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El Haitiano

¿En cuanto santos crees?

El Haitiano.

En mi pega necesitábamos ayudantes de maestros, la paga era de trecientas lucas. Lo publiqué en internet como cuatro días y nadie llamaba.
Un compañero de la oficina me dio la siguiente idea:

– Coloca que necesitas haitianos varones, con papeles al día y que tengan disponibilidad inmediata para trabajar.
– ¿Y creí que eso resulte?
– Te apuesto. Mañana a las ocho en punto vas a tener una fila de esos. Van a llegar una cachada.
– ¿Y son buenos pa la pega?
– Sí. Yo contraté a varios una vez y resultaron bien.

Entonces coloqué en internet lo mismo que me dijo el colega:

“Se necesita haitianos varones, con disponibilidad inmediata para mañana martes a las 8 am, con papeles al día en mano. Dirección: 2 poniente, Quinta Normal”

Terminé mi jornada laboral y salí de la oficina. Afuera del lugar había un tipo, esperando.

– ¿Usted sabe si esta es dirección?

De inmediato caché que se trataba de alguien que había visto mi publicación. Era un tipo de raza negra… un haitiano, como no suponerlo.

– ¿Usted viene por el aviso de trabajo?
– Sí señor.

El tipo hablaba un español “corto”, a veces se comía palabras en una frase, pero se le entendía:

– Sí. Yo soy quien publicó la pega – afirmé.
– …
– Que yo soy quien necesita trabajadores – le repetí.
– …

Le quité su cuaderno y me apunté a mí mismo.

– ¿Cachaste ahora? – le pregunté.
– ¡Oh! ¡Sí! ¡Usted! ¡Usted… trabajo!
– Sí, yo soy, pero es mañana.

Se golpeó con el cuaderno en la cabeza y se lamentó.

– Pero filo. Mañana vienes temprano. ¿Eres de acá cerca? –pregunté.
– ….
– ¡¿Qué de dónde vienes?! – le volví a repetir.
– Quilicura.
– ¡¿En bicicleta te viniste de Quilicura?! – exclamé.

Me dio un sí moviendo su cabeza.

El cabro tenía cara de tontorrón bueno, encontré que tenía tantas ganas de trabajar que le prometí el cupo.

– Mira, mañana anda a las ocho a la oficina, y te dejo en la pega – le dije.

Sonrió como si se hubiese ganado el Kino, de hecho se bajó de la bicicleta y me abrazó.

– Ya. Ya… no le pongai tampoco. Mañana llega temprano no más.
– Muchas gracias señor.

Llegaba todas las noches chato a la casa, la pega me comía todo el día. Apenas me hablaba con mi señora, pero siempre me hacía el tiempito de contarle un cuento a mi hija pequeña y terminar todo con un besito en la frente. Luego, solo le pedía a Dios que se sanara, que despertase de ese estado vegetativo que la tenía postrada en cama durante dos años.

Al otro día ahí estaba el haitiano. Veinte para las ocho de la mañana, en su bicicleta, afuera de la pega junto con otros más.
Lo hice pasar a la oficina y le pedí todos sus documentos y vaya mi sorpresa cuando vi su curriculum, su nombre era Michel.

– ¡¿Eres periodista?! – exclamé

Me dio lata que un gallo con estudios estuviese buscando este tipo de trabajo, además era consciente que el sueldo que estaba ofreciendo era bajo .Me pasó varios papeles más, pero nada de eso me servía.

– ¿Y tienes rut chileno? – le pregunté

Pero el tipo me contestaba otras cosas que no venían al caso.

– Yo soy muy fuerte. Puedo hacer trabajos duros… – decía.
– Oye, te estoy preguntando por tus papeles para trabajar en Chile – le interrumpí.
– … A mí me gusta trabajar, lo que usted diga yo haré… – insistió.

Mi compañero de oficina me lanzó unas palabras desde el otro puesto.

– Este se está haciendo el loco, seguramente no tiene los papeles. Está cagado, no puedes contratarlo.

El negro me hablaba y me hablaba, él ya se sentía con el puesto, pero tuve que frenarlo.

– ¡Oye! – le dije.
– Si usted necesita yo vendré…
– ¡Oye! ¡Escúchame! – alzando la voz.

Este al fin se quedó en silencio

– No te puedo dar la pega – sentencié.
– ….
– Lo siento, no puedo darte el trabajo.
– ¿Por qué?
– Por los papeles po mijo.
– …
– ¿Hace cuánto llegaste a Chile?
– Hace tiempo. Haití no trabajo, todo malo, me fui.

Este tipo de situaciones por lo general me daban igual, a cuanto viejo dejé sin pega cuando había que hacerlo y no sentía ningún remordimiento, pero este me daba pena… tenía ojos de cabro sano, bueno… lo veía con tanta gana.

– Puta, no sé cómo ayudarte – le dije.
– Dile que se vaya, hay más negros afuera esperando el puesto – me aconsejó mi compañero.
– ¿Y si lo hago trabajar asi no más?
– No ¡Estai loco! ¿Te acordai lo que pasó hace tiempo con la demanda por los peruanos?
– Sí, me acuerdo.
– Ya po. Entonces…

Miré al haitiano y le tuve que dar con el mayor de los pesares mi respuesta final.

– Lo siento compadre, dejémoslo hasta aquí. Déjame igual tu currículum, de pronto si arreglas tu situación podría ayudarte.

Me recibió de vueltas sus papeles y los guardó en su mochila.

– Gracias señor- dándome su mano de manera muy respetuosa.

Miré en sus ojos una pena profunda. Era una fila grande de haitianos… Contraté tres ese día.

En la noche, nuevamente pensaba en que mi chicoca se sanaría.

– Señor, yo sé que ahora que estoy cagao me dirijo a ti, nunca he sido bueno pa ir a la iglesia ni esas cosas, estoy tratando de ser un buen hombre, por favor ayúdame.

Pero mientras oraba, pensaba que quizás me estaba contradiciendo, no estaba siendo un buen hombre, ese mismo día había ido un tipo a buscar pega pudiendo haberlo ayudado, y no lo hice…
Me desperté temprano y el haitiano me daba vueltas en la cabeza, me pesaba que se fuera en bicicleta desde Quilicura hasta Quinta Normal, que tuviese tantas ganas de trabajar con esa extraña alegría que transmitía.

– Aló. ¿Michel?
– Sí. Con quien hablo.
– Hablas con el caballero del trabajo de ayer.
– ¡Oh! ¡Sí! ¡Diga!
– Te espero en la oficina. Quiero darte una oportunidad.
– Señor. Gracias señor. Yo trabajar mucho…
– ¡Ya hombre! ¡Si sé todo eso!… Te espero.

Después de ese llamado sentí un alivio tremendo. Como si siempre hubiese sido mi responsabilidad.
Mi compañero de oficina cuestionó mi decisión ya que estaba arriesgando a la empresa, después de todo trabajaría sin contrato alguno. Me haría responsable de todo.

– Michel, si ves a alguien en obra que no conoces, me debes avisar.
– Si señor.
– Si te digo que te fondees, te fondeas
– ¿Fondeas?
– ¡Esconderte hueón!
– ¡Ah! ¡Entiendo!

Como maestro aprendió rápido, trabajaba como chino, nunca descansaba, tenía más pulmones que el Tito Puebla. Creo que una sola vez nos fiscalizaron, pero ya en esos meses ya sabía lo que era fondearse.
Si te quieres chilenizar al mil por ciento creo que la construcción entonces es la mejor escuela. Ahí aprendió una cantidad infinita de garabatos. Descubrimos que tenía la pura cara de leso no más, era aguja el negro (como le decíamos con cariño), bueno pa la talla. Pero lo mas increíble fue que supo hablar español de manera correcta, en tiempo record.
La pega avanzaba harto, así que decidí subirles un poco el sueldo. De hecho ese mismo día se me acercó para agradecerme y decirme algo que me dejó volando.

– Usted es un buen hombre. Le debo mucho a usted.
– No. No me debo nada, tu haces bien la pega no mas, te mereces la paga.
– Si, pero usted me recibió en su empresa, varios me rechazaron, pero aquí estoy.
– Eres un buen elemento negro. Además que caíste en gracia a todos….
– … Jefe, lo veo muy triste – interrumpió
– ¿Triste? ¿Por qué me dices eso? – pregunté.
– Lo sé, se le ve en sus ojos, usted se ve feliz, pero tiene un vacío en su alma.

Nunca hablo mis cosas personales con la gente, menos con los obreros, pero este me fue sacando las cosas sin darme cuenta.

– Estoy bien Michel, no se preocupe.
– En su familia ¿Verdad?
– …
– Sí, es la familia… su hijita
– … ¿Cómo sabí?
– Usted está pidiendo que se sane, y siente que no lo escucha el de arriba… está desesperado.
– …
– Tiene miedo, cree que se va a morir.

Me dejó helado, mis ojos se empezaron a humedecer cada vez.

– …..
– Yo lo puedo ayudar – me dijo.
– ¿… Y cómo?

Fue en busca de su bolso, de esta sacó un amuleto y me lo entregó en mi mano.

– Esto lo traje de Haití. Yo siempre le rezó al Padre Pío, de hecho gracias a él lo encontré a usted. Créame. Solo hágame caso – me pidió.

En la noche empecé rezarle al Padre Pío con amuleto en mano.

“Porfavor, que mi hija se sane. Yo sé que se va a sanar porque usted es un santo”

Al otro día, después de la pega el Michel nuevamente se me acercó.

– Anoche le recé mucho a la Sol Teresa por su hija – me contó
– Gracias mi negro… ¿Oye? ¿Y le rezas a santos chilenos también?
– Si, ellos me ayudan siempre. Gracias a ellos respiro, vivo, me hacen ser una mejor persona, a ser feliz.
– Eres muy creyentes en Dios Michel.
– ….. Sí, pero son los Santos quienes me cumplen. Dios está muy ocupado en otras cosas… que se va a andar preocupando de mí.
– Claro, eso tiene sentido.
– Le cuento algo
– Dime.
– Anoche soñé con su hija… entré a su pieza, sentí que estaba por despertar.
– Que todos esos santos te escuchen.

Así fue como yo también le rezaba todos los días al Padre Pío, a La Sol Teresa e incluso al padre Hurtado, siempre junto al amuleto que me había regalado aquel trabajador.
Un día, increíblemente, recibí una de las mejores noticias de mi vida, no podía creerlo.

– ¡La niña despertó!

Me fui a casa, y ahí estaba mi pequeña, con los ojos abiertos, todos me hablaban de un milagro.

– ¿Papá? – fue lo primero que me dijo al verme.
– ¡Hija! ¡No puedo creerlo!
– El Padre Hurtado y otras personas más estaban aquí, me tocaron la frente. Estaba con ellos un tipo, de raza negra, se veía feliz.

Pensé de inmediato en el Michel, sentí que era un ángel que me habían puesto en el camino… ¡él despertó a mi hija!
Lo llamé de inmediato para agradecerle… pero no contestó.

Me fui a la obra para abrazarlo al par de semanas, tenía que verlo.

– ¿Y el haitiano?
– No ha venido.
– ¿No saben dónde está?
– No tenemos idea… igual raro, porque dejó su bicicleta acá y no se la llevó.

Lo llamé por teléfono nuevamente y no contestaba, lo mismo hicieron los viejos de la pega.
En una de esas se había enfermado, conocía poco de la vida personal del negro, no tenía idea si tenía familia que lo cuidase. Interrogué a los demás pero sabían lo mismo que yo.
Me fui a la oficina y busqué su curriculum, de ahí saqué su dirección. Me fui a su casa saliendo de la pega. Era un barrio lleno de haitianos, llamé varias veces y salió una señora.

– Hola, busco a Michel.
– ¿Y quién es usted?
– Soy su jefe

La señora me miró un tanto molesta, se veía en su rostro que no le agradé.
Ella se entró a su casa y caché que llamó a alguien en su idioma, pensé que saldría el Michel pero era otro tipo, se parecía bastante, mucho mal alto eso sí.

– Mi madre dice que usted hace mala broma – me dijo el tipo.
– ¿Ah? Creo que hay una confusión. Mira, te cuento, busco a Michel, la dirección es de acá. De hecho dejó su bicicleta y la vengo a dejar.

El tipo se quedó en mudo, se miraron con su madre y tal parece que no entendían nada.

– ¿De dónde sacó eso? – me preguntó.
– Le estoy diciendo que es de él, se la vengo a dejar, con esto él se va a trabajar… bueno ¿Está o no está?
– No. No está…
– ¿Y sabe porque no ha ido al trabajo?
– Señor. Mi hermano falleció.

Me dio un nudo en el estómago en ese instante.

– ¿Cómo que falleció? ¿Qué le pasó?
– Usted tiene una broma de mal gusto. Mi hermano murió hace años.
– ¿Cómo hace años? Si yo le estoy diciendo que hace un par de semana estaba trabajando conmigo.
– Entonces está confundido, él no vive aquí, debe ser otro.

Nunca le saqué fotos al Michel, pero estaba seguro que era su hermano, se parecían bastante.

– ¿Y la bicicleta? ¿No la reconoce?
– … No.
– Yo si – interrumpió la señora.
– ¡¿Es de él?!

Sentía que había pasado algo demasiado mágico, estaba nublado, no podía ser, había hablado todo este tiempo con un muerto… y me ayudó.

– El murió en Haití, trabajaba fotografiando, en esa misma bicicleta… pese a que le advertí que era muy peligroso en lo que estaba.
– Mamá no siga – le dijo su hijo
– ¿Qué le ocurrió? – pregunté
– Me lo entregaron muerto en la puerta de la casa, estaba investigando algo de la iglesia de la capital en ese tiempo… nunca supe que era. Ahí fue cuando decidimos venirnos a Chile.
– Señora, su hijo vino del más allá y me ayudó, él es un santo – le dije con lágrimas en los ojos.

Pero toda esa emoción que sentí, con todo ese toque mágico, aquella madre se encargó de despedazarlo

– Lo que estuvo con usted no es mi hijo.
– Como que no. Me va a decir que me lo imaginé… créame, su hijo es un santo.
– ¡No! ¡Eso es un demonio! ¡Lo que estuvo con usted es un demonio! ¡Los muertos, muertos están! ¡Él enterrado en Haití! ¡Tenga cuidado, el diablo quiere jugar!
– Ya señora, creo que mejor me marcho.
– ¡¿Qué le dijo?! – me preguntó extasiada.
– ¿Ah?
– ¡Que que le dijo!
– Pucha, varias cosas.
– ¿Le regaló algo?
– Sí. Me regaló un amuleto. Y sepa que mejoró mi pequeña gracias a eso.
– Señor, escúcheme, debe arrepentirse de lo que hizo… ahora.
– No entiendo de que me habla.
– Los demonios también hacen milagros, sépalo.
– Parece que usted no sabe diferenciar entre ángeles y demonios… Estos últimos no hacen milagros, no sanan, ellos hacen daño.
– El Señor es orgulloso. Acabe con eso.
– Eso hago, le he rezado a todos los santos. Tanto así que ellos despertaron a mi niña.
– Los santos no existen, ellos ser personas, carne. Como usted como yo, los demonios se disfrazan de lo que sea, en un ser querido, en un amigo, en un rubio, en un negro… Eso da igual.
– ¿Y para que los “demonios” harían milagros?
– El Diablo imita,… y todo tiene un fin, acérquese a Dios, rápido.
– Señora… gracias por el consejo, pero creo que me iré.

Estaban locos en esa casa, no entendían la clase de santo que habían tenido en su vida. El Michel era un ángel en mi camino, me dio todas las coordenadas para que mi hija reviviera de esa mierda.

No le conté a nadie lo que había sucedido, haría el loco.

Fui a Los Andes con mi hija. Me arrodillé y prometí que no comería en cinco días. Cumplí.
Le prometí al Padre Hurtado que donaría mi primer sueldo a los pobres. Cumplí.
Fui a Italia y juré que caminaría por las calles de Roma descalzo durante una semana. Cumplí.

Solo faltaba cumplirle a mi propio santo. A mi amigo Michel. El haitiano.

– ¿Papá? ¿Qué haces?
– Vamos a pedirle a nuestro amigo haitiano, que nos proteja siempre – le contesté con el amuleto en la mano.
– ¿Puedo dirigir yo la oración?
– Obvio po hija. Empiece.

– Michel. Te pido que me protejas, eres mi ángel, cuida a mi papá, que nada le falte. Llévame siempre en el camino que creas que es el mejor, nunca nos abandones… Amen.
– Amén
– Fue cortito…
– Pero está bien, eso es suficiente. Descanse, te amo, buenas noches.
– Te amo papá, buenas noches.

Me acosté, sentía mucha paz.

– Que será de ti Michel.

– ¡PAAPAAAÁ!

– Mierda!

Escuché aquel gritó desde la habitación de mi hija… pensé que era un ladrón.
– ¿Qué pasa hija? Me asustaste, pensé que había alguien.
– ¡Hay un hombre en la pieza!
– Hija, yo no veo nada
– Si papá, es horrible.
– Hija no veo nada
– Papá, es un monstruo.
– ….
– ¡¡Papá, se me está acercando!!!
– Por la cresta hija, me estás asustando, no veo nada
– Está acá, me está mirando

Tenía que creerle, había vivido cosas que no tienen explicación, esta era una de aquellas. Así que saqué el amuleto y empecé a gritar en la pieza

– Sale de acá, esta casa está protegida por todos los santos.
– ¡Papá, entró!
– ¡Michel! ¡Michel ayúdame! – gritaba al cielo.
– ¡Papá, esa cosa está en bicicleta!

No podía ser.

– …..
– Papá, se está riendo, me está tomando de las piernas.
– ¡Conchetumadre! ¡Sale de aca!
– ¡Papá ayúdameee!!
– Michel ¡¿eres tú?!
– ¡Se está riendo… tengo miedo!
– ¡Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga nosotros tu reino…
– ¡Papá!
– Hágase su voluntad como en la tierra como en el cielo
– ¡Me está llevando!
– Danos hoy nuestro pan de cada día,
– ¡Nooo!
– Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden.
– …….
– Y líbranos de todo mal…. Amen

Abrí los ojos. La habitación quedó en silencio, mi hija se quedó mirando la entrada, congelada, no se le escuchaba un suspiro, tampoco pestañaba.

– ¿Amor? Que pasa?
– …
– Amor.. no por favor, otra vez no.
– …
– ¡Hija… No! ¡Porque me haces esto! ¡Renuncié a todo, hice todo! No te lleves a mi hija! ¡Michel, devuélveme a mi hija conchetumadre!

Se me pasó por la mente lo que me había dicho aquella mujer…

– Dios Ayúdame… sé que dejé de creer en ti, abandoné las plegarias, te reemplacé, ese fue mi pecado, te reemplacé… pero lo hice porque nunca me escuchaste, acudí a esos santos y me devolvieron a mi hija… ¿Por qué tu no?! ¡Porque no fuiste tú! ¡Te oré cada noche y nunca me escuchaste! ¡Por eso lo hice! ¡Ayúdame señor! ¡Ayúdame… por favor! ¡No me castigues! ¡No seas orgullosos! – exclamé mientras lloraba.

Han pasado cinco años. Y mi hija aún sigue en coma, esta vez no se ha despertado,… que el de arriba me la devuelva, colocaré la misma fe en él que alguna vez puse en ese demonio en bicicleta. Que Dios me perdone.