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Te Amo Lorenza

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Gracias por haberme cagao, me hiciste mierda la vida.

Que todos en esta página se enteren lo penca que fuiste. Me dijiste que me queriai y la hueá, pero la verdad es que te andabai tirándote a ese otro. Así que todos entérense: ¡Lorenza Silva es la mina más fácil que hay, no le compren, es una mentirosa! Y me da la misma hueá que me critiquen. Si piensan que estoy haciendo el ridículo, me importa una soberana raja. ¿Saben por qué? Porque estaba enamorao de esa loca… mañana capaz que me arrepienta de esto, pero ya va ser tarde…
Bueno… a no ser que le pongas un “me gusta” a esta publicación, si no le colocai el like en 5 minutos yo dejo de huevear… si yo sé que me querí…
… Ya po Lorenza, recapacita po. Si nosotros estábamos bién. El otro día no más estábamos riéndonos juntos en la cama de mis taitas. ¿Qué hice mal? Me tení que puro decir y te juro que voy a cambiar. Si estai molesta por la discusión del otro día, fue una tontera. No tení pa que tomarte tan en serio mis palabras, a veces se me pasa la mano, lo sé, pero no es intencional, es que igual me la poní difícil po… pero hay amor. Y si hay amor, entonces se puede volver. Deja a ese otra matehuea, yo no te voy a reclamar nada…
¡Puta la hueá Lorenza! ¡¿Sabí que más?! ¡Ándate a la chucha! Yo no estoy pa tu hueveo. Y si, ya tomé la decisión.
¿Sabí donde estoy sentado, en este mismo instante posteando esto? Adivina… ¡en el cementerio conchesumare! Son las cuatro de la mañana y me metí a la mala. No tengo idea si anda el guardia por ahí, pero al menos en este sector estoy solo. Hace más frío que la cresta, pero es el mejor lugar para escribir estas últimas palabras. Le robé una soga a mi taita de su taller, así que mañana me van a encontrar colgao aquí y te voy a dejar con la conciencia hecha mierda. Que todo el mundo te apunte por lo que me va a pasar ahora mismo. Mi familia va a sufrir por culpa de vo.
Pero lo más importante de todo, y que te quede bien claro, que nunca se te olvide: Estés donde estés, siempre, pero SIEMPRE voy a estar ahí pa hacerte la vida imposible. Voy hacer mierda a cada ser que ames, pobre de ese hueón que te comí, anda pensando en patearlo porque si lo veo contigo le va a pasar algo demasiado malo. Nunca se te ocurra enamorarte, porque con el hueón que estí, me lo voy a llevar al infierno. Nunca se te ocurra tener hijos, porque te los voy a quitar. Esto es pa que sepas que significa que te arrebaten amor. Pa que sepai lo que uno sufre por culpa tuya…
… Ya, tení cinco minutos pa dar al menos el “me gusta” y doy marcha atrás. Sé que estai conectada porque estás con el puntito verde en el chat. Sé que me estás leyendo… te espero.

– Y esa fue la publicación que me dejó, después de que acabó con su vida.
– Okey, saca todo pa afuera Lore. Llora tranquila, aquí estoy para acompañarte.
– ¡Tengo miedo!
– Pero debes estar tranquila, no pasa nada – me consoló.
– ¡Tú no entendí! ¡Nunca me vai a entender que este tipo no me deja tranquilo!
– Pero si está muerto, ya no te puede hacer nada.
– ¿Nada? ¡¿Y los rasguños que tiene la niña en la espalda?!
– Lore… es una niña, es normal que los cabros chicos se peguen, se rasguñen, se muerdan.
– Ya… quiero estar sola.
– Pero Lorenza…
– ¡¡¡Déjame sola!!!

Han pasado exactamente ocho años desde el suicidio de Sebastián. Y por lo que temo, está cumpliendo su voluntad.

Te Amo Lorenza.

– Hola. No sé si se acuerda de mí. Soy la Lorenza, la ex del Seba.
– Como olvidarte… – me contestó su madre.
– Ha pasado mucho tiempo, disculpe que llegue así sin avisar…
– ¿Qué quieres?
– … Bueno, yo… este, quisiera conversar un minutito con usted. Si me lo permite, claro.
– …
– Okey… mire, yo sé que es complicado y hasta medio raro que esté acá…
– Disculpa, pero no tengo mucho tiempo. Dime rápido que es lo que necesitas – me interrumpió.
– Se trata de su hijo, del Seba.
– ¡¿Del Sebastián?! ¡¿Y que tienes que decir de él?!
– Voy al grano señora Claudia… Bueno… este… Es que su hijo no me deja tranquila…
– ¡¿Ah?!
– Yo sé que es difícil de creer, pero es la verdad. ¿Se acuerda de esa publicación de Facebook? Ahí mismo decía que no me iba a dejar tranquila después de muerto y…
– ¡¿Qué te creí mierda?!
– ¡Señora Claudia! ¡Por favor! ¡Usted es la única que me puede ayudar!
– ¡Sal de acá antes que te reviente la cara!
– … Pero señora Mayte por favor… es mi hija la que está en peligro…
– ¡Sale de mi casa! – me insistió.
– ¡Ayúdeme!
– ¡¡Sal mierda!!

Y era cierto, ya no sabía que hacer con tal de que me dejara tranquila…
…Todo empezó hace algunos años atrás:

– Lorenza, tenemos que terminar – me dijo Francisco.
– ¡¿Supongo que me estai hueveando?!
– No. No podemos seguir.
– ¿Qué te pasa Pancho?
– Nada.
– ¿Cómo nada? Esta mañana hablamos por teléfono y me dijiste que tenías unas entradas para el cine. Te escuchabai de lo más bien como siempre, incluso me dijiste te amo.
– Bueno. Ya no po…
– ¡Pendejo culiao! – le grité.
– Ya… eso es todo lo que tenía que decir.
– ¡No hueón! ¡No te vai a ningún lado! ¡¿Qué mierda te pasa?! – le insistí.
– Te dije que nada.
– ¡Mentiroso!…. ¿Hay otra? ¿Es eso? ¿Hay otra?
– No. No hay nadie. Quiero estar solo no ma.
– Te apuesto que es esa la tal Mónica, que cada vez que te pregunto por ella te hací el hueón.
– Chao… Tengo que irme.

Se fue el Francisco, me pateó. Pero al menos quería saber por qué. Lo llamé, le mandé whatsapp, mensajes por Facebook, me hice hasta un twitter para escribirle al suyo… pero nada.
Hasta que un día supe lo que realmente sucedía:

– ¡Lorenza!… Mijita, soy la mamá del Francisco – me dijo por teléfono.
– ¿Tía? Hola…
– Mijita, necesito que se venga a la casa con urgencia. No sé qué le pasa al panchito, está vuelto loco en su pieza. Supe que terminaron y no sé si sea eso que lo tenga así. Pero yo sé que a usted la va a escuchar. A mí no me quiere abrir la puerta y se la lleva gritando adentro.
– Tía no se preocupe. Voy altiro para allá.
Cuando llegué a la casa de Francisco me encontré a la tía llorando, comiéndose las uñas, porque no entendía el actuar de su hijo.
– ¡Francisco! ¡Soy yo! ¡La Lorenza! ¡Ábreme por favor! – le pedí desde afuera de su habitación.
– ¡No! ¡No! ¡¿Que cresta haces tú acá?! ¡Sal de la casa! – me pidió.
– ¡Mijito! ¡Escuche a la niña, y abra por favor se lo suplico! – le rogó su madre.
– ¡Lorenza! ¡Ándate! ¡No tienes que estar acá! – me insistió.
– ¿Pero qué te hice yo? Mi amor, yo te amo.
– ¡Yo también! ¡Pero ándate!
– No te entiendo Pancho. Si me amai ¿por qué haces esto?
– ¡Lorenza! …. No puedo hablar.
– Habla mi amor.
– … Tengo miedo.
– ¿Miedo? ¿Miedo de que mi amor?
– El Sebastián… – dijo sin terminar la frase.
– ¿El Sebastián? Mi amor, eso ya lo conversamos…
– ¡Está acá! ¡En la pieza! – Gritó.
– ¡¿Qué cosa?!
– ¡No me hagai nada por favor te lo suplico! – alzó la voz desde adentro.
– Francisco ¡Abre la puerta!
– No. ¡Por favor no! – Se le oía rogar.
– ¡Francisco, ábreme por favor! ¡Me estás asustando! – le exigí.
– ¡Mijito! ¡Ya pue! – insistió también su madre.
– ¡¡¡Conchetumadre!!! – se escuchó.
– ¡¿Francisco?!
– …
– ¿Francisco?
– ¡Pancho! Abre…
– …
– Francisco, ¿Qué pasa?
– …
– Ay Dios mío. ¡¿Qué pasó?! – me preguntó su mamá.
– Hay que abrir a la fuerza señora Silvia.

Empezamos a patear la puerta y no sirvió. Fui en busca de un cuchillo intentando sacar el seguro, tampoco sirvió… Finalmente, fui en busca de una escalera que tenía en su patio, y con esta decidí subir hacia su ventana, mientras tanto la señora Silvia asustada llamaba a carabineros.

Cuando llegué arriba, observé que Francisco se encontraba en su cama, sentado de espalda.

– Francisco. ¿Por qué no abres?
– …

Pero no contestaba. La ventana se encontraba semi abierta, tuve que meterme como pude no más.

– ¿Pancho?

Algo sentí en ese minuto, algo no andaba bien, me sentí un tanto nerviosa. En un momento, cuando fui avanzando hacia Francisco, olí la mierda que salía de él.

– Ay no… Ay no…
– ¿Qué pasa Lorencita? ¡Dígame por favor! – me pidió su mamá desde el otro lado.

Estaba con la cabeza dislocada, los ojos hacia afuera al igual que su lengua, y botaba un resto de sangre desde sus oídos.

– ¡Ya po mi niña! ¡Ábrame la puerta! – me insistió.

Me dieron ganas de vomitar en ese instante…
… No quise abrirle a la señora Silvia.
Esperé que llegaran los carabineros, cuando sentí que entraron a la casa, decidí salir por la ventana y bajar por la escalera. No quise ver la reacción de esa pobre señora… solo escuché aquel grito desgarrador.

Después de eso me daba vueltas el nombre de Sebastián en todo esto ¿Por qué Francisco lo nombró antes de morir? Me negaba a creer que se trataba de algo paranormal, era imposible.

Pasó mucho tiempo para que me diera cuenta que este hombre jamás me dejaría en paz.
Lo que nunca supo Francisco es que yo quedé embarazada de él, tampoco se lo dije a la señora Silvia, ella ya no era la misma de antes. De hecho, según sé, ahora se encuentra en un manicomio.

– Hola hija ¿Cómo le fue en la escuela? – le pregunté a mi Mayte.
– …

Dejar de hablarme se transformó en una costumbre de la Mayte. Últimamente, mi hija no me dirigía la palabra cada vez que llegaba de la escuela.

– ¿Hija? ¿Qué le pasa? ¿Por qué anda así? – le consulté.
– No me pasa nada mamá.
– ¿Cómo nada? Apenas me hablas, tú no eres así. Siempre andas contenta y de la noche a la mañana se puso así.
– Nada mamá.

Fue un día en la ducha que descubrí aquel moretón en la espalda, alguien le estaba haciendo daño a mi hija.

– ¡¿Quién te hizo esto?! – exclamé.
– … Nadie.
– ¡¿Cómo nadie?! ¡Mayte dime la verdad! ¡¿Quién cresta te pegó?!
– Nadie mamita… – me contestó asustada.

Y se tiró a llorar.

– Hija mía, disculpe por gritarle, pero necesito saber. ¿Te están haciendo bullyng en el colegio?
– …
– ¿Es eso?
– …
– Mayte, míreme a la cara… Hijita mía de mi corazón, dígame, con confianza ¿Quién le hizo esto?
– … El caballero del aseo.

Tenía que ir al colegio a resolver eso de inmediato.

– Señora Lorenza. ¿En que la puedo ayudar? – me preguntó la directora de la escuela.
– ¡Vengo a poner un reclamo en contra de su personal de aseo!
– ¿El personal de aseo? No le entiendo.
– Mi hija tiene un moretón en la espalda. Es un golpe que recibió acá, en su establecimiento. Ella me confesó que fue alguien del aseo.
– ¿Y quién específicamente?
– No le sabemos el nombre.
– …
– ¡Fue un hombre que hace aseo aquí!
– Que extraño señora Lorenza. Nosotros no contratamos a hombres que se encarguen del aseo en este colegio, recuerde que este es una escuela exclusiva de mujeres, por normativa interna tenemos prohibido…
– ¡Bueno, no sé! ¡Pero alguien de su colegio fue! – interrumpí

Mi hija estaba en silencio, pero tuve que hacerla hablar.

– Hija. Dígale a la directora quien le hizo esto.
– … Un caballero del aseo – respondió.
– Pero mijita linda, eso no es posible. ¿Y cómo era? – le preguntó la directora.
– Hija, hable. Dígale al menos como era – le pedí.

Mi hija levantó la cabeza y empezó a describirlo.

– Es un hombre joven… estaba barriendo.
– ¿Y en qué parte del colegio te pegó? – le preguntó la directora.
– Me llamó desde la sala que está abandonada, pensé que quería que lo ayudara con algo… y ahí me pegó un combo en la espalda.
– Señora Lorenza, lamento decirle que eso es imposible. Tengo que volver a repetir esto, pero no tengo a hombres trabajando en mi personal de aseo. Y si fuese un profesor, tampoco, no hay nadie con la descripción que nos da la niña, los profesores varones que tenemos acá son gente de bastante edad y trabajan acá hace bastantes años… lo siento, pero no sé qué decir al respecto.
– ¿Usted me está diciendo que mi hija está mintiendo? – le pregunté molesta.
– … Pucha, no sé…
– O sea que el golpe que tiene en la espalda se lo inventó.
– No. No digo eso, solo que esa persona que ella describe acá no existe. Solo eso.
– No puedo creer esto…
– Señora Lorenza. Sé que debe estar preocupada por su hija. Pero para su tranquilidad, vamos a poner mucho ojo en las personas que giran alrededor de ella…
– Ni siquiera sabe las cosas que pasan en su colegio… permiso, fue una pérdida de tiempo esto. Pero no se preocupe, yo misma voy a encontrar a ese tipo, voy a pasar sala por sala, voy a darme vueltas completas por todo el patio hasta que lo encuentre ¿Me oyó?

Me levanté de esa silla y salí de la dirección, busqué con la mirada si es que había algún tipo.

– ¿Es él? – le pregunté a la Mayte.
– No mamá. Él es un profesor
– ¿Y dónde está esa sala que le dijiste a la directora?

Me llevó al lugar, estaba llena de sillas, mesas, libros. Más bien parecía una bodega de cachivaches.

– ¿Y aquí estaba?
– Si, mamá.
– ¿Fue solo esa vez que lo viste?
– Sí.

Quizás la directora tenía razón ¿Y si me estaba mintiendo?

– Hija. Dime la verdad. ¿No hay nadie del aseo que te haya pegado, verdad?
– …
– No me mientas, soy tu mamá…
– ¡Me dijo tu nombre!
– ¿Ah?
– …
– ¡Hija! ¿Qué cosa?
– “La Lorenza no te quiere”, eso me dijo el caballero.

Me llevé por ese día a la niña a la casa, no quise dejarla en el colegio, al menos hasta cuando pudiese entender esto.
Había algo que me rondaba en la cabeza, pero prefería negarlo. Aun así empecé a sentirme insegura. Algo raro estaba pasando.

Esa noche me quedé en mi cama acostada con la Mayte.

– Hija, déjame de pegarme patadas por favor.
– …
– Pucha Mayte, corre un poco los pies, me estás apretando la cadera.
– …
– ¡Pucha esta niñita!
– ¿Qué pasa mamá?! … Me despertaste.
– Es que te doblai pa dormir, me pegai las medias pataás.
– … Mamá, mi pies están pa este lado.

Saque las sábanas y tenía razón…

– ¡Conchesumare! – grité.
– ¿Qué pasa mamá?
– …
– Mamá me asustai ¿Qué pasa?
– … Nada hija, no pasa nada.
– ¿Y porque grita?
– Nada, es que parece que estaba soñando.

Vigilé la pieza toda esa noche, no apagué la luz y no cerré un solo ojo.

Al otro día decidí no mandar a mi hija al colegio nuevamente, sentía que ninguna de las dos estábamos seguras. Pero tampoco quise que nos quedáramos en casa por la tarde, salimos a dar vueltas por Conce.
Pero llegó la noche, y había que volver.

– ¿Acostémonos juntitas de nuevo? – le pregunté.

Yo no quería dormir. Pero ya eran las cuatro de la mañana, y el sueño acumulado de la noche anterior me vencieron.

– Hola Lorenza. ¿Te acordai que alguna vez hablamos de tener un hijo?
– ¡Mierda!

Abrí los ojos. No estaba soñando, fue como si hubiese venido esa voz de la misma pieza.

– ¡¿Quién anda ahí?!

Juro haber escuchado a Sebastián…

… Todas las noches era lo mismo.

– ¿Mami, por qué está sí? ¿Hay un monstruo?
– No mi vida. No me haga caso, los monstruos no existen. Solo he tenido malos días.

Y llegó un repentino corte de luz.

– Mamá, se apagó la ampolleta.
– Aproveche de dormirse entonces.
– Me da miedo.
– Tranquilita. Ya va a llegar la luz, duérmase no más. Yo la cuido. ¿Bueno?
– ¿Y si me das un besito?
– ¿Quiere un besito de buenas noches?
– … Un besito con lengua.
– ¿Ah? ¿Qué dijo?
– Dame un beso de esos que nos gustaba Lorenza.
– ¡Conchetumadre! ¡¿Qué cresta?!
– …
– ¿Mayte?
– …
– ¿Hija? ¡Respóndeme!

La movía a oscuras con mis manos, solo la sentía, no lograba ver nada.

– ¡Hija me asustai!
– ¡Vuelve conmigo Lorenza! – me gritaban
– ¡¿Sebastián?!
– ¡No me dejes! ¡Dame una oportunidad!
– ¡Hija! ¡Respóndeme! – le pedía a mi chiquita.
– … ¡Te amo, Lorenza!
– ¡Mayteeee!
– …
– ¡Mayteeee! ¡Respóndeme Dios mío!

Hasta que al fin la escuché.

– ¡Mamaaaá! – gritó.

Cuando sentí las manos de la niña sobre mis brazos, la tomé como pude y escapamos a ciegas de la pieza. Choqué en varios lados. Pero en un momento alguien nos abrazó cuando bajamos la escalera.

– ¡No me dejí! – me insistía.
– ¡Mamí! – exclamó mi hija
– ¡Sal de acá conchetumadre! ¡Déjanos en paz! – le supliqué a esa cosa.
– ¡No! ¡Tú eres mía!

No lo veía, solo lo sentía con fuerza sobre mi cuerpo, y su voz eran gritos en mi oído derecho.

– ¡Mamá! ¡Me duele!
– ¡¿Qué?! ¡¿Qué le pasa?!

– ¡¡¡¡ME ESTÁ RASGUÑANDO LA ESPALDA!!!!

– ¡¡Déjala conchetumadre!!
– ¡¡¡¿Lorenza, porque metí gente a nuestra relación?!!!
– ¡Déjala mierda! – ordené.
– ¡¡¡¡Me duele!!!! – exclamó la Mayte.
– ¡Volveré por ti mi amor! ¡Nadie nos va a separar! ¡Ni ella, ni nadie!
Y seguía escuchando el grito de dolor de mi hija.
De pronto llegó la luz, dejé de sentir esa fuerza sobre mí.

– ¿Mi amor? ¿Mi amor? ¿Hábleme?

La niña no paraba de llorar. La senté en el sillón del living, ví su polerita ensangrentada en la parte de la espalda. La dejé desnuda de arriba, y tenía una herida abierta que abarcaba desde el cuello hasta el coxis.

– ¿Lorenza? ¿Qué pasó? Son las cuatro de la mañana – me dijo desde el otro lado del teléfono.
– Rodrigo, estoy demasiado mal. No sé qué hacer.

A Rodrigo lo conocí en el trabajo. Tipo bastante guapo, salimos un par de veces. Me gustaba harto, pero con todos los problemas que se me estaban presentando, era difícil comunicarme seguido con él. Pero esa noche lo hice, no sabía a quién acudir.
Llegó a las 5 de la mañana en su auto, lo abracé muy fuerte.

– Ayúdame – le dije.
– Lorenza. Ya, tranquilita. Aquí estoy. Cuéntame ¿Qué es lo que pasa?
– Nos atacaron.
– ¡Ah! ¿Quiénes? ¿Se metieron unos ladrones a la casa?
– No. Un ex…
– ¿Qué te hizo?
– Rasguñó a mi hija en la espalda.
– ¿Cómo se llama? Voy altiro a sacarle la chucha.
– No. No se puede.
– ¿Cómo no se va a poder? ¿El hueón anda armado acaso? Yo sé defenderme, quédate tranquila que se las va a ver conmigo ese conchesumadre.
– Está muerto.
– … ¿Cómo muerto?
– Está muerto Rodrigo. El Sebastián está muerto.
– No entiendo nada Lorenza… ¡No me digai que lo mataste! ¿Dónde lo dejaste tirado? ¿Lo escondiste?
– Se suicidó hace ocho años, en el cementerio.
– Creo que no estás durmiendo bien.
– Es verdad. El prometió que nunca me dejaría en paz. Mira, esta es la publicación que dejó en su Facebook. Aún está.

Le mostré el teléfono a Rodrigo, no entendía mucho, se notaba en su rostro que no me creía. Le leí todo el párrafo.

– Y esa fue la publicación que me dejó, después de que acabó con su vida – le dije.
– Okey, saca todo pa afuera Lore. Llora tranquila, aquí estoy para acompañarte.
– ¡Tengo miedo!
– Pero debes estar tranquila, no pasa nada – me consoló.
– ¡Tú no entendí! ¡Nunca me vai a entender que este tipo no me deja tranquila!
– Pero si está muerto, ya no te puede hacer nada.
– ¿Nada? ¡¿Y los rasguños que tiene la niña en la espalda?!
– Lore… es una niña, es normal que los cabros chicos se peguen, se rasguñen, se muerdan.
– Ya… quiero estar sola.
– Pero Lorenza…
– ¡¡¡Déjame sola!!!

Se quedó mirándome, no me hizo caso y nunca se fue.

Al otro día, mi hija y yo aún estábamos tensas. Rodrigo nos atendió, compró el almuerzo y le entregó su notebook a la Mayte pa que se entretuviera.

– Te has comportado bien con nosotras. Gracias – le agradecí.
– No hay de que…
– ¿Aún no me crees, verdad?
– … Debo admitir que cuesta, pero te creo.
– Si sé que es raro. Debes pensar que estoy piteada.

Me tomó la mano.

– ¿Tú sabes que me gustas? No debe ser muy difícil darse cuenta.
– Tú también me gustai Rodrigo.

Se me acercó para besarme. Yo cerré los ojos…
… Pero apenas rocé sus labios una imagen me dijo que no lo hiciera.

– Rodrigo…
– ¿Qué pasa?
– No puedo.
– Pero si tú me dijiste que te gustaba, es mutuo.
– Mejor ándate.
– No entiendo…
– No tienes nada más que entender, gracias por todo. Pero lo mejor es que te vayas.

Hizo una risa un tanto incómoda. Se despidió de mi hija, y me dijo chao desde la puerta.
Me gustaba… pero lo arriesgaba. Alguna vez perdí a Francisco, no podía dejar que le sucediera lo mismo. Sebastián haría cualquier cosa con tal de que no tenga a nadie más en mi vida.

Ese día le dije a mi hija que nos quedaríamos en una pensión, y así lo hicimos. Pensamos que saliendo de la casa evitaríamos todo. Pero no, nuevamente se cortó la luz. Esa noche mordió a la niña en el pié, en la siguiente en la cadera. Cuando volvimos a casa la golpeó en el estómago.

Fui a la casa de la madre de Sebastián para pedirle ayuda, pero se tomó mal la situación y me echó de allí. Siempre me culparon del suicidio de su hijo.

Finalmente, hice lo que tenía pensado hace mucho tiempo; me acerque a la catedral San José de Concepción y hablé con el párroco de la iglesia.

– Padre, necesito que me ayude.
– Dígame hija mía.

Le conté todo. En un principio dijo que se encontraba un tanto ocupado para ir a la casa, pero finalmente cedió.
Cuando abrí la puerta y vi al cura pensé que se terminarían todos nuestros problemas.

– Y bien. ¿En qué sitio dice que se aparece?
– En la pieza principalmente.
– ¿Es en el segundo piso?
– Si padre.

Subimos las escaleras, la Mayte caminaba a mis espaldas, nunca dejé que se quedara sola. El cura sacó un rosario y se arrodilló. Cerró los ojos y empezó a rezar en latin.

– Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie, et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus, debitóribus nostris; et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo…
– ¡¡¡JAJAJAJAJAJAJAJA!!!

Esa risa era de un hombre, no sabía de dónde provenía en un principio… pero cuando me dí cuenta, no lo pude creer.

– Tócame curita… mírame, como te gustan, chiquititas.

La Mayte…

– Gloria Patri, et Fili, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc et semper, et in saeccula saeculorum, amen.
– ¡Hija! ¡¿Qué le pasa?! – le pregunté horrorizada.
– ¡Ya po padrecito! ¡Tócame las tetitas!
– ¡¡¡Alma de Cristo, santifícame; cuerpo de Cristo, sálvame; sangre de Cristo, embriágame; agua del costado de Cristo, lávame; pasión de Cristo, confórtame!!! ¡¡¡Oh, mi buen Jesús, óyeme!!!

En ese instante mi hija cambió su voz.

– ¡¡Lorenza!! ¡¡Sal de la pieza!! – me exclamó mi hija, con un tono que no era el suyo.
– ¡¿Sebastián?! – pregunté sorprendida.
– ¡Sal de la pieza! – me exigió.
– ¡Deja a mi hija! – le exigí.
– ¡¡Dentro de tus llagas, escóndeme; no permitas que me aparte de Ti; del enemigo malo, defiéndeme; en la hora de mi muerte, llámame!! – predicaba el cura.
– ¡Déjala mierda! – le insistí.
– ¡¿Te gusta jugar padrecito con los niños?! – le preguntó mi hija al cura.
– ¡Y mándame ir a Ti; para que con tus santos te alabe; por los siglos de los siglos! ¡¡Amén!!!
– Espérame abajo mi amor – me ordenó mi niña.
– ¡¡¡MAYTEEE!!!!

Estaba poseída. Una energía me lanzó afuera de la pieza, cerrándose además la puerta de la habitación.

– ¡¡Abran la puerta!! – grité desde afuera.
– ¡¡En el nombre de Dios te ordeno que abandones éste cuerpo, en el nombre de Dios te prohíbo que vuelvas a hacerle daño!! – exclamaba el párroco.
– ¡JAJAJAJAJAJAJAJA!
– ¡¡¡Abran la puerta!!! – insistí desesperada.
– ¡¡Noooooo!! – gritó el cura.

No era capaz de abrir esa hueá de puerta.

– ¡¡¿Te gustan que te lo chupen curita?!! – escuché a Sebastián.
– ¡AAHHHH! – gritó nuevamente el padre.

Mierda, tenía que entrar de alguna forma, lo iba a matar. Fui corriendo abajo, sabía que tenía un hacha en algún lado… me tenía que apurar.

– ¡Ahhhh! ¡Nooooo! ¡¡¡Suéltame!!! – suplicaba.

En el patio tenía la pura cagada, estaba llena de cachivaches que me había dejado mi papá alguna vez y jamás se llevó.

– ¡Lorenza! ¡Este cura ya no nos va a poder casar! ¡Tu hija está abusando de él! – acusaba Sebastián.

Buscaba y buscaba apretando los dientes y con lágrimas de desesperación…. Y ahí estaba el hacha, encima de todo, con la adrenalina no la había visto. Subí rápido al segundo piso y empecé a hacer mierda la puerta.

– ¡¡AAHHHHHH!! – gritaba con desgarro el cura.
– ¡¡Voy a entrar!!
– ¡¡No sea desobediente amor!! ¡No va a querer ver lo que está haciendo su niñita con el padrecito! – me contestó Sebastián desde adentro.
– ¡Te voy hacer desaparecer conchetumadre! – lo amenacé.
– ¡AAAAAHHHHHHH! – seguía gritando el padre.

Hasta que rompí la puerta y entré…

– ¡¡¡Mayte!!! ¡¡¡Déjalo!!! – ordené.

Mi hija lo tenía en el suelo, con el pantalón abajo… con su miembro ensangrentado.

– ¡Dame un beso Lorenza! – me dijo con la boca ensangrentada.
– ¡¡Sal del cuerpo de mi hija!!
– ¡Solo si volvemos!
– ¡Sal del cuerpo de mi hija!
– ¡¿No quieres volver conmigo?!
– ¡NO!
– Entonces tu hijita sufrirá. ¡Dile chaito a la Maytecita!
– ¡No! ¡Bueno! ¡Ya! ¡Si, si quiero!
– Yo sabía que me amabas…
– ¡Ahora devuélveme a mi niña!
– ¡Volveré por ti amorcito! ¡Espérame con la cama calientita!

Al fin mi hija volvió en sí.

– ¡¡MAMÁ!
– ¡Mi amor, guagüita mía!
– ¿Qué pasó mamá? ¡¡Tengo miedo!!

El padre estaba perdiendo mucha sangre…

– Espéreme, vamos a llamar a una ambulancia – le dije.

Tomé el teléfono… pero no marqué. Culparían a mi hija o a mí de lo que le había sucedido, nadie me creería que lo hizo un muerto.

– ¡Mamá! ¿No vas a llamar?
– No mi amor.
– ¿Se va a morir?

… Y así fue. Ensangrentado en la pieza. Lo enterré en el patio de la casa, y puse la mayor cantidad de cosas que había dejado mi papá encima.

En la noche, miraba a mi hija, tampoco ella podía dormir.

– ¿Mamá? ¿Y si me transformo de nuevo en él?
– Si llega a pasar eso, no te voy a dejar nunca sola, siempre estaré aquí para protegerte.
– ¿Le vas a decir que se vaya?
– Sí. Le voy a decir que se vaya preciosa mía…

La conversación llegó a su fin. Un nuevo corte de luz nos daba el aviso.

– Lorenza…
– Sebastián, te lo suplico. Sale del cuerpo de mi hija.
– No lo haré. Quiero tocarte…
– ¡No!
– ¿Amai a otro?
– ¡No! ¡Déjame! ¡Tu estai muerto conchetumadre!

Sentí las manos de la Mayte que me acariciaba una pierna.

– ¡Para mierda! ¡Nunca te quise asqueroso! ¡Menos ahora!
– ¡Yo sé que tú me quieres!
– ¡¿Quererte?! No sabes lo feliz que me puse cuando te ahorcaste. Le hiciste un bien a la humanidad.

Pero no entendía… Me tocó un seno, situación que me hizo salir corriendo de la pieza.

– ¿Adónde vas mi vida?

Bajé rápido. No podía dejar que esto pasara… era todo tan cerdo.

– ¿Pa que escapas Lorenza? La casa es chica.

Pensé en salir a la calle. Pero recordaba que era el cuerpo de mi niña. No podía dejarla sola.

– Me aburriste Lorenza. Es fácil. Si no vuelves a la cama me enterraré un cuchillo.

Con esa amenaza no podía hacer nada… no debía dejar que la niña sufriera las consecuencias.

– ¡No!… Volveré a la cama.
– Ves que me amas
– Me tendrás… Pero hoy no quiero que pase nada.
– ¿Entonces cuando?
– Cuando yo lo decida.
– ¿Cuándo tú lo decidas?… Tení hasta mañana.

La otra noche volví acostarme con mi hija, por más que supiera que se transformaría en ese monstruo, no era capaz de abandonarla… Se cortó la luz y volvió nuevamente.

– Lorenza, es nuestra hora
– Sebastián…
– Deja tocarte.
– ¡Sebastián! ¡Basta!
– ¡No te niegues, recuerda que está tu hija en juego!
– ¿Querí que te ame?
– …

Se quedó en silencio de repente…

– ¿Querí que te ame o no?
– Si, si quiero…
– Entonces deja a mi hija otra vez.
– ¡Eso no!
– ¡¿Y porque ella?!
– Me gusta como la miras, cuando la acaricias, me acaricias a mí. Cuando le dices te quiero, me lo dices a mi…
– Dame un día más… por favor. Necesito a mi hija verla por última vez, luego te quedas con ella…

Miro al techo sin decirme nada y me contestó.

– No me dejarás de nuevo… esta será tú última vez con ella.

Y así volvió mi hija… me tenía que despedir.

– ¿Mamá?
– Maytecita.

Al otro día le hice una cena a mi hija, le hice esas hamburguesas con queso que tanto le gustan. Cada vez que la abrazaba sentía ganas de llorar.

– Te amo mamá.
– Yo también te amo mi amor.
– ¿Por qué lloras mamá?
– Quiero que sepas que siempre estaré cuidándote, si te sientes sola en la oscuridad piensa que en algún lado estoy, por ahí cerca.
– No tengas pena. Nunca estaremos separadas.
– Tienes razón… nunca, nada nos va a separar.

Pero le mentía, eso me desgarraba el corazón.

Cuando ya llegaba la noche, tenía todo planeado para mi suicidio. En el momento que la Mayte se fuera y llegase Sebastián, tenía decidido colgarme en el baño.
Sentía miedo, no sabría qué iba a pasar con ella, tenía la esperanza de que él la dejaría, pues de nada le serviría la niña si yo ya no estaba.

Eran las once de la noche, tenía a mi hija abrazada en la cama, entre mis brazos, esperando que llegara la madrugada…
… pero algo sucedió

– Mamá, están golpeando la puerta de la casa.
– Espérame aquí, voy a ver quién es.

Era extraño, no era recurrente tener visitas a esa hora. Bajé y abrí la puerta.

– Buenas noches. Tenemos una orden de la jueza para entrar a su casa. Hay sospechas de que acá se encuentra el sacerdote Jorge Roncaglia. Déjenos entrar por las buenas, si no vamos a tener serios problemas. Me imagino que usted no quiere eso señorita.

– No. Por supuesto que no, pero no entiendo porque en mi casa.
– ¿Mamá? ¿Quiénes son? – preguntó mi hija desde el segundo piso.
– Tranquila. Son unas visitas que vienen a mirar algo y se van.

Revisaron en varios lados, lógicamente llegarían al patio. Retiraron todas las cosas que yo había puesto allí. No se demoraron nada en darse cuenta de que alguien había excavado.

– ¡Al parecer está acá! ¡Excaven en este sector! – ordenó uno de ellos.

Se había acabado. Nos culparían por asesinato.

– ¡No lo hicimos nosotras! – les dije.
– Usted queda detenida de inmediato. ¡Espósenla!
– ¡¿Mamá?!
– ¡Hija mía!
– ¡No se lleven a mi mamita! ¡Por favor no!
– ¡HIJA!

Vi cómo me alejaban de ella… pero no podía pasar eso.

– ¡Sebastián! ¡Sebastián! ¡Ayúdame mi amor! – le grité.
– ¡Señorita, guarde silencio!
– ¡Sebastián! ¡Te amo mi amor! ¡Nos están alejando!

Y sucedió…

– ¿Lorenza?

Los ratis vieron como la niña cambiaba la voz. Se quedaron estáticos. No podían creerlo.

– ¡Sebastián! ¡Mi vida! ¡No nos deje que nos separen! – le dije.
– ¡Suéltenla! – exigió Sebastián.
– ¡No escuchen a la pendeja! ¡Llévense a esa mujer!

Cometieron el peor error de su vida.

– ¡NOOOO! – gritó uno de ellos, al darse cuento que no podía evitar tomar su pistola del bolsillo y apuntarse en la boca…

– ¡Ella es mi mujer! ¡Nadie la toca!

El tipo se reventó la cabeza de una sola bala.

– ¡Conchetumadre! ¡López se disparó! – gritó otro asustado.

Luego mi hija observó al que venía desde el patio.

– ¡Mi brazo! – exclamó el policía.

Mayte se acercaba caminando de manera lenta hacia él. Mientras más ella se le aproximaba, este mas gritaba.

– ¡AHHHHH! ¡Mi brazo se está doblando! ¡Me duele! – exclamó por última vez.

Empezaron a sonar sus huesos… pobre rati. Su brazo se desprendió rápidamente.

– ¡Conchetumadre! ¡¿Que hueá pasa?! ¡Ramirez! – gritó el tipo que me llevaba esposada.

El tipo sacó su pistola y apuntó a mi hija.

– ¡Pendeja culiá! ¡Te voy a matar!

Estaba a punto de gatillar, pero lo empujé como pude con mi cuerpo. La bala se desvió. Sebastián hizo el resto.

– ¡¡¡AHHHHHHHH!!!

Mientras sus ojos salían de su eje, este se defecaba en los pantalones.

– ¡¡¡AHHHHHHHH!!!

Su cabeza se dislocó, mientras le sangraban los oídos, al igual como encontré a Francisco alguna vez…

… Se había acabado todo.

Mientras observaba los cuerpos en la casa, decidí hablarle a Sebastián… pero de otra manera.

– Gracias – le dije
– Es nuestra noche…
– Sí, pero antes, quiero hacer una llamada.

Fui en busca del teléfono y marqué el número.

– ¿Lorenza? Hola… pensé que ya no me llamarías.
¿Como ha estado todo por allá?
– Bien, todo mucho mejor.
– Me alegra escucharte.
– A mí también.
– Lorenza, yo quería pedirte disculpas por lo del otro día…
– No. Está bien – le contesté.
– ¿Cómo?
– Que está bien. Lo he estado pensando, y si… quiero darme una oportunidad contigo.
– Me pone contento oír eso… yo también quiero.
– Me gustaría que vinieras… ahora si es posible.
– Bien, estaré en una hora allá.
– Te espero Rodrigo.

Colgué el teléfono y me dirigí donde Sebastián.

– Creo que ahora te podré mirar con otros ojos – le dije.

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“Te Amo Lorenza”