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Crónica de un paco

A una señora le pasaban aforrando en su departamento, los vecinos apenas escuchaban bulla nos llamaban al tiro.

Cuando fuimos a golpear a su casa, ella salió y dijo que no pasaba nada, que no nos metiéramos en hueás.

 

– Señora, recibimos un llamado que le están pegando.

– No, mentira… no pasa nada.

 

La mujer tenía un moretón en el ojo y le faltaban dos dientes, la sangre le corría fresca de su boca.

 

– Señora, mire como tiene su cara, haga la denuncia, nosotros actuaremos de inmediato.

– Dije que no.

 

Con mi compañero nos quedamos mirando, no nos sorprendió el actuar de esa mujer, muchas veces nos ha tocado ver lo mismo.

 

– Hay mujeres que les guste que les aforren – dijo mi compañero.

– No Ramírez, no se trata de eso: Es miedo hueón.

 

Dos semanas después, nos encontrábamos patrullando cerca del sector, solo por rutina, y un par de personas nos hicieron un gesto para que nos acercáramos hacia ellos.

 

– Buenas noches ¿En que los podemos ayudar? – pregunté.

– Mire, nosotros sabemos que han venido unas tres veces, pero es la señora Rita de nuevo.

– ¿La señorita Rita? ¡Ah! La mujer del departamento 303 – exclamó mi compañero.

– Si, ella.

– ¿Qué ocurre?

– ¿Porque no suben a pegarle una miradita? ¿Sabe qué? En este preciso instante parece que le están sacando la mugre. Escuchamos como grita esa pobre mujer.

– Nos van a disculpar, pero no podemos hacer nada si ella no demanda, hemos ido dos veces y ella no quiere acudir a nosotros – explicó mi compañero.

– Mmm… entendemos, pero pucha, dense una vueltecita última po, como si no quisiera la cosa, golpéenle la puerta y pregúntenle si está todo bien, solo eso.

 

Mi colega al parecer no tenía muchas ganas de ir.

 

– ¿Vamos Ramírez?

– No, si ya fuimos ya – contestó de malas ganas.

– Vamos hueón, no vaya a ser cosa que pase algo peor y después pregunten que hicimos nosotros al respecto.

– Puta la hueá Tapia.

– Ya po, la hacemos corta.

 

Bajamos del RP con mi compañero, subimos al tercer piso del block C, y llegamos al 303. Y efectivamente, se escuchaba aquella golpiza.

 

– ¡Suéltame, Dios mío, me duele! – suplicaba.

– ¡Te voy a matar mierda!

– ¡No! ¡Por favor no!

 

Esta vez se escuchaba peor que la última vez.

 

– ¡Voy a entrar!

– ¿Y una orden judicial? – preguntó Ramírez.

– ¡Que orden judicial hueón! ¡¿No escuchái acaso?! Artículo 83 no má.

– ¿Y vai a derribar la puerta?

– No, voy a quebrar el vidrio, que después lo pague fiscalía.

 

Los gritos no cesaban.

 

– ¡Auxilio! ¡Me voy a morir!

– ¡Te voy a cortar la cabeza mierda! – gritó el tipo que estaba con esa pobre mujer.

 

Hice mierda la ventana, mi compañero con la luma logró quebrar otro resto.

Entré, rápido, sin importar que me cortase. Estaba oscuro, no veía nada. Mi compañero entró detrás de mí.

 

– ¡¿Señora Rita?!

 

No se escuchaba nada, todo quedó en silencio, solo escuchaba mis pasos y los de mis compañero.

 

– Voy a prender la luz – dijo.

 

Pero no lo logró.

Saqué mi linterna, y alumbré hacia todos lados, vi que la ampolleta estaba reventada, apenas se podía caminar porque los muebles estaban en el suelo.

 

– ¡Señora Rita?! ¿Se encuentra bien?

-…

– ¡Señor, quien sea que esté con ella, muéstrese, se va a ir detenido! – exclamé al aire.

 

Caminé un poco más en aquel living y vi a alguien moverse en el suelo.

 

– Ayuda…

 

La encontramos, estaba completamente herida, esta vez ya no le quedaban dientes, a su lado habían mechones de su cabellera esparramados.

 

– Señora, díganos ¿Dónde se fue ese hombre? – pregunté.

– … No lo sé.

 

Ramírez caminó rápido hacia las dos habitaciones.

 

– ¡Sale ahora! ¡Si ya sabemos que estái fondeado! ¡No sacái nada con esconderte, te va a salir peor! ¡Entrégate ahora! – exclamaba mi compañero desde las piezas.

 

– ¿Es su marido señora? – pregunté.

– No, no tengo marido.

– Es su pololo, hijo… ¿Quién?

– …

– Conteste pues. Si es un familiar suyo no lo cubra más, nosotros mismos escuchamos como se ensañaba con usted.

– Tengo miedo.

– Lo se señora, pero no aguante más, nosotros ahora nos lo llevaremos a la comisaría, después va a venir un proceso complicado, pero usted se debe mantener firme – consolé.

– ¡Tapia! ¡Tapia! – gritó mi compañero.

 

Dejé sola a la señora por un momento, caminé lentamente hacia la habitación donde se encontraba Ramírez.

 

– ¿Está ahí?

– No Tapia… no hay nadie.

– Busquemos bien.

– Revisé todo hueón y no hay nadie.

 

Sabía que estaba escondido, me dirigí donde la señora Rita, ella tenía que saber en qué parte se había escondido.

 

– Ya mi niña, colabore, donde está escondido – insistí.

– …

– ¡Hable pues!

– No sé dónde se fue.

– Señora Rita, insisto, si es un familiar suyo, no siga…

– ¡Se lo prometo que no sé! ¡Tengo mucho miedo! – interrumpió.

– Pero si le estamos diciendo que la vamos ayudar, pero diga dónde está.

– No van a sacar nada con seguir buscando – nos dijo.

– Ya, no siga con la tontera señora, nosotros mismo escuchamos a ese hombre, no me está quedando paciencia ¿Dónde está? – insistí un tanto molesto.

– Ustedes no me van a creer, nadie me cree.

– ¿Creerle qué? – pregunté.

– Que cada vez que se apaga la luz, siento que viene alguien que me quiere matar… y no sé quién es.

 

Crónica De Un Paco.

 

En mis años de servicio jamás había vivido un caso como ese, por mi parte no sabía que decir, ver a esa mujer de esa forma sin entender la causa me colocó nervioso, mudo. Pero Ramírez era distinto, escéptico, le pareció una mala broma.

 

– Señora, usted debería ir al médico, no es normal andar pegándose sola – le dijo.

– ¿Usted cree que yo me hice esto sola? – reclamó, mientras nos mostraba su destrozada dentadura.

– Bueno, no se po, pero  yo no me voy a creer eso de que le pega un fantasma.

 

La mujer me observó y me dijo:

 

– Yo sé que usted si me cree.

 

Tragué un poco de saliva, la situación me incomodó por completo.

 

– Lo siento señora, pero yo tampoco – le dije.

– ¿No me van a ayudar entonces?

– Bueno, haga una demanda ante el supuesto abusador. – aconsejó mi compañero.

– Ya ¿Y cómo demando a un demonio? ¿Cómo se hace eso? ¡Explíqueme po! – exclamó llorando.

 

Vimos que se pudo levantar, no era necesario llamar a una ambulancia, así que le ofrecimos llevarla nosotros mismos al hospital, pero terminó ella negándose tajantemente.

 

– Déjenme aquí. – nos dijo

– No podemos dejarla así, lo sentimos, tenemos que llevarla al hospital, usted no se ve bien.

– ¡Vayanse pacos culiaos! ¡Déjenme sola! ¡Salgan de mi casa!

 

Pasaron varios días, y la señora Rita siempre era tema de conversación con mi compañero.

 

– ¿Que creí Ramírez? – le pregunté.

– ¿Que creer de qué?

– De lo que vimos po hueón.

– Yo no vi nada – contestó.

– Bueno, yo tampoco, pero ambos escuchamos la voz de ese hombre.

– Debió ser ella misma, si ahora las minas están locas hueón. Te apuesto a que la dejaron y anda llamando la atención.

– … ¿Arrancándose los dientes a golpes? … no se hueón.

– ¿Qué te pasa Tapia? Parecí cualquier huevada en vez de paco ¿Te creí caza-fantasma ahora?

 

El Ramírez llevaba más de treinta años en la institución, yo llegué quince años después de él, lo respetaban harto entre los compañeros, físicamente era un gordete, pero se veía joven respecto a su edad, tenía su vida hecha, casado, de familia sencilla.

Un día me invitó a tomar once después de que se acabó nuestro turno, y no sé si era de lucido, pero se volvía mucho más desagradable que en la pega, no sé cómo en su casa lo aguantaban.

 

– ¿Y la Paula? – preguntó.

– Está en su pieza parece – contestó su esposa.

– ¡Llámala a tomar once!

– La he llamado como tres veces y no quiere bajar, ya no sé qué más hacer…

– ¡¿Bueno y se manda sola?!

– …

– ¡Ya po mujer! ¡Llámala! ¡¿O querí que vaya yo?!

 

Su esposa sin contestar nada subió a buscar a su hija y Ramírez cambiaba su tono de voz conmigo, como si yo fuese el único que le agradase.

 

– ¿Cáchai que uno se saca la cresta trabajando hueón y lo único que hacen en esta casa es cagarte más el día?

– Ya hueón, relájate, si ha pasado nada – intenté calmar.

 

Bajó la hija de Ramírez desde su cuarto, yo no la veía hace años, desde que tenía unos tres años, ahora era toda una mujer, bonita la cabra, en honor a la verdad no se parecía en nada a mi amigo.

 

– ¡Oye Paula! ¡¿Hay que mandarte señales de humo ahora?! – exclamó Ramírez.

– Perdón papá, no escuché.

– ¿Y cómo te ha ido en la U a ti? – preguntó

– Bien.

– ¿Y las pruebas?

– Bien…

– Bien, ya. Ese bien no te la compro mucho. Espero que estí manteniendo tus notas, mira que la beca que te dieron en la institución te ayuda harto, no estamos tan bien económicamente pa que te la andes farreando.

– Mal no me va, pero tampoco me parece justo que por tener una mala nota me quede sin estudiar.

– Por eso tení que sacarte la cresta estudiando, no te queda otra.

– Claro que queda otra po papá, hay que seguir luchando contra el sistema.

– ¿Ah?

– Papá, la privatización de la educación nos quita un derecho y lo transforma en un privilegio solo para algunos, esa beca me parece una limosna, un parche en un muerto, una pildorita para una enfermedad que se llama lucro.

– No me salgái con hueás Paula por favor.

– Pero papá, la educación tiene que ser gratis, no tendrías que estar preocupándote de mí.

 

Vi como el Ramírez apretaba la cuchara, respiraba profundo, perdidamente molesto.

 

– Mañana hay marcha por la educación, así que espero que me apoyes – finalizó la muchacha.

 

Y ahí mi amigo sacó la voz.

 

– Mira Paulita, te voy a decir una sola cosa, y te la voy a cantar en buena: No – te quiero – ver – en ninguna – marcha. ¿Estamos claros?

 

Y la discusión se desató.

 

– Lo siento papá, pero voy a ir.

– Paula, por favor, te vuelvo a repetir, no te quiero ver metía en ninguna cuestión.

– Papá, ¿No te dai cuenta que esto no solo me beneficia a mí, sino también a ti? No tení que estar sacando plata de tu bolsillo.

– ¡Ya, cállate mierda! ¡Cómo no vai a entender! ¡¿Querí que te lleven presa acaso?! ¡¿Ah?! ¡Llego a saber que estái en una de esas hueás y te juro que yo mismo te pesco a lumazos!

– ¡Pero papá!

– ¡Entendiste?! ¡No te quiero ver ahí!

 

Pero la hija de mi amigo tenía hartos cojones, tal parecía que el Ramírez tenía a su némesis en su propia casa.

 

– Entonces me vai a tener que agarrar a lumazos… nos vemos mañana en la marcha – sentenció Paula.

 

La muchacha no tomó un sorbo de té, se levantó de la mesa y lo dejó hablando solo.

 

– ¡Paula, vuelve al tiro!

– …

– ¡Vuelve cabra de mierda sin respeto!

-…

– ¡Rosario llámala! – ordenó a su esposa.

– No te hizo caso a ti… menos me va a hacer caso a mi po – contestó la señora.

– ¡Chesumare hueón!

 

A mí no me entraba ningún pedazo de pan, estaba demasiado incómodo, a decir verdad quería irme y dejar a esa familia discutiendo sola.

 

– Disculpa Tapia, pero estoy chato de esta situación.

– Tranquilo hueón – contesté.

– ¡Como voy a estar tranquilo! ¡Ahora resulta que tengo una hija comunista! ¡Linda la hueá! ¿Sabí cómo se reirían de mí en la comisaría si ven a la Paula mañana en esa hueá de marcha?

– No van a saber hueón…

– No si no van a saber nah – ironizó.

– Déjala tranquila y deja de pensar tanto en eso.

– ¿Y tú qué harías si tuvieses a tu hija metida entre toda esa cantidad de hueones porros marchando en la calle?

– No sé, me daría lo mismo, no pescaría.

– Vo no vai a pescar po… los dos sabemos cómo son las cosas, sé que te afectaría como a mí.

– Bueno, capaz, pero no es minuto de pensar en eso.

 

Apenas pude comer, el Ramírez estaba rojo como tomate y lo único que se escuchaba era el sonido de su boca al comer, y su señora, estaba tomando té con su rostro tapado con una mano… solo quería llorar de la vergüenza.

 

– Rosario, Ramírez… me marcho – les dije.

– ¿Tan temprano Tapia? ¡Sírvete otra taza de té po!

– No hueón, si tengo que ir a ver a mi mamá, la tengo solita en la casa.

– ¡Rosario! ¡Tráele otra taza de té po! ¡Despabila un poco mujer!

– No, no se preocupe. Déjala tranquila no mas Ramírez, de verdad que me tengo que ir.

– Puta, ya po. Que le vamos a hacer… nos vemos mañana.

– Chao, que tengan una buena tarde.

 

Yo vivía solo con mi mamá en casa, pude haber arrendado algo pa mí solo por ahí, pero jamás quise irme pa otro lado, mi papá había fallecido no hace mucho tiempo, mis hermanos se habían casado y tenían su vida hecha, solo le quedaba yo.

 

– Mijito, tan re tarde que llegó.

– Si, disculpe no haberla llamado para avisarle.

– ¿Le sirvo once?

– No mamita, si ya tomé donde un compañero.

– Ya, entonces yo me voy acostar. Cualquier cosita si le da hambre hay pancito, paté y queso en el refri.

– Gracias mamita.

– Ya, buenas noches hijo.

– Mamá, espérame un cacho. Necesito conversar contigo un ratito.

 

Lo sucedido en ese block, aun me rondaba en la cabeza, mi mamá era creyente de varias cosas, necesitaba hablar con alguien al respecto, Ramírez en eso no me ayudaba en nada, necesitaba sacarlo de mi cabeza.

 

– No sabí nada lo que me pasó hoy.

– ¿Qué le pasó? No me diga que se atravesó con un delincuente… tiene que tener cuidado con esa cuestión. Pucha que me gustaría que dejara de trabajar en esta lesera, me da tanto miedo cada vez que sale a trabajar, ni Dios quiera le pase algo.

– No mamá, tranquila… no se trata de ningún delincuente.

– ¿Ah no? ¿Y de qué cosa entonces?

– Mamá ¿Tu creí en los fantasmas?

 

Mi mamá se quedó muda, entró a su habitación y salió rápido de allí con un chaleco, luego se sirvió un una agüita de perra y se sentó en la mesa, tal parece que este tipo de conversaciones le fascinaban.

 

– ¿Qué fue lo que vió? – preguntó.

– No vi a nadie, pero si escuché a alguien.

– ¿Y dónde fue eso mijo?

– En un departamento, en los block de allá arriba. A una mujer le estaban sacando la cresta en su casa y resultó ser que vive sola, cuando entré a ayudarla no había nadie con ella, estaba moreteada, sin dientes, con sangre en la boca, con pelones en su cabeza. El Ramírez cree que se trata de una mujer loca, que se pega sola.

– ¿Y usted cree eso que dice él?

– No mamá. ¿Sabe qué? Tuve la sensación en todo momento que esa cosa estaba ahí, mirándonos, riéndose de nosotros. No lo veía, pero sabía que estaba, pero terminé negándolo por miedo.

– Eso es lo que no tienes que sentir po hijo.

– ¿Y a ti no te daría cosa algo como eso?

– Posiblemente, pero hay que enfrentar a esas cosas mi niño. Los demonios se alimentan de la oscuridad y el miedo forma parte de ella, eso me lo enseñó mi abuelita que en paz descanse.

– No ayudé a esa mujer mamá. No sé si esté viva ahora.

– Bueno, no es tu culpa, ella tendrá que enfrentar a sus demonios solita no más pues, cada uno busca a los suyos y ella tendrá que hacerse cargo del que le tocó.

– Pero no estamos hablando de cualquier cosa po mamá, te estoy diciendo de que la estaban golpeando, sea lo que sea esa “cosa” logró tocarla, nunca había escuchado de algo así en mi vida.

– Mijo, ¿Y si yo te contara que a una conocida la tocaban?

– ¿Le pegaban también?

– Yo creo que hubiese preferido eso, era mucho peor.

– ¿Peor como qué?

– Ella sentía que alguien se metía a su cama, la tomaba de los brazos, y le abría sus piernas. Mijito, pa que usted entienda, los demonios si te pueden tocar, pero estos no llegan solos, nunca. Alguien les da la entrada, y de ahí no queda más que encomendarse a dios.

– ¿Y no pensó escapar de su casa?

– Uno no escapa de un demonio arrancando de una casa.

– ¿Y qué pasó con ella?

– ¿Qué crees usted? Quiero que se me cuide ¿Ya?

 

Se levantó de la mesa y sacó de uno de los muebles viejos un crucifijo.

 

– Tome, esto es pa usted, quiero que la ande trayendo pa todos lados – me dijo.

 

Al otro día, me metí con un computador de la comisaría, y busqué “demonios que pueden tocarte” Y allí encontré algo que me llamó la atención.

 

– ¡¿Qué estái viendo Tapia?!

– ¡Chesumare Ramírez me asustaste! – exclamé.

– “La apariencia del íncubo no es necesariamente atractiva, ya que no busca la seducción sino despertar en su víctima los instintos sexuales más bajos…” ¡¿Qué mierda estái leyendo?!

– Nada hueón, estaba aburrido y me puse a leer leseras.

– Mmm… ya, déjate de leer tanto que tenemos pega, nos vamos ahora.

– ¿A dónde?

– A la marcha de los flojos.

 

La avenida estaba llena de estudiantes universitarios, la marcha era pacífica, pero algunos encapuchados estaban listos para dejar la cagada… y algunos de nosotros, también.

 

Casco,  primera capa protectora, guante antiflama, canilleras y bototos impermeables con calce perfecto para chutear con borde interno a las lacrimógenas, protector genital, chaleco antibalas y el escudo… y el crucifijo guardado entre medio de todo eso. Catorce kilos en mi cuerpo, listos para mantener el orden.

Armamos una línea con catorce más. Observé a mi lado y no vi a mi compañero.

 

– ¿Y Ramírez?

– Lo mandaron a la otra avenida.

 

Todo se veía en perfecto orden, todos estaban demasiado tranquilo, llevábamos al menos unas cuatro horas desde que se inició la protesta, nos llamó la atención que nadie tirara un solo camote.

 

– Andan tranquilos los pendejos hoy día – le dije al que estaba a mi lado.

– Así parece.

– Puta, me alegro, quizás ellos mismos lograron detener a los maleantes que se les mete.

– No sé Tapia, espérate un rato no más.

 

Esperamos, sudaba por completo, ese día había un sol insoportable. Los cabros chicos llegaron hasta el límite que estipulamos, no podían pasar más allá y allí se detuvieron, quedamos frente a frente, los escuchábamos con sus gritos y cánticos por la educación… pero no pasaba nada.

 

– ¿Que no es la hija del Ramírez? – dijo uno que estaba en mi línea.

– ¿Quién? – pregunté.

– Esa po, la que está con el cartel rojo, a tu izquierda.

 

Efectivamente, era la Paulita.

 

– No, no es nada, te estái confundiendo no más – le mentí.

– Si es ella hueón.

– ¿Y cómo estái tan seguro?

– ¡Porque la hija del Ramírez… es la hija del Ramírez po! Famosa la chiquilla ¿No has escuchado de ella? Cáchala bien ¿Rica la pendeja o no?

– ¡No es nada hueón oh! Y si fuese ella, como se te ocurre andar mirando a la hija de un compañero. Hueón pervertido – le respondí.

– Pónele color, si ya es mayor de edad, no es delito.

– Quédate callado mejor, mira que no me cuesta nada decirle al Ramírez que le andái mirando a la hija,  conociéndolo, yo creo que demás saca el arma.

– Dile po, si ese viejito a mí no me haría nad…. ¡Mierda! ¡Un camote!

 

Solo bastó eso y los míos respondieron con una lacrimógena. Todo el mundo empezó a correr, y con esto, se armó la batalla de siempre.

 

Avancé con el escudo, siempre acompañado, jamás se debe avanzar solo. Dos pendejos tirándome camotes y me cubrí en la parte de adelante, mientras uno de mis compañeros me tapaba la espalda.

 

– Quiero agarrar a ese cabro chico – me dijo uno.

– Tranquilo, hueón, sin apresurarse.

 

Miré a otros cuatro compañeros y les dije que cubrieran la esquina mientras yo avanzaba con otro, logramos avanzar rápidamente y acorralamos a uno.

 

– ¡Yo voy! – exclamó mi compañero.

 

Lo seguí por atrás y cuando lo tomó, apareció otro y le dio una patada por la espalda.

 

– ¡Tapia agarra a ese!

 

Cuando pasó por mi lado le di una patada y lo tiré seco al suelo, mis otros colegas se fueron encima y le dieron un par de lumazos, luego lo tiraron del pelo mientras este gritaba “pacos re culiaos”. El cabro iba sangrando de la nariz, pero no me debía detener en él… esto estaba recién comenzando. Venían tres camotes hacia mí, cubrí mi espalda con una pared, me agaché y puse el escudo.

 

– ¡Tapia cuidado!

 

Un encapuchado no lo vi venir y me dio una patada seca por al lado, caí, mi escudo cayó hacia un lado, y me remató con otra patada en el suelo, la detuve, le agarré su pierna y se la levanté, otro más, pero este lo reventé yo.

 

– ¡Ya, basta Tapia!

 

Un compañero logró detenerme a tiempo, quizás hubiese cometido un gran error, pero no debía seguir pensando, no había tiempo.

 

Seguí, pero esta vez mi adrenalina se encontraba a mil, una mierda me importó resguardarme, seguí y fui pegando lumazos a quien se me cruzara, ya no lograba confiar en nadie que se me acercara. En un principio uno logra ver todo con calma, al cabo de un ataque, toda se va a la mierda, cualquier descuido y te puedes ir al suelo.

 

Me metí entre medio de los apoderados, allí vi a varios encapuchados arrojándonos cosas, algunos padres nos decían que no nos desquitáramos con sus hijos, que no eran ellos quienes habían empezado todo esto.

Un encapuchado pasó por mi lado, levanté la luma y no alcancé a darle, en vez de eso le pegué a una joven.

 

– ¡Paco conchetumare!

 

Esta vez ni los padres me querían, pero me daba igual, quería detener a esas escorias que estaban esparcidas por ahí con un paño en su cara.

 

– ¡Cuidado!

 

Entre medio de muchos movimientos y gritos de protesta contra mí, vi de pronto a un tipo, con el rostro tapado por completo, solo tenía sus ojos, nariz y boca al descubierto, no era una pañoleta, sino que un gorro puesto en toda su cara. Levantó su mano y dirigió una botella contra todos quienes estábamos ahí, recuerdo claramente que aquel lanzamiento fue dirigido al azar, cayó fuerte sobre un encapuchado y en un segundo, este se empezó a incendiar.

 

– ¡Se está quemando!

 

La gente empezó a gritar, el muchacho corría por todos lados, se tiró al suelo, lo vi incendiarse, yo me quedé estático, no podía dejar de mirarlo, no supe que hacer. Mis compañeros lograron reaccionar y empezaron a apagarlo.

Di la media vuelta y vi a aquel tipo como se escapaba y me fui detrás de él.

 

– ¡Allí va!

 

La gente había logrado identificarla, me apuntaba hacia donde se dirigía, yo corrí bastante, jamás fui lento, me dediqué a hacer deporte por mucho tiempo, era difícil correr con catorce kilos, pero él no era nada de rápido.

 

Una cuadra más allá vi que otro colega resguardaba esa esquina. Le grité:

 

– ¡Saavedra! ¡Atrapa a ese hueón!

 

Pero Saavedra lo vio pasar y no hizo nada. Seguí corriendo y ambos seguimos por una avenida donde no había casi nadie de gente. Yo no cesé jamás, el tipo era demasiado lento. Poco a poco fui viendo que se empezó a detener y yo ya lo pillaba, él se hincó tomando sus rodillas para tomar aire y me abalancé sobre él.

 

– ¡Conchetumadre!

 

Lo empecé a golpear en suelo, le di dos combos en el rostro, pero me detuvo.

 

– ¡Tapia hueón! ¡Tapia!

 

Reconocí su voz, pero no me lo creí.

 

– ¡Hueón, como no vai a saber quién soy!

 

Saqué su gorro y era él.

 

– Ramírez… Pero Ramírez… que chucha Ramírez. ¡¿Qué estái haciendo?!

– ¡Puta Tapia! ¡Siempre tan hueón por la mierda!

– …

– ¡Suéltame culiao!

– No… no te puedo soltar, eres un encapuchado.

– ¡Ahueonao, no soy un encapuchado, como no te dai cuenta… soy yo hueón!

– ¿Y tú traje?

– Ando de civil po Tapia.

 

Lo solté, sin entender nada, me senté en la vereda y lo observé, no sabía que decir.

 

– Tranquilo hueón… ya pasó – me dijo.

– Quemaste a un cabro chico.

– …

– Tiraste una molotov hueón ¡Tiraste una molotov conchetumare!

– Quédate callado hueón.

– Tiraste a matar… desquiciado culiao.

– ¡Si no va a pasar nada oh!

– ¡¿Cómo nada?! ¡¿No viste como se revolcaba ese cabro?!

– ¡Era un encapuchado hueón, uno menos! Deberías estar contento.

– ¡Habían padres, cabros chicos, estaba yo…. Andaba hasta tu hija ahuenao! ¡¿Cómo te veí quemando a alguien de nosotros?! ¡¿Ah?!

– Ya, tranquilo, si no pasó nada, además recibo órdenes no más.

– Te mandaron a trabajar de civil, a detener hueones, no a quemarlos.

– ¿Y que sabí voh cuáles son las órdenes que recibo? ¿Ah?

– No te creo. ¡¿Como a mí nunca me han mandado a hacer una mierda como esa?!

– Porque a voh no te consideran como a mí, yo llevo treinta años en la institución, y no tení idea las cosas que yo he hecho antes de que voh llegaras, yo no soy cualquier hueón Tapia, ten claro eso.

– ¡Saco huea!

 

Lo dejé solo, caminé por la avenida, decepcionado de mi compañero, no le compré nada, estaba seguro que él y otros más se mandaban las partes, odian a los estudiantes y el mejor lugar para hacerlo saber era ese. Yo jamás disfruté ensañarme con personas, con inocentes, yo quise ser paco para defenderlos, no para atacarlos, y vi ante mis ojos como uno de los nuestros quemaba a un encapuchado, “a un niño encapuchado”.

 

– ¡Paco conchetumare!

 

Sentí un golpe fuerte en mi espalda, intente no caer, resbalé, pero cuando fui con mi pie de apoyo, sentí otro golpe más. Fue en una esquina de Sotomayor que se me lanzaron, eran unos veinte contra mí, no andaba con un escudo, solo, sin que nadie me cubriera la espalda, eran golpe tras golpe, caí, de una patada me quitaron el casco, quedé a cabeza descubierta, me protegí con las manos, escuchaba que algunos me defendían, mientras otros simplemente descargaba toda su ira a patadas.

 

– ¡No! ¡No! ¡No le peguen!

 

Abrí un ojo y era la Paula que intentaba con otro más que no me mataran.

 

– ¡No! ¡Es mi tío! ¡No le peguen por favor!

 

Y ese fue el último grito que escuché esa tarde. La punta de un bototo de fierro me di fuerte en la sien… y ahí, no desperté más… por unos días.

 

– ¡Caballero, ayúdeme, por favor, usted es el único que puede!

– ¿Señora Rita?

 

Escuché su voz abajo del block C, tomé mi arma y subí rápidamente en círculos, llegué al tercer piso y escuché una voz profunda y grave.

 

– Zabulón… Zabulón.

 

Lo repetía varias veces.

 

– ¡Señora Rita, voy llegando a su departamento!

 

Vi el 301, el 302… el 304. Pero el 303 no estaba,

 

– ¡Auxilio! ¡Me va a matar! ¡Me va a matar!

– ¡¿Dónde está?! ¡Señora Rita!

 

De pronto, todo en silencio nuevamente, corrí en círculos por el tercer piso y no daba con el departamento, fue como si simplemente no existiera.

 

– ¡¿Parece que le tienes miedo a la muerte Tapia?! ¡¿Qué sentiste al ver todos esos demonios sobre ti?!

– ¡¿Quién eres?! ¡Te voy a detener hueón! ¡No te tengo miedo! ¡Muéstrate cobarde culiao! – exclamé perdido.

 

Me giré y fue como si de pronto, de la nada, apareciera el departamento de la señora Rita.

Apreté fuerte mi pistola, y con la otra mano apreté fuerte el crucifijo, estaba decidido a matarlo. Y cuando llegué allí… todo se apagó.

 

– ¡Señora Rita! ¡No la veo! ¡¿Está bien?! ¡Responda!

 

Alguien me susurró al oído.

 

– In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor Rex maximus, dudponticius glorificamus et in modos copulum adoramus te Satan omnipotens in nostri mondi…

 

No tenía la puta linterna, apunté a mi lado y seguía diciéndome cosas.

 

– … Domini agimas Iesus nasareno rex ienoudorum In nostri terra Satan imperum in vita Lucifer ominus fortibusObsenum corporis dei nostri satana prontem.

– ¡Conchetumadre!

 

Disparé a mi lado tres veces, sentí que cayó… y todo se volvió un silencio absoluto.

 

– ¿Señora Rita? ¿Señora Rita? ¡Conteste! ¡¿Señora Rita?!

 

Y la luz volvió. Con aquella mujer asesinada, de tres balazos en el pecho…

 

– ¿Qué pasó Tapia? Parece que dejaste de ser paco y te volviste un asesino.

 

Agitado miré a mi lado, y era Ramírez que se reía de mí. A su sombra había alguien más, lo sentía, quise ver de quien se trataba, sus ojos se iluminaron, de manera profunda, yo apunté hacia él, pero no alcancé a disparar, simplemente volví a vivir.

 

Desperté en una camilla, sin entender nada, apenas recordaba que había sucedido, me costó reponerme del coma, había pasado una  semana. Una enfermera me habló y me dijo que me quedara tranquilo. Recuerdo que en lo primero que pensé fue en mis piernas, sentí que moví mis dedos de los pies y con eso ya podía respirar tranquilo, me dolía el cuello y la mandíbula al hablar.

 

– Enfermera ¿Me van a dar el alta? – pregunté.

– Veamos que dice el doctor, pero usted debería no pensar en eso ahora y descansar, la paliza que le dieron fue bien grande, de milagro no lo mataron.

 

Tuve mis ojos abiertos mirando el techo varias horas, apenas me podía mover.

 

– ¡Mi niño!

– Mamá… hola.

– Dios me lo protegió, casi se me va mi niño.

– Ya, tranquilita, si ya no pasó nada.

– Cabros de mierda, mira como me lo dejaron.

– Ya, si ya pasó… tranquila.

 

Me dieron el alta un par de semanas después, pero quedé con reposo en la casa, varios compañeros de la comisaría me fueron a ver, me tiraban la talla y yo me reía con ellos. Había visto en la tele que me había hecho famoso, justo en esa esquina había una cámara, así que vi por televisión la tanda que me dieron. Pero una pregunta pasó por mi cabeza.

 

– ¿Qué pasó con el cabro que se quemó? Vi que un encapuchado se incendió ese día.

– A si… no le pasó nada hueón, creo que alcanzó a quemarse un poco el brazo pero no fue tanto, igual se supo, pero lo tuyo tuvo mayor cobertura, si entre ustedes dos, el que salió más mal fuiste tú.

-¿Y ustedes saben dónde andaba Ramírez ese día?

– Sí, creo que lo mandaron de civil con otros más en otra cuadra, pero yo como andaba contigo no lo vi, después lo caché con la cara moreteada, parece que se había agarrado con un loco en la marcha, le dieron duro al hombre.

 

Claro, seguramente los combos que le di ese día le dejaron sus marcas, entendí en ese instante que no todos sabíamos de las andanzas de algunos de nosotros a la hora de salir a trabajar, y también entendí el por qué Ramírez aun no me visitaba, seguramente era por vergüenza o bien, por los moretones que le dejé… o ambas.

 

Al pasar los días, ya podía caminar mejor, podía hacer mi vida tranquilo, en un par de días volvería volver  a trabajar y la verdad es que esto último no sabía cómo tomarlo, me sentía como un perro golpeado por su amo y que tenía que volver a lamerle los zapatos.

 

– Mijito.

-¿Si mamá?

– Tiene visitas.

 

Me asomé para ver de quien se trataba.

 

– Hola Tapia.

– … Ramírez… hola.

– Te veí mejor parece.

– … Si, estoy mejor… y parece que tú también.

– A mí no me pasó nada po Tapia.

– ¿A no? Yolo decía por los moretones de la cara, casi no se te notan.

 

Se quedó en silencio y vi que alguien entraba después de él.

 

– Hola tío.

– Paulita, hola.

– Vine  a verlo, quería saber cómo estaba.

– Bien pues, mejor… gracias por venir los dos a verme.

 

Se sentaron en el sillón largo y yo en el pequeño, y nos tiramos a conversar.

 

– La Paulita insistió con querer verte – dijo Ramírez.

– Me parece bien, después de todo la que me salvó la vida fue usted pues – le dije a la muchacha.

– Yo y varios más – contestó.

– Gracias Paulita, de verdad. Insisto, si no es por usted otro gallo cantaría.

 

Mi compañero estaba mudo, si su hija no hablaba, nadie decía mucho.

 

– Tío ¿Me presta el baño?

– Si pues, al fondo a la derecha.

– Gracias.

 

Me quedé solo con Ramírez, que movía los pies y miraba a cualquier lado, menos a mi cara.

 

– ¿Cómo ha andado la pega? – le pregunté.

– Bien… bien. Normal, tu cachái po, lo mismos de siempre que hacen escándalos.

– Si po, lo mismos de siempre – ironicé.

– ¿Querí decirme algo Tapia?

– No se po, dime tu.

– ¿Por qué no la cortamos hueón? Nosotros no solo somos compañeros de trabajo, somos amigos.

– Los amigos no le andan tirando bombas al otro.

– Pero si no pasó nada hueón ¿Supiste como quedó ese cabro? No le pasó nada, si nadie se muere con esa hueá, si de verdad lo hubiese querido cagar, lo hago cagar po.

– Fríamente calculado… tonto hueón.

– Ya po Tapia, cortémosla. En unos días más tení volver a trabajar y vai a  seguir compartiendo conmigo, como siempre lo hacemos, llevemos la fiesta en paz ¿Querí?

– Respóndeme algo Ramírez ¿Con cuántos más haces esa hueás?

– Ya… vai a seguir.

– Respóndeme ¿Quién te manda? Ese día dijiste que recibías ordenes ¿De quién po?

– Eres muy burro hueón, por eso después te pasan cosas.

– No quiero volver a la institución – le dije.

– ¡De que estái hablando por la cresta! ¡Relaja la vena Tapia!

– Como voy a ir a una pega donde no se a quien le trabajo. Como voy a  confiar en vo hueón, en mi mejor amigo, mi compañero. Pensé que te conocía y un día andas con el rostro tapado como un delincuente…

– ¡Cállate hueón! ¿Querí que te escuche la Paula?

– … Comportándote como un simio. Cada vez que salga en las marchas, no sé quién me va a estar tirando camotes, uno de ellos o uno de nosotros ¿Qué querí que piense?

– ¡Tapia! ¡Perdóname!

-…

– Escúchame, te juro que nunca más volveré a hacer eso, te prometo que nadie me mandó, tengo compañeros que también lo hacen, pero no te puede decir quienes, pero soy yo el que te importa, olvídate del resto ¿Estamos?

– …

– Tapia, a vo te quiero, no seái hueón, nunca haría algo pa hacerte daño, ese día que te pasó esta hueá me sentí muy culpable, si te hubieses muerto te juro que la culpa no me la sacaba nadie, te dejé solo mi hermano y no dejo de pensar en eso. Lo siento.

 

Vi en sus ojos un gesto de arrepentimiento, igual estimaba mucho al Ramírez, eran años de trabajos junto a él.

 

– … Okey. Está bien – le dije.

– Eso. Gracias por creer en mí.

 

Se paró del sillón y me abrazó. Nuevamente sellamos nuestra relación de amistad.

Días después, seguimos haciendo nuestras rondas. Recibimos una llamada en el radio y tal parece que una antigua situación volvía a nosotros.

 

– El block C, departamento 303… de nuevo hueón.

– El fantasmita haciendo de las suyas – bromeó Ramírez.

 

Para sorpresa de nosotros, habíamos llegado demasiado tarde. Las madres le topaban el rostro a sus hijos más pequeños, mientras otros, los menos escrupulosos se encontraban formando un círculo mirando hacia el suelo.

 

– Algo pasó Ramírez… algo pasó.

 

Caminamos y se escuchaban a muchas mujeres llorando.

 

– ¿Qué pasa? – pregunté a una de las personas.

– Pa ese lado, asómese y vea usted mismo.

 

Saqué mi linterna, caminé por fuera del block, por el lado contrario del departamento 303.

 

– ¡Tapia! ¡A tu derecha! – exclamó Ramírez.

 

Alumbré y allí estaba… una parte de ella, del torso hacia arriba. Estaba partida por la mitad.

 

– ¡Mierda hueón! La mataron.

 

No me explicaba donde estaba su otra mitad, busqué por todos lados.

 

– La otra parte debe estar allá arriba Tapia – dijo mi compañero.

 

Ambos subimos y la puerta del 303 estaba cerrada con seguro. Quebramos nuevamente el vidrio, prendimos la luz, al menos esta vez sí había una ampolleta funcionando. El piso era un charco de sangre y nos dirigimos hacia la habitación en donde había sido lanzada la señora Rita.

 

– ¡Conchetumadre!– exclamó Ramírez.

 

Miré hacia la cama y se encontraba su otra mitad, desde la pelvis hacia abajo, desnuda, con las piernas abiertas, con su vagina mirando hacia nosotros, llena de sangre.

 

– Tapia, mira la pared hueón.

 

Había un escrito con la sangre de aquella mujer que decía: Zabulón.

 

Empecé a temblar, ese nombre me hacía ruido… estaba convencido, esto era obra de un demonio.

 

La televisión hizo eco a través de los noticiaros de lo que había ocurrido. Las mujeres salieron con pancartas pidiendo justicia para Rita Arcaya.

 

– ¡No podemos seguir tolerando más femicidios! ¡Nos están matando y la justicia no hace nada!

 

Con Ramírez veíamos las noticias desde la comisaría y mi compañero se reía una vez más.

 

– Estas mujeres hueón, ni siquiera saben de lo que hablan. Ni nosotros sabemos quién fue… capaz que haya sido hasta una mina hueón, por celos, anda  a saber tú.

– Pero yo no piensa tan distinto a ellas – respondí.

– Ya salió el defensor de lo indefendible.

– Eso fue un femicidio, alguien con una fuerza superior a ella la atacó, desde ese punto de vista tienen razón… y hay que hacer justicia.

– Yo también quiero hacer justicia, pero nadie sabe nada po, no hay  ningún sospechoso.

– Yo si lo tengo.

– A verdad po, se me había olvidado, el tal Zabulón – ironizó.

 

Llegué a casa, inquieto, lo que había vivido durante esos días, me tenía agitado.

 

– Hola Mamá.

– Hola mi niño, disculpe que no lo haya esperado levantada, pero ando media resfriada y usted sabe que estas cuestiones me bajan todas las defensas.

– Chuta, me hubiese avisado, y le hubiese comprado algún remedio en la farmacia.

– No se preocupe, si me tomé unos medicamentos que tenía guardado, vaya a dormirse no más.

– Bueno mamita, buenas noches.

 

Pasé al baño, me cepillé los dientes y me fui directo a la pieza. Pero en eso, escuché que golpearon la puerta.

 

– ¿Bah? ¿Quién será a esta a hora?

 

Miré por la ventana y me llevé una sorpresa, fui y le abrí la puerta.

 

– Paulita ¿Y usted que anda haciendo acá?

– Lo vine a ver, necesito conversar con usted… se trata de mi papá.

– Si, pase.

 

Andaba pintada, arreglada, con una blusa y   una falda corta que dejaba a la imaginación. Intenté no mirar más, la Paula tenía lo suyo y costaba no pensar en otras cosas.

 

– Cuénteme ¿Qué pasó? – le pregunté.

– Es que mi papá está raro, siento que no es el mismo de siempre.

– ¿No? ¿Cómo es eso?

– Siento que él no es un buen hombre… es feo que lo diga así, es mi papá y todo, pero pienso que él es capaz de hacer cosas malas.

– ¿Cosas malas? ¿Cómo qué?

– … No sé cómo decirlo.

– Hable. Confíe en mí.

– Es que…

– Ya, tranquila.

 

Se largó a llorar y me abrazó. Le acaricié la espalda para acoger su pena. Y me confesó algo que me dejó perplejo.

 

– Siento que él me desea – me dijo.

– ¿Qué estái diciendo Paula?

– Él me desea, veo como me mira, siento como me toca.

– Paula, ¿Escuchái lo que estái diciendo?

– Si, y me avergüenza. Hoy no me quiero quedar con él, por favor, déjeme aquí, en su casa. Tengo miedo, me va  a hacer daño.

 

No sabía que hacer… y lo peor de todo, es que yo ya no confiaba en mi compañero, cualquier cosa era posible.

 

– Déjeme quedarme aquí, yo sé que usted no es como él, por favor – suplicó.

– Bien… está bien. Quédese en mi pieza, yo dormiré acá en el silló.n

– Gracias de verdad.

 

Se secó las lágrimas y se dirigió a mi habitación, yo también entré para sacar unas frazadas, intenté hacerlo lo más rápido posible, me incomodaba quedarme tanto tiempo en una pieza solo con ella.

 

– ¿Está seguro que va a dormir en el sillón? ¿No le incomoda? – me preguntó.

– Usted no se preocupe, que otras veces he dormido ahí y es cómodo.

– ¿Está seguro?

– Si… no se preocupe.

 

Iba a hacia la puerta de la pieza y ella se quedó allí interrumpiendo la pasada.

 

– Mijita, tengo que salir, permiso – le dije.

– No me trate como una niña ¿Usted encuentra que parezco una niña?

– Paula… tengo que salir.

 

Apretó su labio inferior con sus dientes y me miraba con sus ojos redondos a mi cara.

 

– Tengo que salir – insistí.

– ¿Esta seguro que quiere eso?

– Si Paula.

– ¿Y por qué su pantalón me dice otra cosa?

 

Me excitó aquella situación, pero me asustaba por completo.

 

– Paula… por favor no.

 

Con sus manos se desabrochó un par de botones y empezó a tocarse debajo de su falda.

 

– Por la cresta Paula.

– ¿Por la cresta qué?

– Esto me tiene incómodo.

– Relájate.

 

Me empezó a besar, y no pude evitarlo, la subí a la pared apretando fuerte sus nalgas mientras pasaba como un bruto mi boca en su pecho. La tiré en la cama y me bajé el pantalón, le arranqué su falda y fui profundo.

 

– ¡Dame como caja! – exclamó.

 

La cama crujía fuerte con los movimientos bruscos que ejercía sobre ella.

 

– ¡Yo sé cuánto me deseasi! ¡Te he visto mirándome! – exclamaba entre medio de sus gemidos.

 

Y no dejaba de decirme cosas que me excitaban cada vez más.

 

– ¡Soy tuya tío!

-…

– ¿Te gusta escuchar eso?

– ¡Sí! ¡Me gusta!

– ¡Que rico tío, eso, bien asi bien rico!

– …

– ¡Ándate adentro!

– No puedo.

– Shhh. Silencio, Andate adentro, yo me cuido siempre.

 

Abrió su boca y su mirada se fue hacia otro lado, yo iba a acabar.

 

– ¡Con todo! ¡Adentro con todo!

 

Y así fue, estallé como si el mundo se fuese a la cresta. Caí rendido en la cama, acostado sobre ella.

 

– Tío.

 

Lo que sentí después de todo aquel placer, no fue más que una culpa inmediata.

 

– Paula, no me digái mas tío.

– Pensé que te gustaba.

– No… no…

 

No había hecho bien, lo que hice estuvo mal, era la hija de mi mejor amigo, a ella la conocía de los tres años.

 

– Tío…

– Para Paula.

– Tío…

– ¡Déjame de decirme tío te dije!

– ¿Y Zabulón?

– ¿Ah?

– Así te llamas tu po, Zabulón ¿O no?

 

Me levanté rápido de la cama, y observé la risa y el rostro pálido de Paula.

 

– ¿Qué te pasa Tapia? ¿Por qué de pronto tanto miedo? – me preguntó.

– ¿Quién eres?

– No sientas miedo,¿Acaso se te olvidó el consejo de tu mamita? ¿Cómo fue que dijo ella? ¡Ah, sí! ¡Me acordé! El miedo forma parte de la oscuridad… Algo así creo ¿O no?

 

No era ella, no era la Paula.

 

– ¡Sal demonio conchetumare de mi casa!

– ¿Ahora quieres que me vaya? ¡Cuando lo más bien que acabaste en mí!

 

Empezó a reírse, la voz aguda de una mujer, empezó a agravarse y se hacía cada vez más monstruosa.

 

– In nomine dei nostri satanas luciferi excelsi Potemtum tuo mondi de Inferno, et non potest Lucifer Imperor Rex maximus, dudponticius glorificamus et in modos copulum adoramus te Satan omnipotens in nostri mondi…

 

Salí corriendo de la habitación, crucé rápidamente donde mi mamá, y me encerré en su habitación. Y aun escuchaba a ese demonio que exclamaba palabras desde el otro lado

 

– … Domini agimas Iesus nasareno rex ienoudorum In nostri terra Satan imperum in vita Lucifer ominus fortibusObsenum corporis dei nostri satana prontem.

– ¡Mamá, despierta, hay que salir de la casa!

– …

– ¡Mamá… despierta!

– …

– ¡Por la cresta, mamá, despierta!

 

La moví para que saliera de su sueño, pero cuando observé que mientras la zamarreaba, su cabeza se movía de manera involuntaria, solo se guiaba por los movimientos que yo ejercía.

 

– ¡Mamá no hueveé! ¡Despierta por la chita!

-…

– ¡Mamá! ¡No por favor! ¡No! ¡Mamá! …Mamita.

 

Aquella voz de esa bestia no la escuché más por esa noche, se había ido, junto a mi vieja.

 

A mi madre la enterramos a los dos días, y allí se encontraban varios compañeros conmigo, entre esos el Ramírez junto a su esposa y su hija, la Paulita, la verdadera Paulita.

 

– Ayudando a sentir hermano mío.

– Gracias Ramírez.

– Tu sabí que en mi casa eres bienvenido, si necesitái algo te podí quedar con nosotros.

– No, no te preocupí.

– ¿Vai a volver a tu casa?

– No, no creo. Voy a arrendar otra cosa por ahí.

– Bueno, ya po, te dejamos y nos vemos en estos días cuando volvái a la pega.

 

Se me acercó la esposa de mi amigo, quien me dio otro pésame y finalmente la Paula.

 

– Ayudando a sentir tío.

– ¿Tío?

– Si pues… tío.

– No me digái mas asi… me haces sentir viejo Paulita.

– Bueno ¿Y cómo quiere que le diga?

– Tapia no más.

 

Ella diciéndome tío, tal como se burló de mí ese demonio, me hacía sentir sucio, no lo toleraba.

Tuve miedo de ir a mi casa, esa cosa había entrado allí, a mi cama.

 

Arrendé un dormitorio en una pensión, me compré ropa nueva, no fui capaz ni siquiera de sacar mis cosas, lo único que rescaté aquel día fue mi uniforme para trabajar, el crucifijo y la pistola.

 

No dormía bien, siempre abría un ojo si es que esa cosa se me aparecía de nuevo, recordaba las palabras de mi madre diciéndome: Escapando de una casa, no arrancas de los demonios.

Me preguntaba porque a mí, porque yo era víctima de esa cosa.

 

Las mañanas al despertar era un martirio, me costaba levantarme a trabajar, apenas lograba mantenerme en pie, el sueño acumulado me pesaba bastante.

Ramírez a veces me dejaba dormir en el RP sin que nadie se diera cuenta, solo ahí me sentía más seguro para echar una pestaña.

 

Los días que tenía libre, aprovechaba de caminar para distraerme, necesitaba respirar, sentía que tenía el cuerpo pesado, esos mismos catorce kilos que sentía cuando me equipaba para una marcha, los sentía a pantalón y polera.

 

Una noche, cuando pensé que ya todo había acabado, sentí nuevamente esa voz monstruosa que me hablaba, que me repetía muchas veces su nombre “Zabulón”, soñaba con  Rita y la Paula en mi cama, mientras ambas se reían de mí. Despertaba mareado, vomitando, sin ganas de comer en las tardes… así fue mi tortura por varios meses, me tuvo tan mal que adelgacé 20 kilos.

 

– No te veí bien Tapia, ¿Por qué no vai a un médico?

– Ya fui, y no me encontraron nada – contesté.

– Chesumare hueón. Me tení preocupado. No sé cómo podí seguir trabajando así.

– Es lo único que me mantiene vivo yo creo, trabajar.

– No digái eso, deberías irte a tu casa, si todos entendemos por el proceso que estái pasando, el tema de tu mamá es muy reciente y de ahí que partiste mal, cuando no respetaste prácticamente nada tu descanso.

– Ramírez… hay algo que quiero contarte

– Dígame, cuente todo lo que quiera, suelte.

– Pero me tení que creer, vo soi escéptico a todas las hueás.

 

Le tomé la mano y se la apreté.

 

– Prométeme que me vai a creer. – le dije.

– Te lo prometo.

– ¿Te acordái que yo te decía que había un demonio en el 303, que fue el responsable de la muerte de esa mujer?

– Puta, como lo voy a olvidar.

– Bueno, esa misma cosa me tiene a mí ahora.

– … ya.

– Me prometiste que me ibas a creer.

– Ya, está bien, te voy a creer. Pero de donde sacas que hay un demonio contigo.

– Porque lo he visto, lo he escuchado… lo he sentido hueón.

– ¿Y cómo lo viste?

– Un día se me apareció en mi casa, disfrazado de alguien.

– ¿De quién?

Lógicamente omití el nombre de su hija.

 

– De una mujer, me sedujo y me acosté con ella. Luego, mostró su verdadero rostro y resultó ser esa mierda llamada Zabulón.

– …

– Fue el día que se murió mi mamá. Créeme hueón. Tengo pánico, siento que me consume por dentro, esta cosa no me va a dejar en paz hasta matarme.

– …

– ¡Ayúdame Ramírez… ayúdame!

 

Ramírez se quedó un rato en silencio, dio un respiro profundo y me contestó:

 

– Primero que todo, deja decirte que te creeré y segundo, si es que todo esto es cierto, vamos a ver la forma de sanarte. Pero me tení que entender que yo no sé de estas cosas, no sé cómo ayudar.

– Gracias Ramírez, no sabí lo contento que me pone al menos escucharme que me creí conchetumare.

 

Me lancé a llorar, estaba agotado, mi vida se había convertido en un infierno.

 

Al otro día, me llevó a  su casa a almorzar, se notaba que en la mesa había un pacto de no pelear delante de mí. De manera silenciosa yo lo agradecía. La Paula y su mamá me atendían lo que más podían mientras mi amigo me conversaba de fútbol.

 

Terminamos de almorzar y yo me tomé un par de cervezas con Ramírez, sentí un poco de aire, sentirme así de acogido con esa mierda encima era un consuelo.

 

– Préstame el baño Ramírez.

– Si po, pero anda el que está en mi pieza, el otro lo está ocupando la Paulita parece.

– Vale.

 

Subí la escalera, entré a la habitación y me metí directo al baño, oriné, me lavé las manos y la cara para despabilar un poco, me mire en el espejo y me decía a mí mismo “te voy a sacar de mi vida conchetumare”. Salí de allí y caminando por la pieza, vi que en uno de los veladores había fotos del Ramírez, me llamó la atención su color, se notaban que no eran de ahora. Salía él, mucho más joven con el uniforme, miré la fecha y se veían que eran del 74, otras del año 76, pero no pasaban del 83.

Se veía contento, con otros compañeros que yo no conocí, me llamó la atención que apareciera con militares, se notaban que eran de rangos altos, en mis años de experiencia sabía diferenciar a simple rasgo quien era raso y quién no. Pero hubo una foto en la que me detuve, algo no me encajó…

Vi a Ramírez abrazado con varios compañeros en una fiesta, se encontraban algunas mujeres bien vestidas, seguramente sus esposas, al reverso decía que era del año 79… Y no me lo pude creer, los pelos de mis brazos sentí cuando quedaron de punta, mi respiración se agitó… que mierda era todo eso. Aquella foto la tomé y bajé rápido donde Ramírez, me senté con él, mirándole la cara, no diciendo nada.

 

– ¿Cómo te vai sintiendo Tapia? – preguntó

– …

– Oye. ¿Cómo te estás sintiendo? – insistió.

– Mejor, creo,

– Estaba pensando hueón, que podríamos a salir a pescar uno de estos días, tengo unas ganas de salir a hacer eso – me dijo.

– Si, demás po.

 

Me quedé toda esa tarde con él, apenas podía seguir con su conversación. Llegada la noche, me despedí de todos en esa casa, Ramírez me fue a dejar a la pensión en su auto particular, yo en el copiloto, siempre mudo.

 

– Te comieron la lengua los ratones parece – me dijo.

– ¿Ramírez?

– Dígame amigo mío…

– No quiero que vayamos a mi pensión.

– ¿En serio? ¿Querí irte a la casa de tu mamá?

– Tampoco.

– ¿Y adonde querí que vayamos?

– Tú me dijiste que me ibas a ayudar ¿verdad?

– Si pues, así es.

– Creo que ya se la forma.

– Cuenta.

– Llévame al block C.

– ¿Me estái hueveando?

– No… quiero que me lleves al block C, al edificio donde vivía la señora Rita.

 

Observé el rostro de confusión de Ramírez. Ambos no hablamos nada al subir a aquel cerro. Era tarde, era un poco más de la 1 de la mañana.

 

– Ya… llegamos – avisó.

– Baja conmigo, quiero que me acompañí – le pedí.

– ¿Querí entrar al block?

– No. Quiero que me acompañes ahí no más, donde encontramos la mitad del torso hacia arriba.

 

No había nadie a esa hora, se escuchaba el viento fuerte en aquel cerro, hacía mucho frío.

 

– Ramírez, si hay algo que admiro de ti hueón, es que no sientas miedo nunca de nada – le dije.

– Gracias compadre, pero yo también he aprendido cosas de usted.

– ¿A si? ¿Cómo cuáles? – pregunté.

– El querer siempre ser justo. Eres un buen paco hueón, de verdad, de los pocos que conozco eres el más noble, eres un buen protector de esta ciudad de mierda.

– Aun así no pude ayudar a esta mujer – contesté.

– Pero no fue tu culpa po hueón.

– Nuestra querrás decir.

– Disculpa, tienes razón…  nuestra.

– ¿Cómo eres tan escéptico Ramírez? Aun lo encuentro increíble después de que tú mismo escuchaste a ese tipo y finalmente no viéramos nada. Imagínate, yo salgo pa todos lados ahora con pistola y el crucifijo que me regaló mi mamá, siempre pienso que esa cosa se me va a aparecer. – le dije.

– Bueno, si esa mujer estaba loca po hueón. ¿Qué más querí?

– ¿Creí tu que estaba loca?

– Definitivamente.

– Puede ser que tengas razón… después de todo…  voh la conocías.

– …

-…

– ¿Qué dijiste?

– Lo que escuchaste po hueón. La conocías ¿O me lo vas a negar?

– ¿De dónde sacaste esa huevada? – preguntó sosprendido.

– De esto.

 

Saqué la foto de mi bolsillo y se la lancé a la cara.

 

– A esto me refiero po hueón. La conocíai. Ahora explícame… ¡¿Qué chucha hace ella en esa foto, donde salí tú y varios hueones mas?!

– Es un mal entendido Tapia.

 

Pero a mí  me valía mierda otra escusa más de este hueón. Saqué la pistola y lo apunté.

 

– ¿Tapia, te volviste loco? Baja esa arma.

– Responde hueón, como la conocías.

– Si te digo que no hueón, no sé, no me había fijado que ella estaba ahí.

 

Hice sonar el seguro de la pistola.

 

– ¡No me he sentido bien de salud mental para razonar mucho Ramírez, en cualquier instante te pongo un balazo en la cabeza! – exclamé.

– ¡Tapia por la chucha, cálmate!

– ¡¿Que chucha hace esa mujer en esa foto contigo re conchetumare?! – insistí.

– … Puta la hueá… coincidencia, era la ex esposa de un compañero de la institución, pero yo apenas me acordaba, te lo juro, si cuando vi la foto también me sorprendí.

– ¿Qué ex compañero?

– Un sargento…

– Un sargento… no te creo conchetumare que no la conocías ¡Ni cagando se te va a olvidar  la mujer de un ex sargento!

– ¡Puta hueón, baja el arma!

– Explícame todo. ¿Que tení que ver en la muerte de esa mujer?

– ¡Ya! ¡Ahora sí que te pusiste hueón! ¡He andado todo este tiempo contigo! ¡¿Cómo crees que yo le hice algo?! ¡¿En qué momento?!

– Pensé toda la tarde en tu casa culiao después de ver esta foto, y creo que sé por dónde va toda esta mierda, te juro que estoy convencido.

– No se Tapia… estái fuera de tus casillas.

– ¡Vo estái metido en hueás raras  con otros pacos, y parece que hasta con ex milicos!

– ¡¿En que hueas raras Tapia?! ¡Ah! ¡Me estái calentando culiao! ¡Te he tratado como un amigo todo este tiempo! ¡Te he protegido! Si no es por mí, nadie en la institución te querría, yo tengo peso culiao ahí, si yo te quiero, todos te querrán y así lo he hecho. Tapia, mírame, soy yo.

– ¿Ese demonio lo invocaste tú?

– ¿Ah?

– ¿El demonio que mató a esa mujer lo invocaste tu?

– Enfermo culiao.

– Esas hueás no llegan solas, alguien los llama ¿Fue ese ex sargento?

– ¡Escúchate hueón tonto! – me gritó.

 

Me cansó, miré su pie derecho y gatillé.

 

– ¡Conchetumadre! ¡Me disparaste! – exclamó del dolor.

 

La bulla de la bala se escuchó en todos lados. Y varios departamentos encendieron sus luces.

 

– ¡Hijo de la perra! ¡Ojalá que ese demonio que tení te haga cagar! – vociferó.

– Va saliendo el verdadero Ramírez… así te quiero escuchar conchetumare, hablando de demonios. Cuéntame ahora antes que te haga cagar la otra pata, quien de tu grupo re culiao de enfermos me tiró esta huevada.

– …

– ¡Contesta mierda!

 

Me escupió la cara. No me quedó más remedio.

 

– ¡Ahhh!

– ¡¿Te advertí o no?!

 

Ramírez se cayó al suelo, ya no lograba sostenerse con los dos pies baleados.

La gente se asomó en sus ventanas, estaba seguro que en cualquier momento llegaban nuestros compañeros para llevarme detenido. Pero tenía que sacarle todo.

 

– ¡Fui yo mierda! ¡Yo fui! – confesó.

– ¿Lo haces tú solo?

– …

– ¡Habla!

– No, no lo hago solo yo, lo hacen varios más. En la institución hay muchos secretos Tapia, secretos que tú nunca deberías averiguar.

– ¿Por qué la señora Rita?

– Amenazó a un ex sargento, su ex esposo. Dijo que contaría todo lo que hizo él hace años atrás. Se las quería dar de sapa.

 

Con esa confesión, supe porque a mí.

 

– Me viste como una amenaza Ramírez…

– No debiste seguirme ese día en la marcha, te juro que yo no quería hacerlo, pero algunos compañeros supieron que me descubriste.

– Pero lo que vi fue solo un grupo de hueones disfrazados de encapuchados ¿Qué más iba a saber?

– Hay mucho más Tapia, después de eso te ibas a hacer preguntas y pronto llegarías a esto.

 

Bajé el arma, y ahora solo me quedaba pensar en que ocurriría ahora conmigo.

 

– Tú lo invocaste, ahora dime como sacarme este demonio de encima.

-…

– Ramírez ¿Cómo lo hago? ¿Ah?

 

Ramírez se puso a reír en el suelo, como si le hubiese contado un chiste.

 

– ¡Cagaste Tapia! ¡Ya no hay nada que hacer!

– Tú sabes perfectamente cómo sacarme este cáncer de encima, dime cómo hacerlo.

– No hay cura Ramírez, una vez invocado, una vez sellado. De eso estoy seguro, vi a varios morir asi, a quienes no lográbamos capturar en esos años, entonces los perseguíamos de esta manera y siempre resultaba.

– ¡Hijo de la gran perra!

 

Apunté nuevamente hacia él.

– ¿Quien está a cargo? – pregunté.

– ¡¿Y vo creí que yo lo sé?! ¡Yo solo conozco a  algunos, pero hay gente mucho más importante! ¡Pero nunca podría saberlo! ¡Políticos, artistas, deportistas! ¡Un montón de hueones que viven idolatrando y resulta que vo te preocupái de un paco como yo! ¡Saco de hueas!

– ¡Necesito que me saques este demonio! – insistí.

– Estái cagao Tapia, estái pedido.

– Vale, entonces me voy a morir.

– Y de la peor forma, Zabulón te va a dejar peor que la Rita.

–  Muérete tu primero conchetumadre.

 

Apunté a su cabeza y le hice sonar el cráneo de una bala, cayó de inmediato… pero no me bastó, lo rematé, y lo rematé y lo seguí rentando en el suelo, le reventé el pecho hasta que no me quedara ninguna sola bala.

 

Luego me senté, esperando a que llegaran mis compañeros para llevarme preso. Observé que me quedaba una bala más en la pistola.

 

– ¡Baje el arma!

 

Ahí estaban esa luces rojas de los furgones policiales, que giraban, y que me recordaba a tantos viajes intentando a hacer justicia.

 

– ¡Baje el arma!

 

 

Y ahora estoy acá, pensando que esta es la mejor forma de morir, no voy  a dejar que ese demonio haga lo que quiera conmigo.

 

– ¡Tapia! ¡No! ¡Baja la pistola!

 

Directo a mi cabeza, sin pensar absolutamente nada… apreto el gatillo, y acá termina todo….

 

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