamás hice caso.
– …
– El Román, días antes del accidente decía que una cosa lo visitaba, le decía que se fuera con él, que estaría mejor que acá.
– ¿Y eso como lo sabe? ¿Él se lo dijo?
– Si, aun me acuerdo: “Mami, un niño me invita a su casa, que no me quede aquí porque me pasará algo malo” Al principio no me lo tomé en serio, pensé que era solo cosas de niños. Pero un día, cuando volví del patio, los sorprendí sentado junto a él. Sentí terror, así que averigüé como acabar con esto, primero fue con un cura que intentó bendecir con agua bendita, pero no resultó, aún seguía recibiendo visitas de él. Hasta que di en el clavo, entre tantas cosas que hice, conseguí tréboles de cuatro hojas, con esto simplemente no se apareció más.
Pero cometí un grave error… si hubiese dejado que ese duende se lo llevara, mi hijo no estaría muerto.
La noche en que enterré a mi hijo sentí a alguien en el living, cuando me asomé, ahí estaba esa cosa, sentado donde mismo usted está ahora, tenía rostro de tristeza, yo me lancé a llorar, este solo me observaba, no hacía, ni decía nada.
– ¿Y por qué esta vez ataca de esta manera? ¿Por qué no se aparece de manera más amistosa? Siento que aquel duende no es el mismo al que usted describe. A usted jamás le hizo nada.
– Porque ahora no queda tiempo para convencer a nadie, tiene que actuar, si se lleva a los niños de esta manera es porque se viene algo muy feo.
– Señora Carmen, yo no dejaré que se lleven al Felipe.
– Es lo mismo que yo pensé con el Román, y viste lo que sucedió.
– Puede que tenga razón, pero mi hijo “donde mis ojos lo vean”. Jamás lo entregaría.
– Espero que no te arrepientas.
– Bien, creo que ya se hizo tarde, gracias por darse el tiempo, fue un gusto hablar con usted. Y si me lo permite, cualquier día puedo venir con la Cristina a limpiar su casa, si necesita algo…
– ¡Ya, váyase!

Esa misma noche le conté a Cristina que había que hacer para impedir el ataque de esta cosa.

– Amor, hay que buscar tréboles de cuatro hojas.

Costó, pero hallamos, dejé correr la voz en la población y todos hicieron lo mismo. Dejé tréboles en los muebles, en las camas, en el baño, en la entrada de la casa y cerca de las ventanas.

– Es como Moisés, cuando manchaba de sangre de cordero en las puertas – me dijo Cristina.
– ¿Y pa qué hacía eso?
– ¿Cómo no te sabí la historia de Moisés? ¡Para que la muerte no se llevara a los primogénitos po!
– Mmm… no vi la teleserie.
– Jajaja imbécil.

Y si, tenía razón, era prácticamente lo mismo.

A veces escuchábamos el correr de alguien en el techo, pero luego se detenía, tal parece que sentía que no podía ingresar, por alguna razón, aquel plan comenzó a tener consecuencias positivas.
El Yerko aun intentaba encontrar a su hija, de vez en cuando mi familia se hacía partícipe en su búsqueda, pero en el fondo yo sabía que dar con ella era imposible.

La televisión se aburrió de aquella historia y se marcharon, nuestras vidas continuaron de la manera más tranquila posible.

– ¿Papá? ¿Cuándo vamos a sacar estas hojas de las casas?
– Nunca, están aquí para protegerte.

Al año, a la gente le dejó de importar los niños desaparecidos, salvo a sus familiares, a veces sentía que el Yerko me miraba con recelo desde su casa, yo tenía a mi hijo a salvo conmigo y él no.

– El niño me ha dicho que le duele estómago todo el día – me avisó Cristina.
– ¿Le diste Viadil?
– Si, pero aún le duele.

Lo preocupante fue esa progresiva y rápida baja de peso.

– Oye Cristina ¿Este cabro chico no está comiendo?
– Pucha Oscar, le doy de todo, él come pero no sé qué onda, ya no sé qué hacerle pa que engorde.

Después los dolores volvieron.

– El niño no ha parado de vomitar.

Lo llevamos al hospital, lo atendieron de urgencia, dijeron que a simple vista no se veía nada, pero que lo citarían para exámenes. Le hicieron prueba de sangre, orina, le vieron hasta las heces, pero no encontraban nada.
El niño se puso apático y prácticamente vomitaba todo lo que comía, y lo peor fue aquella fiebre que lo dejó en cama. Me desesperaba el hecho de que no supieran que tenía, empecé a temer.

Me angustié, salí a fumar y vi el rostro de la Yayita que me observaba entre medio de sus cortinas, fue inevitable recordar sus palabras.

Vi a mi hijo vomitar sangre en una bacinica.

Nuevamente a urgencias, y yo no paraba de fumar.

– Tengo miedo Oscar ¿Que estará pasando? Los médicos no saben que tiene, espero que no le den de alta como siempre, en la casa no va a mejorar.

Yo a esas alturas no decía nada, apenas dormía y solo pensaba y pensaba.

– Creo que tendremos que hacer exámenes nuevamente a su hijo.

Nos dieron unos días para ver los resultados… y todo se complicó.

– No encontramos nada. Si vuelve a sentirse mal, tráiganlo de nuevo.

Las discusiones con la Cristina empezaron a ser frecuentes.

– ¿Y si lo llevamos a una clínica?
– No tengo plata pa eso – respondí tajante.
– ¡Puta la hueá, nunca hay plata pa nah, estoy cansada de vivir así!
– ¡Búscate a otro que te dé entonces! ¡Es lo que gano ¡¿Que querí que haga?!
– ¡Búscate otra pega mejor! Siempre a la patada y el combo.
– ¡Trabaja tú po!
– ¡Ah, claro! ¿Y vai a ver tú al niño? ¿Vai a contratar a alguien que lo cuide? ¡Cresta, disculpa, verdad que no hay plata!
– ¡Ándate a la chucha Cristina!

Al par de días, uno de nuestros vecinos salió de su casa gritando y llorando.

– Oscar, despierta
– ¿Qué pasa Cristina?
– El niño de al lado… falleció.

Murió de un derrame cerebral, y yo no dejaba de fumar. La angustia me apretaba el pecho, y las palabras de la Yayita eran cada vez más ciertas.

– Oscar, acompáñame al velorio, ando sola allá adentro y no sé qué decir.
– …
– Oscar…
– …
– ¡Oscar! ¡Te estoy hablando!
– Si… disculpa, me termino este cigarro y entramos.

Fue un 4 de mayo, estaba en el trabajo y mi novia me llamó por teléfono.

– ¡El niño!

Escapé de la pega y llegué corriendo, imaginándome lo peor.

– ¿Dónde está?
– En su pieza.

Cuando entré, estaba con sus ojos decaídos, con una fiebre severa.

– Hay que llevarlo al hospital de nuevo.
– Esperemos – le dije.
– ¿Esperar? ¿Esperar qué?! ¡Yo voy a llamar a un taxi para llevarlo al tiro!

Me quedé sentado al lado de la cama donde se encontraba el Felipe.

– Papá…
– Estoy acá hijo ¿Qué quiere?
– Soñé con un niño…
– ¿Con un niño?
– Si… me decía “Vente conmigo”
– …
– Papá…
– Si, te estoy escuchando ¿Y cómo era ese niño?
– Como ese duende…
– Por la cresta Felipe.
– No llores papá.
– No quiero…
– ¿Qué no quieres?
– Nada, no me hagas caso.

La Cristina entró a la casa, apurada.

– ¡Llegó el taxi! Ayúdame a llevarlo.
– …
– Oscar! ¡Ya po! ¡Ayúdame!

– Lo siento Cristina…
– ¿Ah?
– El niño se queda acá.
– ¿De que estái hablando?

Besé a mi hijo en su frente y me despedí.

– Oscar, me estái asustando ¿Qué te pasa?
– Se acabó, esto es por su bien.
– Aun no entiendo de que hablai.
– …
– ¡Oscar! ¡Ya po! ¡Hay que llevarse al niño! ¡¿Qué chucha te pasa?!

Me fui al living, y tomé la primera botella con tréboles.

– ¡Oscar! ¡¿Qué estái haciendo?!
– ¡¿Querí ayudar al niño de verdad?! ¡Bueno, se acabaron los médicos! ¡Esta es la única hueá de solución que le veo!
– ¡Deja esas botellas ahí! ¡¿Acaso te volviste loco?!
– ¡Nuestro hijo se está muriendo! ¡Morirá acá o en el hospital! ¡Pero yo no voy a dejar que eso pase!
– ¡Deja esas botellas por la chucha Oscar!

Comencé a lanzarlas hacia fuera.

– ¡Lo vas a matar! ¡LO VAS A MATAR!

La Cristina me golpeaba la espalda y me daba patadas.

Ella lloraba desconsoladamente, yo me sentía más tenso que nunca, tanto así que no me importó prender un cigarro dentro de la casa.

Me senté al lado de la cama del niño y la Cristina se tapaba el rostro con las manos, tiritando, sabiendo que el niño se iría.

Ahora solo había que esperar.

Caminé dentro de la casa, esperando la llegada de aquel duende.

Respiré profundo, y las horas pasaban.

De pronto, se escuchó el caminar de alguien en el techo.

– Parece que ahí viene.

Pero no, solo fue el caminar de un gato.

– Evítalo, te lo suplico por última vez, el niño puede sanar…
– Ya viste lo que pasó con el cabro chico de allá al lado, también sabes lo que pasó con el hijo de la señora Yayita.
– Pero no tiene por qué ser igual, si aún no sabemos que es lo que tiene.
– Míralo Cristina, tú sabes que si no se va ahora, de acá a mañana va a estar muerto.

Se vieron unas luces pasar por fuera de la casa.

– Parece que son los ratis.

No entendíamos que hacían a esa hora.

Salí y observé que la policía se encontraba conversando con la mamá de Tomás Alfaro… su reaccionar fue desconsolador
El niño había sido encontrado desmembrado en una quebrada a kilómetros de acá.

Me abracé con la Cristina, le pedí perdón por lo que había hecho. Cometí un error que gracias a Dios no pasó a mayores.

Recogí los tréboles que se encontraban dispersas entre las botellas quebradas y volvimos a dejarlos en la casa.

– ¿Dónde vas Oscar?

Fui hasta la casa de la Yayita esa misma noche, sentí que me había engañado, no creí que lo que me había dicho era simple ignorancia, lisa y llanamente sospeché que me había mentido. Había arriesgado la vida de mi hijo por sus palabras.

Golpeé su puerta, me di cuenta de que esta se encontraba abierta. Al entrar sentí el mismo olor a meado de gato de siempre, junto al cúmulo de basura y ropa a causa de su posible “Mal de Diógenes”

Pero no se escuchaba a nadie.

He llegado hasta su pieza, la vi acostada de espaldas, me acerqué para tocarla. Me asusté, pasó una rata por encima de ella.

– ¡Señora Carmen! ¡Soy yo! ¡Oscar!

Parecía en un sueño profundo, la toqué con cuidado, pero no reaccionaba.

– ¡¿Señora Carmen?!

La giré, y me encontré con una desagradable sorpresa…
… se encontraba muerta, con la boca abierta y seca, y una mirada perdida hacia mí.

Abrazaba una foto en su pecho, se la quité… la observé.

Como no, era su hijo a sus 6 años, en una bicicleta.

Observé un tanto más y decidí marcharme, pero caminando vi la pieza del Román, nunca antes había entrado allí.

Fue una sorpresa asquerosa: Había una excesiva cantidad de vasos con leche podrida en el piso, excremento en un rincón y gatos decapitados, putrefactos, con las paredes manchadas de sangre y mierda.

Daba la sensación de que solo un enfermo podría vivir allí. Intenté aguantar un poco las ganas de vomitar, vi que habían más fotos del Román, pero una me llamó completamente la atención…
… No podía ser.

La foto del duende, rostro de anciano, sus uñas largas… vestido de niño. La misma ropa con la que aparecía en la foto se encontraba botada en el suelo, al lado de la cama. Atrás de aquel retrato se encontraba una descripción:

“Feliz cumpleaños Romancito, te amo”

… No podía ser.

También vi los juguetes de mi hijo, aquellos que habían sido robados hace mucho. Pero fue peor cuando descubrí los restos de la hija del Yerko.

… no podía creerlo.

Corrí a la casa.

– ¡Cristina! ¡Cristina!
– ¿Qué pasa?
– ¡Hay que irse de aquí! ¡AHORA!
– Me asustái…
– ¡Esa cosa, va a llegar aquí!
– ¡Tranquilo! ¡Estamos protegidos!
– ¡No Cristina! ¡No estamos protegidos de nada!
– ¿Cómo no? Ese duende no puede entrar con las botellas.
– No es un duende.
– ¿Ah?
– ¡No es un duende Cristina! ¡Es el Román!
– …
– ¡Cristina! ¡Hay que irse! ¡Donde sea!

De pronto se empezaron a escuchar ruidos en el techo.

– ¡No entiendo nada!
– ¡Esa mujer si era una bruja! ¡No sé cómo, pero esa cosa es su hijo! ¡Habían restos de la niña del Yerko!

Entramos donde el Felipe que se encontraba acostado, debía tomarlo rápido.

– ¡Entró por la ventana!

Justo cuando esta cosa saltó arriba de la cama, alcancé a sacar al niño de esta. Salí por la pieza… pero era demasiado rápido. Sentí que mordió mi pierna. Caí al suelo con mi hijo, este cayó de mis brazos.

– ¡No!

Esta cosa tomó al Felipe y lo arrastró por el suelo, pero la Cristina lo evitó.
Se abalanzó sobre él.

– ¡Cristina!

Enterró las uñas en la espalda de mi novia, esta gritó de dolor… luego enterró sus dientes en su cabeza, sentí el crujir de su cráneo. La sangre se derramó en el piso, cuando este demonio iba nuevamente por el Felipe, le di una patada en el pecho. Intenté tomar nuevamente a mi hijo, pero se lanzó rápidamente sobre mí, caímos los dos al suelo, intentaba morderme, yo forcejeaba con él, era muy fuerte.
El niño aun yacía en el suelo durmiendo, mientras la Cristina bañaba el living con su sangre.
Ya me sentía vencido.
Puso sus dientes en mi hombro izquierdo, sentí el desgarro como las de un perro contra su presa. Pero mi adrenalina no cesaba. Le daba puñetes en su cabeza, pero era inútil.

Iba a morir…

Sentía que me desvanecía, me soltó y veía como se llevaba “Román” a mi hijo, yo no era capaz de levantarme. Esta vez lo arrastraba lentamente, como burlándose de mí.

– FeFelipe…

Apenas salían las palabras de mi boca…

Cuando cerraba mis ojos, se escucharon 2 disparos…

… Yerko.

Cuando desperté, me encontraba hospitalizado, esperé que alguien me dijese si mi hijo había sobrevivido.

El doctor no me decía nada, las enfermeras tampoco… hasta que alguien se atrevió.

– Oscar
– Yerko… necesito saber si mi hijo está bien
– …
– Hueón, dime que está vivo, te vi disparar.
– Lo siento…
– …No
– Hoy enterraremos los restos de tu hijo y de Cristina.
– …

Encontraron a mi niño despedazado cerca de la población y encima de este se encontraba el cuerpo de esa cosa, Yerko había logrado herirlo y murió desangrado.

Extrañamente nadie supo que ocurrió con los restos de “Román”.

Hoy vivo en esta casa… aun.

Colecciono cosas, todo me sirve.

Dejé un criadero de gatos en la pieza de mi hijo.

Junté vasos con leche en toda la casa.

Acumulo basura, es como hoy me siento.

Hoy me asomé por la cortina y vi que ha llegado mucha gente nueva a la población, hay muchos niños por ahí, la carne es más suave para ti…

… Creo que es hora de ir de caza…

… hijo mío.