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El Niño Que Llora

¿El cuadro de tu casa también te observa cuando caminas?

El Niño Que Llora.

– Que terrible hueón todo esto. Una familia completa quemada, no quedó ni el gato.
– …
– ¿Qué es lo que piensa? – me pregunta.
– No sé, es muy raro todo. Esta es la quinta casa que se incendia en el mismo sector.
– Bueno, a veces estas cosas pasan. ¿Se acuerda de los incendios en Velásquez?
– Pero eso fue dentro de un año. Voh más que nadie Sotelo sabí que esta hueá no sucede en dos días.
– ¿Usted cree que hay alguien haciendo esto?

Uno de los míos me llama. Al parecer encontró algo.

– ¡Jefe! ¡Mire! … adivine. Otra vez.

Ese cuadro…

– Esta cuestión parece chiste – exclama mi compañero.
– ¡Por la cresta! Ya, déjenla ahí para que los pacos le hagan pericia – les ordeno.
– ¿Cómo tanta casualidad? En los cincos incendios, siempre el mismo cuadro, ¿Será verdad lo que dicen?
– A veces eso parece, Sotelo. Pero eso es fantasía. Hay que averiguar qué se esconde detrás de todo esto, no podemos dejar que toda la gente del sector siga sufriendo la misma mierda.

En mi casa ya no duermo. Me acostumbré a la llamada de urgencia de bomberos durante estos últimos días. A veces pienso que tengo un trastorno del sueño un tanto grave. Incluso una vez estuve más de dos días sin dormir. Tengo que tomar más de una pastilla para intentar echar una pestaña, esto solo algunas veces hace efecto, y cuando no puedo, me da por salir a dar vueltas por las calles, como esta misma noche. Me tomé dos antihistamínico y no hay caso.
Me abrigaré, hace frío.
Aún me da vueltas lo que sucede con la villa, iré para allá, debo estar alerta, esto puede seguir sucediendo, quizás obtenga alguna pista.
…………………………………………………………………..

Recuerdo que mi abuela ya en esos tiempos tenía aquel famoso cuadro. Yo no quería cruzar al baño, porque dejaba la puerta abierta de su habitación, era inevitable mirar y espantarse, pero las ganas de mear siempre fueron más grandes… y ahí estaba aquel “niño que llora”, mirándome, cuando entraba y salía del baño.

– Abuela. No me gusta ese cuadro – le dije un día.
– No le tenga miedo mijito. Ese niño a usted lo protege.
– No quiero que me proteja.
– No sea sin respeto. Él lo está escuchando.
– ¡¿Me escucha también?!

Aquella casa era completamente de madera, y, con la humedad de las noches, las tablas sonaban de la nada. Pero para mí era aquel niño que había salido del cuadro a matarme.

– Abuela… abuela ¿Eres tú?
Me escondí debajo de las frazadas y pensé en rezar.
– Ave María purísima, llena de gracia…
… Y las tablas no dejaban de sonar.
– Carlos… Carlos – escuché con voz sigilosa.
Sentí al fin la voz de mi abuela.
– Abuela, sentía que venía ese niño a mi pieza – contesté mientras me destapaba.

Me saqué las frazadas para abrazar a mi abuela.

– ¿Abuela? ¡Ay no! ¡No hay nadie!

Juro que escuché que me hablaban. Me volví a tapar. El corazón me latía a mil. Pero no importaba, era capaz de mearme en la cama con tal de que “eso” no me hiciera daño.

Y ahí me quedé. No sé cuánto rato… hasta que me dormí. Al otro día, en la mañana, mi vieja me despertó llorando, dándome la inesperada y peor de todas las noticias.

– ¡Hijo! ¡Hijo! – exclamó.
– ¿Mamá?
– Su abuelita…
– ¿Qué pasa con la Toli?

– La abuelita Toli… se murió.

…………………………………………………………………………………..

– ¡Se está quemando una casa! – le grito a los vecinos de la población.

Está envuelta en llamas… al parecer hay alguien adentro.

– ¡Ahí viven unos abuelitos! ¡Dios mío! ¡Que alguien haga algo! – grita una vecina.

Las casas son de adobe. El fuego las consume en cosa de segundos. No puedo quedarme así, sin hacer nada. Quizás aún puedo salvarlos… intentaré entrar.

– ¡Caballero no entre! – me gritan.

A la mierda. Estoy adentro, apenas puedo ver, el humo cubre toda la visión, el calor es terrible, siento que se me quema la nariz con solo respirar. No veo a los ancianos. Quizás estén más adentro. Debo actuar rápido, en menos de un minuto podría terminar muerto por las llamas o la falta de oxígeno.

– ¡¿Alguien me puede responder?!

¡Conchesumadre! ¡Se está cayendo el techo!

– ¡Estoy acá para ayudarlos! ¡Pero por favor respondan! – insisto.

No me queda tiempo… esto no puede ser…

… Ese cuadro está en el suelo, mientras todo se quema, me mira ese niño fijo a los ojos.

– ¡Ayuda! ¡Estos tipos me van a matar!

No. No de nuevo. Esos fantasmas me siguen a todos lados.

– ¡Salgan de mi vida! ¡Déjenme en paz! – les grito.
– ¡Carlos! ¡Acércate y hazte hombre! ¡Te tengo una chiquilla lista!– me grita otra voz.
– ¡Salgan de mi vida! ¡Salgan de mi cabeza! – les suplico.

No me dejan en paz… debo salir de esta casa.

– ¡Agárrales las gomas!

Debo correr… cresta. Me tropecé con algo. Miro… son el par de ancianos calcinados en el suelo.

Debo salir. Debo salir… me falta el aire… me falta el air… me fa….

……………………………………………………………………………

Pensé que mi madre se había levantado al baño, se escuchaba la llave del lavamanos correr. Pero era extraño, ya había pasado mucho rato y aún se seguía escuchando.

– ¿Mamá? ¿Papá?

Me acerqué a la puerta de mi pieza, y desde ahí llamé a mis padres. Pero cuando bajé de la cama, sentí mis pies mojados… había agua en todo el piso.

– ¡Papá! ¡Se rompió la llave! ¡Se está mojando la casa!
– …
– ¿Mamá? ¿Papá?
– Amigo… ven. – se escuchó una voz.

Apenas percibí ese sonido me cagué de miedo.

– ¡Papaaaaaaá! – grité desde mi pieza

Lo peor fue cuando un niño abrió la puerta y se quedó mirándome.

– ¡No me hagai nada! – le pido.
– ¡Ven! ¡Te tengo que mostrar algo! – me dijo.

Huí de la pieza. Se escuchaba a una mujer llorando, pedía auxilio. Me caí al suelo y terminé empapado por completo. Cuando levanté la cabeza, estaba ese cuadro en el living, lloraba sangre. Aquel grito de auxilio se escuchaba cada vez más fuerte, tanto que me dolían los oídos.

– ¡Soy de palo! ¡Soy de palo! ¡Soy de palo! ¡Tengo orejas de pescado! – repetía para mí mismo con los ojos cerrados sin querer escucharlo más.

Abrí mis ojos y estaba de nuevo ese cuadro de fondo, el cual lloraba cada vez más sangre…

… Pero desperté. Me había meado por completo en toda la cama. Todo había sido una pesadilla… al menos eso creí, lo que no sabía era que la verdadera pesadilla estaba a punto de empezar.

– ¡Papá! – lo llamé asustado.
– ¡¿Qué querí?! ¡No dejai dormir a nadie con tus gritos! – me retó.
– ¡Papá! ¡No quiero dormir aquí!

Observó el piso y vio caer el meado que provenía desde el colchón.

– ¡Te hiciste pichí! – exclamó de manera violenta.
– ¡Papá no me pegues!
– ¡Cabro de mierda! ¡No tení nah cinco años!
– ¡Papá perdón!

Fue así como salió de la pieza y volvió al par de segundos… con una plancha.

– ¡Pa que te hagai hombre! – exclamó.
– ¡No por favor no!

Tomó el cordón del aparato, y me dio con él donde fuese.

– ¡Toma mierda!

Fue un dolor profundo en la cara, como si me rompieran los huesos.

– ¡Papito, no! ¡No!
– ¡Quiero a un hombre, no a un maricueca!
– ¡Papá, te lo suplico! ¡Me duele!

Y vino otro más.

– ¡Ahí tení, chiquillo culiao!
– ¡Me duele!
– ¡¿Te duele?! ¡¿Vo creí que a mí no me duele castigarte?!
– ¡Por favor!

No se detuvo, luego fue en el muslo, en la cadera, en la cabeza… me di vuelta para que no me llegase otro golpe en el rostro. Luego fue en la espalda… varias veces.

– ¡No! – le gritaba.
– ¡Nunca más conchetumare! ¡Nunca más!

El llanto del dolor me ahogaba, ni siquiera me salía la voz.

– ¡Di que nunca más! – me exigía.
– …
– ¡Di que nunca más!

Apretaba los dientes. Era mucho mejor morir que resistir en ese instante.

– ¡Que pasa! ¡Suelta al niño!

Eso fue el final de la tortura, la intervención de mi madre.

– ¡Es pa que aprenda! ¡Le has enseñado a ser una niña! ¡Mira lo que hizo! ¡Está todo meado! ¡Mira las frazadas por la chucha! – exclamó mi taita.
– ¡¿Ya, y qué?! ¡¿Lavai tu acaso hueón?! ¡Suéltalo! – reclamó mi madre.
– ¡¿Y qué te metí tú mierda?! – le contestó mi papá, haciendo la mímica de golpearla… pero nunca pudo con ella… nunca.
– ¿Me vai a levantar la mano? ¡Pégame po hueón! ¡A ver si soi tan hombrecito!
– ¡Ándate a la conchetumadre!

Y con eso se acabó. Mi taita se retiró de la pieza, y mi mamá me observó con ganas de llorar. Me dejaron hecho mierda.

– Pucha mi niño ¿Te duele?
– ¡Ay! ¡No! ¡No me toquí! – le pedí.

Mi mamá trataba de acariciarme. Pero sus manos eran cuchillas en mi piel.

– Este hombre me tiene tan cansada hijo. No sabes lo que daría por que fuéramos nosotros dos no más… ¿Pero adónde no vamos? Estoy atada a él – me dijo entre la rabia y la pena.
– Mamita… no llore.
– Ya, tranquilito. Párese si puede, le voy a cambiar el pijama y las frazadas. Hay otro colchón guardado, lo voy a ir a buscar, no se mueva de aquí.

……………………………………………………………………………

– Carlos. ¿Me ves? ¿Me escuchái?

Dónde cresta estoy, veo a un tipo que me mira.

– Soy yo, capitán. El Sotelo.
– … ¿Sotelo?

Sí, es él. Al parecer estoy en el hospital.

– ¡Al fin despertó! Nos tenía a medio mundo preocupado. Pero menos mal que está bien – me dice.
– Sotelo. ¿Cuánto he dormido?
– Desde la madrugada de anoche.
– … Lo último que recuerdo es esa casa incendiándose.
– Sí. Habían unos abuelitos adentro y usted intentó rescatarlos, estamos orgullosos en el cuartel. La gente no para de hablar de su valentía, con decirle que la gente de esa población lo quiere conocer en persona para hacerle un reconocimiento… es todo un héroe.
– Pero no salvé a nadie po.
– Era imposible.
– …
– …
– … Vi el cuadro – le cuento.
– ¿Ah?
– Eso… ahí estaba de nuevo. Otra vez.
– …
– …
– ¿Qué piensas? – le pregunto.
– A veces pienso que todo esto se trata de actividades paranormales. Que no hay casualidad. Ya seis casas incendiadas… y siempre ese niño.

La enfermera se asoma, le dice a Sotelo que se retire… tal parece que vienen más visitas.

– Capitán, son los ratis.
– Que entren. Hazle caso a la enfermera no má’, y ándate pa tu casa. Tu señora debe estar esperándote.

Mientras el Sotelo sale, entran los PDI.

– ¿Cómo está capitán? Veo que se recupera rápido – me saluda uno de ellos.
– Mejor detective, mejor. Creo que me deberían dar el alta mañana, eso espero.
– Me alegro mucho.
– Pero me imagino que usted no viene a verme por mi salud, debe ser por otra cosa.
– No sea así. Me preocupó su situación… pero también es cierto que no solo vine por eso.
– Lo escucho ¿Qué es lo que quiere saber?
– La última noche del incendio lo vieron paseándose solo, un rato antes de que esa casa se quemara. Esto fue en la madrugada. ¿Me podría explicar que es lo que hacía ahí a esa hora?
– Chucha. Parece que ahora soy el sospechoso de los incendios. Un capitán de bomberos. Linda la hueá.
– No. Usted es el héroe aquí, pero nos asalta esa pequeña duda con mi compañero.
– ¿Sabe que andaba haciendo? Bueno, le respondo. Andaba haciendo su pega. Investigando.
– ¿Investigando?… mmm. Bueno, y en vista de que ahora tengo un colega de profesión, me podría ayudar con pistas.
– No tengo pistas – le contesté ya cansado de su visita.
– No se ponga así amigo. Nosotros queremos lo mismo que usted: encontrar al culpable.
– Necesito descansar. Gracias.
– No hay problema, entendemos su situación de agotamiento, pero recuerde en colaborar. No quiero ver otra casa quemándose con abuelitos o niños.

Ahora soy yo el sospechoso principal de los incendios. Espero que aparezcan pronto las respuestas sino todo apuntará hacia mí.

Ya ha pasado un día, hoy tengo el alta.

– Capitán.
– ¿Sotelo?
– Lo vengo a buscar. Nos vamos a mi casa unos días, mi señora nos está esperando.

……………………………………………………………………………

– Ya Carlos. Anda acostarte que mañana tení que levantarte temprano para el colegio.
– Ya mamá, ¿Pero puedo dormir contigo?
– Sí po, tu papá yo creo que no va a llegar. Cepíllate los dientes y te tirái en la cama.
– Chao mami, te quiero.
– Buenas noches mi amor.

Esa noche me dormí temprano como siempre, pero algo me despertó.

– Amigo. Amigo.
– ¿Qué pasa mamá? – le contesté medio durmiendo.
– Debes tener cuidado. Unos demonios tomarán tu casa.
– ¿Mamá?
– …

El susto fue inmenso, mi mamá estaba durmiendo. Esa voz de nuevo.

– Mamá… mamá – intenté despertarla
– …
– ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Se escucha bulla!

No despertó. Y la puerta de la pieza se abrió.

– Amigo… ven.

La voz de ese niño.

– Ven, quiero mostrarte algo – insistió.

Me levanté de la cama… sentí agua en el piso, como la vez pasada, me dí cuenta de que soñaba. Cuando lo supe, sentí que podía salir de allí y volver a mi cuerpo, pero la duda pudo más. Fui detrás de esa voz mientras me mojaba los pies, sentía el agua y escuchaba el sonido más fuerte a medida que avanzaba.

– Estoy acá. Detrás del sillón – me dijo.

Caminé sigiloso, pero a paso seguro. Se me apretaba el estómago. Quizás se aparecería algo repentinamente y se abalanzaría sobre mí. Pero tenía que saber qué era lo que había.

– Asómate. Estoy acá – repitió.

Cada paso lo hacía más lento… Llegué al otro lado del sillón, aunque me dio temor mirar… pero tenía que hacerlo.

– ¿El cuadro en el suelo? – me pregunté a mí mismo.
– ¡Abran! ¡Abran! ¡Mierda! – se escuchó de repente.
– ¡¿Carlos?! ¿Qué haces acá? – me preguntó mi madre sorprendida al encender la luz del living. Ya no había agua en el piso. Había avanzado como un sonámbulo. El cuadro se había caído. Y se escuchaba los golpes y los gritos de alguien desde afuera de la casa.
– ¡Ándate a la pieza y no salgas! – me exigió mi vieja.

Pero no le hice caso.

– ¡Claudia! ¡Abre rápido! –se escuchó desde afuera.
– ¿Quién es mamá? – pregunté.
– ¡Es tu papá!

Cuando abrió la puerta, mi viejo entró todo agitado. Como si corriera de alguien.

– ¡Váyanse pa dentro! – nos gritó.
– ¡¿Me querí explicar qué pasa?! – exigió mi vieja.
– ¡Éntrense les están diciendo!

Pero mi mama porfió.

– ¡Tu ropa Miguel! ¡Tienes sangre!
– Tranquila, si no pasa nada.
– ¡¿Cómo no pasa nada?! ¡Mírate! ¡¿En qué cresta estái?!
– ¡En nada mierda! ¡Váyanse a la pieza!
– ¡No me voy a entrar hasta que me expliquí esta hueá!
– ¡Llévate al Carlos a la pieza! ¡No tengo tiempo de explicarte! ¡Sólo hazlo!

Mi mamá se quedó en silencio un par de segundos y terminó haciendo caso.

– Vámonos para adentro hijo… no sé qué cresta pasa, pero hagámoslo.
– ¡Apuren la hueá po!

De pronto todo se fue al carajo.

– ¡Al suelo! – gritó mi padre.

Mi mamá me abrazo y nos recostamos como pudimos. Las balas quebraron los vidrios, el ruido de la balacera era intensa. Mi padre sacó una pistola de su bolsillo, pistola que jamás vi en mi vida junto a él.

– ¡¿Papá, que pasa?! – pregunté asustado.
– ¡Quédense en el suelo! – nos ordenó.

Mi taita se fue arrastrando hacia la ventana que daba hacia afuera, y respondía con más balas.

– ¡Comunistas conchetumadre! ¡Los voy a reventar! – vociferó mi padre como un enfermo mientras disparaba – ¡Te di mierda! – gritó.

Mi padre acertó a uno de los tipos que nos acechaba. Y tal parece que su acompañante escapó. Mi taita salió de la casa con pistola en mano detrás de él.

– ¿Mamá?
– …
– ¿Mamá?
– …
– ¡¡¡MAMAAÁ!!!

……………………………………………………………………………

– Un gusto señora Rosario. Gracias por recibirme y darse la molestia.
– No es ninguna molestia pues. Agradézcale a mi marido, hinchó que estaba solo – me contesta.
– ¡Rosario! Ubícate por favor – le pide Sotelo a su señora.

La familia de mi compañero es bien humilde. El Sotelo es buen chato, pese a su situación económica decidió él y su familia traerme a su casa. Espero no molestar por mucho tiempo.

No me acostumbro aún a compartir una mesa, llevo mucho tiempo sin compañía.

– Capitán, ¿Le puedo hacer una pregunta? – me dice mi compañero.
– Mira Sotelo, me podí hacer cualquier pregunta… pero te voy a pedir el favor de que no me digái más capitán en tu casa.
– Pero si es por respeto.
– Insisto, es tu casa… llámame por mi nombre.
– Bueno… Carlos.
– Ya po, ¿Y? ¿Qué me quieres preguntar?
– Emmm… Se me olvidó.
– …
– ¡Ah! ¡Me acordé! – exclama.
– ¿Qué?
– Los ratis. Eso. ¿Qué querían los ratis ayer cuando lo fueron a ver?
– Ah. Eso… bueno, querían saber si sabía quién había ocasionado el incendio.
– Ni un brillo ese hueón. A estas alturas él ya debería tener al menos un sospechoso.
– Sí po… deberían.
– Capaz que se le queme la casa al rati, y aun así no sepa quien fue.
– ¿Oye? ¿Y es verdad eso lo del cuadro o no? – pregunta la señora Rosario.

El Sotelo le contó a su esposa al parecer.

– Bueno… sí. La verdad es que sí – le respondo.
– ¿Y ustedes saben la historia de ese cuadro verdad? – me pregunta.
– Por supuesto, señora Rosario.
– Dicen que posee una carga negativa, que pasan puras cosas malas quien lo tiene.
– ¡Ya empezaste ya! – interrumpió Sotelo.
– ¡Pero si es verdad po! Pero yo no creo en esas leseras. Que quiere que le diga.

Ya son las 11 de la noche, la señora Rosario se fue acostar junto a su hija y nos dejó solos a mí y a su marido.

Quizás este sea el momento de soltarme con alguien, de decir las cosas que tengo guardadas y que no me dejan dormir.

– Sotelo… hay algo que quisiera contarte.
– Dígame.
– Esto nunca se lo he dicho nadie, pero en vista de que hemos tomado confianza y te considero mi amigo, quisiera de una vez por todas sacarme esta espina con alguien.
– Usted es mi amigo, no lo dude. Cuénteme lo que tenga adentro. Le hará bien.
– Gracias… bueno. Se trata del cuadro.
– ¿Ya?
– …
– ¡Tire pa afuera no más! – me dice.
– Ese cuadro también lo tuve en mi casa.
– … ¿Okey?
– Tienen razón de lo que se dice. Ese cuadro está maldito.
– Está bien…
– ¡Sotelo! ¡Escúchame!
– …
– Ese cuadro está maldito. Es verdad. Yo viví en carne propia sucesos extraños con él.
– ¿Y qué tipo de sucesos?
– Había un niño que llegaba a mi antigua casa, cuando vivía con mis papás. Me molestaba todo el tiempo. Y cada vez que se aparecía me reencontraba con ese cuadro y sucedían cosas malas.
– Chuta máquina. ¿Y cómo era ese niño? ¿Como el del cuadro?
– Sí… a veces pienso que era él.
– ¿Y le hizo algo?
– No. Es complicado pa mí este tema. De una u otra manera siempre he estado involucrado con “El niño que llora”… toda la vida. Y cada vez que lo veo, saca cosas extrañas en mí.

……………………………………………………………………………

A mi mamá la enterramos un sábado en la tarde. Fue doloroso, la perdí a los seis años. Ya no tendría aquella caricia nunca más. Y desde ese día todo cambió.

– Papá. No está mi cama en la pieza – le dije
– No po, no está… porque la regalé.
– ¿Ah?
– Eso po cabrito. La regalé, ahora te acostái en mi cama no más.
– ¿Voy a dormir contigo?
– No. Yo voy a pasar poco en la pieza, voy a estar trabajando.
– ¿Me vai a dejar solo?
– No Carlos, no te vai a quedar solo. Ahora voy a trabajar acá en la casa. Así que te pido no andar mucho transitando en el living, me tení que avisar antes si necesitái algo. No me gusta que me interrumpan.

Finalmente, mi casa se transformó en esa pieza matrimonial. Mi padre nunca llegaba acostarse, pero sabía que estaba por ahí, lo escuchaba murmurar con alguien. A veces pensaba que estaba tomando, que andaba de farra con sus amigos en el living, o que tal vez ya había encontrado a alguien en reemplazo de mi mamá… pero no era eso.

– ¿Papá?

Nadie contestó en casa. Salí en pijama de la pieza, quería un pan por lo menos, andaba con hambre. Él nunca se preocupó de darme comida.

– ¿Y ustedes quiénes son? – pregunté sorprendido.

Eran dos tipos en el living. No conocía a ninguno.

– Chuta amiguito. Su papá ya viene. Pero no se preocupe, nosotros estamos cuidando la casa. No le va a pasar nada, así que vaya acostarse.
– Tengo hambre.
– ¡Chucha! Ya hueón, dale un pedazo de pizza al hijo del Lastarria.
– …
– ¿Qué te quedái mirando? ¡Dale pizza ahuenao! ¡¿No veí que el niño tiene hambre?!

Uno de los tipos me dio un pedazo que me devoré en segundos.

– Chuta que tenía hambre amigo – me dijo uno de ellos.
– ¿Dónde fue mi papá?
– Su papá ya viene le dijimos, no se preocupe.

De pronto me fijé que el cuadro ya no estaba.

– ¿Y el niño que llora?
– Ese cuadrito su papá se lo llevó no sé adónde.

Supuse que quizás mi viejo pensó en el mal augurio que este traía y decidió deshacerse de él.

– ¿Y ustedes quiénes son? – les pregunté
– Somos compañeros de trabajo de su papá.
– ¿Son periodistas también?
– ¿Periodistas?
– Sí po.
– ¡¿Escuchaste hueón?! Que las caga ese Lastarria, jajajaja.
– …
– Sí… somos periodistas – me confirmó.

Me fui acostar esperando por si llegaba mi taita. Pero no llegó nunca a la pieza. Me cansé de esperar y me dormí.

– Amigo.

Escuché aquella voz… era ese niño que me llamaba.

– Tú de nuevo, ¡Déjame dormir!
– Tienes que venir a ver esto – me dice.
– ¡Déjame! No me gusta cómo eres, siempre me haces algo… estoy seguro de que si no hubieses aparecido ese día, mi mamá no estaría muerta.
– Ven, ven por favor – me insiste.
– ¡El cuadro ya no está en la casa! ¡Mi papá se lo llevó para siempre! ¡Así que tú no deberías estar aquí!
– Aún estoy acá, estoy en tu pieza. Hay alguien ahí, tienes que venir a ver.

¿Alguien en mi pieza? Eso me despertó las dudas. Me levanté, tenía que averiguarlo. Esta vez el agua en el piso era mucho más abundante, y la sentía más fría que otras veces.

A medida que me acercaba, no sólo escuchaba la voz de ese niño, sino también el quejido de una mujer. Había alguien más. Miré por un espacio de esa puerta que se encontraba semi abierta… y ahí fue cuando descubrí lo que hacía mi padre con esos tipos.

– ¡No por favor! ¡Piedad! – gritaba la joven.
– ¡¿Me pedí piedad?! ¡¿Después de que tu pololito anduviera tirando balas en mi casa, conchetumadre?!
– ¡Yo no tengo nada que ver! ¡Yo no sabía!
– ¡Habla mierda! ¡No tengo paciencia!
– ¡No sé nada! ¡Lo juro!
– ¡¿Dónde está ese hueón?! ¡Salió arrancando como una rata!
– ¡No sé caballero! ¡No sé!
– ¡Ya! ¡Me aburriste! ¡Tú te la buscaste!
– ¡No, por favor no!

Mi padre… mi padre. No puedo hablar… no puedo hablar. Todo sucedía y estaba ese cuadro colgado en la pieza. Cada vez que miro esos ojos de aquel niño me recuerda esa escena. Se me enfrían los pies y siento el agua correr por el piso.

……………………………………………………………………………

– Los ratis creen que fui yo, Sotelo.
– ¿Cómo van a creer eso? Usted es una buena persona ¿Qué se han imagina’o?
– Lo mejor por ahora es que yo no salga ni a las emergencias, al menos por ahora. Si se llega a incendiar otra casa y yo estoy acá, en tu casa, ya no sospecharán más de mí.
– Es lo mejor Carlos. Usted se puede quedar tranquilo aquí.

Me vine acostar y no paro de pensar en ese cuadro. ¿Por qué me asecha de nuevo? Después de tantos años. Pensé que había cerrado este ciclo en mi vida pero vuelve la misma mierda. Debo enfrentarlo, aunque sea en mis sueños. Deseo que aparezca y se moje el piso, quizás solo así pueda acabar con todo esto de una buena vez.

¡Cresta! Desperté, no sé qué hora serán ¿O estaré soñando? No, no hay agua. Estoy despierto. ¿Qué es esa bulla? Se escucha la sirena de bomberos.

– ¡Sotelo! ¡La sirena! ¡Hay una urgencia! – exclamé.
– ¡Sí! ¡Escuché!
– Bueno, iría pero…
– Sí, eso ya está conversado. Quédese acá no más y duerma que son las cuatro de la mañana.
– Está bien compañero, cuídese.

El Sotelo se equipó rápido y se ha marchado. Lamentable que tenga que ocurrir un incendio para que yo quede fuera de este lío. Me acostaré. Espero que todo se aclare por el bien de las víctimas.

– Amigo. Amigo.
– ¿Ah? ¿Sotelo?

Parece que me está llamando. Mierda, agua en el piso. Me dormí.

– Estoy acá…

Es ese niño. Es mi oportunidad.

– ¡Apareciste! ¡Necesito enfrentarte! ¡Quiero que salgas de una vez de mi vida! ¡Da la cara!
– … sal de la pieza – me pide.

Aquí voy, esta vez iré más rápido, me siento más seguro, no tengo el miedo que sentía cuando chico. Esta vez debo acabar con esta pesadilla que me está asechando.

– ¡No! ¡Por favor no! – grita aquella mujer.
– ¡¿Te gusta?! ¡¿Te gusta, mi amor?!

Escucho a mi papá y a esa muchacha.

– Hijito, te extraño. ¿Te quieres venir conmigo?
– ¡¿Mamá?! ¡Mamá también te extraño!… ¡Te veo!

Voy corriendo abrazarla. Estoy a punto de tocarla.

– ¡Carlos al suelo!

Se escuchan las balas entrando por la casa.

– ¡¡¡MAMAAÁ!!!

Está tirada con sus ojos abiertos, con la cara perdida, con su sangre desparramada por todo el living.

– ¡Viste lo que hiciste mierda! – me grita mi taita.

Mi papá viene con la plancha. Me golpeará.

– ¡Papito! ¡Por favor no!
– ¡Pa que te hagái hombre, conchetumadre!

Me tapo los ojos, pero no debo temer… no debo temer.

– Amigo, me debes seguir. No temas. – me dice aquel niño.
– Bien, voy tras de ti, tengo que convencerme de que esto acabará ahora.

Voy llegando a una pieza… es la señora de Sotelo, está acostada con su hija de seis años.

¡Qué mierda! ¡No! ¡No puede ser! ¡Por la chucha no! ¡El cuadro! ¡¡Tienen un cuadro!! ¡No! ¡No! ¡No!

– Tómame la mano – me dice ese niño.
– ¡No quiero! ¡Tú no eres mi amigo! ¡Tú no existes! ¡Eres solo la proyección de ese dibujo!
– ¿Quieres acabar con esta pesadilla?
– ¡Tengo miedo!
– ¡Quémalos!

No. Estoy enfermo. Estoy enfermo. He escuchado decir de psicólogos y psiquiatras que el primer paso para la sanación es reconocer que uno está enfermo. Y yo lo estoy reconociendo.

– ¡No lo haré!
– ¡Tú estás bien, no estás loco! ¡Acaba con tu sufrimiento! ¡Quémalos! – me exige.
– ¡No! ¡Es la esposa de mi amigo y su hija! ¡Son buenas personas!
– Ya lo hiciste una vez. ¿Lo recuerdas? Podrás hacerlo de nuevo.

No debo escuchar a este niño, no debo escucharlo.

– ¡Quémalos!
– ¡No escucho! ¡Soy de palo! ¡Soy de palo! ¡Soy de palo! ¡Tengo orejas de pescado!
– ¡Amigo! ¡Mira! Observa bien. No es la familia de tu amigo.

¿Qué es lo que ocurre? No puede ser. No son ellas, es mi papá… ¡No! ¡Es mi mente! ¡Son ellas! ¡Son ellas!

– Cabro chico. Mira lo que le hago, después viene tu turno– me dice uno de los compañeros de mi padre.
– ¡Auxilio! ¡Ayúdame! ¡Por favor, te lo suplico! – me grita esa mujer.
– ¡Déjenla! – les exijo.
– ¡Quémalo! – me grita ese niño.
– ¡Me toca a mí ahora! – dice el otro sujeto.
– ¡No, por favor piedad! – vuelve a suplicar la joven.

… Sí. Son ellos.

Se ha llenado de agua la casa, me alcanza hasta el pecho, corre como un río, el color de la casa ha cambiado. El niño del cuadro llora sangre. Debo hacerlo, debo ayudarla.

– ¡Hazlo amigo! ¡Sálvala! – exclama el niño.

Bien, voy hacia la cocina. Doy el gas. Espero que se esparza por la casa… cresta, no siento olor ¡No hay olor a gas! Lo tienen desconectado, que imbécil, como no me di cuenta. Lo conectaré.

– ¿Quién anda ahí?

Escuché una voz…. Esa voz.

– No te dejes engañar amiguito. Recuerda que esa mujer te necesita – me recuerda.

Bien. ¿En qué estaba? Sí. El gas. Lo conectaré. Bien, ha quedado conectado. Ahora giraré las manillas. Todas las manillas, incluso las del horno. Ahora solo debo esperar.

– Carlos. ¿Es usted el que anda ahí? – se escucha la voz de una mujer.
– No la escuches – me pide el niño.
– ¡Es Rosario… es Rosario! – le contesto.
– No. No es. Convéncete.
– ¿Con quién está hablando? – me pregunta Rosario.

Es ella, debo olvidar esto.

– ¡Dale por atrás, culiao! – escucho la voz de mi padre desde la pieza.
– ¡Basta, por favor!

No puedo con esto, no sé qué hacer.

– ¡Tú sabes! ¡Quémalos! – me insiste el muchacho.

Bien. Debo esperar mucho con el gas. Lo haré más efectivo. Debe haber algo por acá. Aquí hay útiles de aseo. Lava loza, cloro, lustra muebles. No sirve nada de esto… ¡Aceite vegetal! Con esto quizás no pueda incendiar la casa. Pero sí a ellos.

– Carlos. ¿Qué hace levantado a esta hora? ¿Y que hace con esa botella de aceite?
– Te voy a matar.
– Carlos ¿Qué le pasa? ¡Me está tirando aceite!
– Dejarán en paz a esa mujer. Para siempre.
– ¡¿Usted se volvió loco?!

Acá están los fósforos. Estoy abriendo una caja.

– ¡Don Carlos, que hace con esa caja Dios mío!…. ¡Auxilio!

Estos tipos se están escapando de mí. Debo alcanzarlos, los debo quemar.

– ¡Hija, hay que salir de aquí!
– ¡No se van a escapar! ¡Deben pagar!

Van hacia afuera. Se están escapando al patio, sólo sigo las marcas del aceite… allí están: Los dos compañeros de mi padre.

– ¡¡No nos haga nada!! ¡¡Por favor, tengo a mi niñito de seis años!!

Soy más fuerte que estos tipos, he crecido, no soy el mismo de antes.

– ¡¡Hija corre!!

Uno de ellos se escapa. Luego iré tras él. Al menos tengo a uno de los tipos en frente.
– ¡No! ¡No! ¡Dios mío santo!

Le tiro un poco más de aceite. Bien. Con esto es suficiente.

– ¡¡No!!
– ¡Esto es por lo que le hicieron a esa mujer! – exclamo.

Tomo la caja de fósforos y enciendo uno de estos.

– ¡Chao conchetumadre! – le grito.
– ¡¡NOOOO!!

Veo como se prende.

– ¡¡AHHHHH!!

Corre por todo el patio gritando, mientras el fuego consume su carne. Muérete conchetumadre. ¡Muérete!

– ¡¡AHHH, AUXILIOOOO!!

Nadie vendrá por él. Esto es por lo que le hicieron a esa mujer.

– ¡¡AAHHH, DIOS!!

A caído al suelo, aún se mueve y sigue gritando…. Se quedó quieto, al parecer ya acabé con él, aún sigue quemándose. Mientras termina de incendiarse, iré detrás del otro tipo.

– ¡Es mejor que te muestres! ¡Tengo que acabar de una vez con esto! – exclamo.

Entró a la casa. Camino hacia adentro. Debe estar en la pieza de torturas.

– ¡Acá estás!

Mierda. Es solo un gato.

Tengo que encontrarlo. Tengo que encontrarlo.

– ¡Ya me deshice de ti una vez! ¡Lo volveré hacer! ¡Dime dónde estás cobarde culiao!
Escuché un ruido detrás de ese mueble.
– Sé que estás ahí. No tengas miedo de mí. Sólo soy un pobre tipo. A veces me pongo un tanto efusivo. El Lastarria, que es como ustedes lo llaman, tiene razón, debería darme unos buenos correazos, así aprendería mucho mejor. ¿Estás detrás del mueble verdad? Sal, no hagamos esto más difícil.
– ¡Caballero no me haga nada!

Aceite de cocina sobre ti, te baño con lo que queda, hasta la última gota… eso es.

– ¡Tengo miedo! ¡Quiero a mi mamá!
– ¡Nunca pensé ver a uno de ustedes suplicando por su vida!

Tomo uno de los fósforos que queda en la caja… esto es tú final.

– ¡¡Nooooo!!
– ¿Capitán?

Esa voz. La conozco…

– ¿Sotelo?
– ¡¿Qué está haciendo?! – me pregunta.
– ¡¡Papá!!

Que hace la hija de Sotelo aquí… no.

– ¿Qué cresta pasa? – me pregunta.
– ¡Sotelo! ¡Tienes el cuadro en tu pieza! – le digo.
– ¡Hija! ¡¿Dónde está su mamá?!
– ¡Está afuera papito! ¡Está afuera!

Va hacia el patio…

– ¡Nooooooooo! ¡Conchesumadre, qué es esto Dios mío! – lo escucho gritar.

Tengo que ir a ver qué pasa. Voy hacia el patio.

– ¿Estás bien amigo? – le pregunto.

Hay un cuerpo calcinado en el suelo…

– ¡¡Mamita!! – grita la niña.
– Sotelo. No entiendo esto – le digo.

Se abalanza sobre mí.

– ¡¡Te voy a matar conchetumare!! – me grita.

¡Me está golpeando!

– ¡Siempre te has comportado como un enfermo! ¡Te mereces que te saque la cresta! ¡Tu mamá nunca te enseñó bien! – me dice mientras me pega.

¿Por qué veo a mi taita? Estoy seguro que es Sotelo quien me patea en el piso.

– ¡Tú no eres mi papá! – exclamo.
– ¡Asesino de mierda! ¡Que le hiciste a mi mujer!
– ¡Papá perdóname! ¡No me pegues con el cordón de la plancha por favor!
– ¡Enfermo! ¡Te mato!

No debo temerle a mi padre. Debo acabar con él. Es un violador, torturador… un maldito hijo de perra.

– ¡No te debo temer! ¡No soy el mismo niño de antes! – le grito.
– ¡Te vai a ir preso! ¡Fuiste tú quien ocasiona los incendios! ¡Asesino conchetumare!

Morderé su cara.

– ¡Ahhh! – grita de dolor.
– ¡Te tengo! ¡Ahora pagarás! – Le contesto a mi padre.

Soy yo ahora quien lo tiene en el piso. Mi padre siente miedo. Debo acabar con él antes de que se levante. Hay un ladrillo partido en este patio. Con esto lo dejaré al menos inconsciente.

– ¡Toma conchetumadre! – exclamo.

Justo en la cabeza. Con esto, el famoso “Lastarria” no despertará. ¡Mierda! ¡Uno de sus compañeros está encima de mí!

– ¡Deja a mi papito!

Este tipo no tiene fuerza, es fácil derribarlo.

– ¡Toma mierda! – le contesto mientras lo boto al suelo.

Ocuparé el mismo ladrillo.

– ¡¡¡NOOOOO!!!

… Le reventé la cabeza.

Ahora hay dos menos.

Me llevaré los cuerpos de los compañeros de mi papá hacia adentro. Perfecto. Ahora me llevo a mi papá que aun respira, solo está aturdido. Muy bien. Los arrastré a todos

– ¡Amigo!

Es el niño que me llama.

– ¿Qué quieres? – le pregunto.
– ¡Quema la casa! ¡No dejes rastros de nada!
– Bien. Eso haré.

Hay suficiente olor a gas para hacer desaparecer todo. Pero como lo había olvidado… ¿Y aquella mujer? La debo sacar de esa habitación.

– ¡Libérame! ¡Hazlo rápido… antes que nos encuentren! – exclama la joven.

Está desnuda, golpeada. Iré a buscar una cuchilla a la cocina.

– ¡Espérame acá! ¡Vengo altiro! – le digo.

Bien, tengo la cuchilla, ahora estoy en la habitación de mis padres y saco algunas prendas de mi madre y se las entrego para que se vista.

– Muchas gracias, niño… gracias.
– Debes salir por el patio
– ¿Y tú? – me pregunta.
– ¡Yo quemaré la casa! ¡Sólo ándate!

Se va como le ordené. Es la hora de incendiar todo.

– Carlos…

Mi padre, despertó.

– ¡Te ves bien en el suelo con tus compañeros, viejo re culiao! – le grito.
– … Mi familia, que le hiciste a mi familia; mi niñita… qué le hiciste a mi niñita…
– ¿Te acordái de cuando me obligaste a tocar a esa mujer? ¿Te parecía poco hombre? Mira ahora, estái todo cagao. El único poco hombre ahora eres tú.
– Mátame.
– ¿Qué cosa?
– ¡Mátame de una vez… por favor!
– ¿Tú crees que a mí no me duele hacerte esto? ¿Ah?
– No sé de qué hablái, Carlos.
– Se acabó. Este es tu fin. Por el bien de todas esas personas que torturaste.
– ¡Mátame!
– Morirás quemado… así será.

El olor a gas es cada vez más insoportable.

– Amigo. Recuerda llevarme contigo. No me quiero quedar solo. Eso me da pena – me pide el niño.
– Quédate tranquilo, siempre estaremos juntos. No estarás nunca solo.
– Cuando se acabe el incendio debes venir a buscar el cuadro, no lo olvides.

Okey, salgo de la casa y dejo unos cartones encendidos cerca de ella. Es hora de marcharme. Espero que esa mujer haya escapado lejos. Al fin se hizo justicia.

Ya nunca mas seré ese niño que llora.