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Reset

– En Bellavista la vi agarrándose a coscachos con una punky, la gente no hacía más que reírse y disfrutar de aquella pelea. Yo venía de la universidad y me crucé con aquella trifulca, la rubia pegaba fuerte, la “anarquista” no hacía más que defenderse y decir “ya loca, para”, pero la “loca” no se detenía. Me crucé de brazos para entretenerme de esa tarde tan aburrida. No alcanzaba a verle la cara a la rubia porque siempre me daba la espalda, yo empecé a girar alrededor de ella para verle su rostro, pero no podía, era demasiada la cantidad de personas que estaban ahí y no hacían más que taparme. Finalmente, la punky quedó en el suelo, moviendo los brazos para avisar de su derrota y pedir la tregua. La ganadora de esa pelea se sacó el pelo del rostro, y al fin la vi.
– ¿Y cómo era?
– Linda e imperfecta. Para mi estaba bien, siempre estuvo bien… te podría decir de sus ojos claros, del pedazo de físico que tenía, pero de eso hay muchas, el complemento mayor era su personalidad que conocí desde el primer minuto que la vi en Bellavista, agarrándose a combos.
– ¿Te gustaba que fuese agresiva?
– No, no era agresiva, era dulce… pero había que descubrirlo, sacárselo, ganárselo.
– ¿Y qué hiciste para ganártela?
– Joderla todo el día, por cansancio… y luego dejarla…
– ¿Y qué crees que hiciste mal para perderla?

Reset.

– ¿Oye qué onda tú? Me vienes siguiendo desde Bellavista ¿me podí dejar de perseguir? – me pidió.
– Vale… disculpa – le dije mientras me detenía.
– Gracias.
– … Gracias a ti por regalarme tu celular, el mío ya no funcionaba, me será útil.

– Dio la media vuelta hacia mí y su rostro cambio. Yo sin embargo, también di la media vuelta y caminé en sentido contrario.

– ¡Oye! ¡Oye flaco! – me gritó – ¡Oye po! ¡¿Me podí devolver el celular?! – seguí caminando y ella no tuvo más opción que correr detrás de mí – ¡Flaco no seas balsa y pásame el teléfono! – me exigió tomándome del hombro.
– Chuta, no te había escuchado – le dije haciéndome el tonto – Si po, obvio, toma, acá está.
– Gracias por tu amabilidad – me respondió en tono irónico.
– ¿Y cómo te llamai? – le pregunté patudamente.
– Magdalena… – contestó apurada- Me tengo que ir ¡Chao!

– Cuando se marchaba, me senté en una banca que había cerca, y como había logrado robar el número desde su teléfono, la llamé de inmediato.

– Aló
– ¿Con quién hablo? – me preguntó.
– Con un amigo tuyo.
– ¿Eres el loquito de recién?
– ¿Querí tomarte una chela?
– … Déjame porfa
– Una chela… Chuta, quizás no tomai… una bebida entonces, un jugo ¿Agua mineral?
– ¡No!
– ¿Tení que ser tan mala onda? Sé que me veo pobre… pero no soy una mala persona.
– Que eres catete loco
– Ya po. Dime el día. Si es en buena onda. ¿O creí que te quiero jotear?
– Búscate a un amigo
– No tengo amigos
– Jajajaja pobre
– ¿Querí ser mi amiga?
– Jajajaja
– Ya po, siempre me hacen lo mismo ¿será que soy muy hediondo?
– No sé po, báñate
– No tengo como… no me alcanza ni pal jabón.
– Eres muy fome mas encima… adiós

– Pero insistí

– ¡Aló! ¡Magdalena!
– ¡¿Y tú?!
– Vengo a invitarte a comer algo, ando con mis cheques Sodexo.
– ¿Cómo sabes que vivo acá?
– Facebook
– Eres un psicópata
– … Pero con hambre

– Salió de su casa, muy molesta, pensé que quizás me iba a pegar.

– Ya… bueno, todo porque tengo hambre… pero un rato eso sí porque tengo que volver a hacer unas cosas – me respondió sorpresivamente.
– ¡La raja!

– ¿Dónde la llevaste?
– Al sibarítico, nos comimos un completo gigante cada uno
– ¿Y te aceptó las cervezas?

– ¿Por qué te agarraste a pelear en Bellavista?
– La mina me agarró el pelo de la nada mientras iba pasando por el lado de ella.
– Caché que le sacaste la cresta.
– Mmmm… pero me duele el cuello desde ese día.
– ¿Te hago una friega?
– No
– ¿A todo le dices no?
– Apenas te conozco, que eres balsa.
– Pero igual po, a todo le dices no. Te apuesto a que si te vuelvo a invitar a una cerveza me decí que no.
– A ver… intenta, pregúntame de nuevo.
– ¿Vamos a tomar una cerveza?
– ¡No!
– Ya… vale.
– Jajajajajaja que eres pavo.
– Mi mamá dice que soy inteligente
– Te haces no mas… deja de ser tan llorón y vamos.
– ¡No!
– ¡¿Me estai leseando?!

– Ese día nos fuimos al balma, nos pegamos 6 litros después de la primera botella. Me pitié toda la plata de la beca. Quedé raja, ella se veía bien, parece que el económico solo era yo.

– ¿Qué te dio a ti conmigo?
– Me gustó tu sonrisa, tus ojitos, tu boca de miel
– Chanta
– Ya, bueno… me gustó tu poto
– Pero si ni tengo
– Adonde la viste, lo que más se te movía era tu culo gigante mientras te agarrabas a coscachos
– ¡Qué vergüenza!

– ¿Ese día fue el primer beso?

– Me tengo que ir – me dijo.
– ¿Y a donde nos vamos?
– ¿Perdón? Yo me voy sola.
– Yo soy un caballero, no podría dejar que semejante mujer se vaya sola.
– Me voy en taxi entonces.
– Me voy contigo en el taxi.
– Bueno, así te aprovecha de dejar en tu casa.
– No. A la tuya.
– ¡No te pongai tampoco! ándate a tu casa y otro día nos juntamos
– ¿Y como sé que eso va a pasar? – le pregunté.
– Porque me caíste bien
– ¡Vale! entonces mañana compro la cosas para almorzar, tu haces la ensalada.
– ¡¿Me estai leseando?! – exclamó.
– Mañana voy a estar en tu casa las dos.
– No voy a estar – contestó.
– No seai chanta rajona, si sé que vai a estar ahí. Si no me abrí voy hacer cualquier tontera hasta que salgai.

– ¿Entonces no la besaste ese día?
– No he terminado aún.

– ¡Me bajo acá! ¡Que el taxi te lleve a tu casa! – me dijo Magdalena.
– Gracias señor taxista – me despedí del chofer para bajarme con ella.
– ¡No! ¡Ándate! ¡No te podí quedar aquí!
– Me voy, siempre y cuando me di un beso – desafié.
– No, no quiero.
– Ya, me quedo acá entonces a dormir.
– No te quedarías en la calle
– ¿Querí probar?

– Me tiré buenas horas en la vereda, en un principio lo hice en broma pensando que en algún momento iba a salir por mí, pero no lo hizo, al final estaba tan curao que de verdad me quedé dormido.

– ¡Oye! ¡Despierta!
– Quiero dormir
– Ya po, no seas tonto, entra a la casa

– Me dejó en su pieza, en un colchón al lado de su cama.

– Acuéstate aquí, y porfa, no te pongai a vomitar ni nada por el estilo, te dejo una bolsa acá al lado.
– Si no estoy curao ohh! ¡¿Y tu por qué no estai curá?!
– Ya, duérmete.
– Al lado tuyo
– ¡Que odioso!
– No me peguí como la punky, por favor
– ¡Duérmete!
– Si me dai un beso
– ¡Que asco, estai pasado a copete!
– Entonces no dejaré de hablar

– Terminé por sacarla de sus casillas

– ¡Mira hueón, no estoy pa tu talla, no te dejé afuera por pena no más! ¡así que duérmete ahora si no te vai cagandoi de mi casa!

– ¿Y el beso que me ibas a contar?
– …. No, no nos dimos ningún beso… es solo que me gusta recordarla.
– Está bien, es un proceso normal que tu recién estás pasando.
– Pero me cuesta, aún la quiero.
– Sufre, habla de ella, bota todo.
– No sé cómo voy a reaccionar cuando la vea de nuevo
– Debes prepararte, no es obligación tuya ni de ella que se vean, pero la idea es que cuando eso pase, no existan rencores. Si te sientes feliz solo por verla feliz, entonces recién cerrarás este círculo. Pero antes debes pasar por el proceso de duelo.

– Hola, compré un pollo asado, y como caché que estabas durmiendo, tuve que comprar la ensalada también.
– ¡No te creo! – se tiró a reír en la cama
– ¿Qué pasa?
– ¡Te juro que estaba soñando contigo! ¡Como una pesadilla! ¡Y abro los ojos y estai con una bolsa con un pollo asado! – me dijo sin parar de reír.
– ¡Levántate po, que tengo hambre! – exigí.
– ¿Y cómo entraste a la casa?
– Uno de tus compañeros de pensión me abrió la puerta.

– Nos comimos el pollo con la mano, la ensalada de apio la terminamos botando… pero lo más importante fue lo que vino después de la comida.

– ¡¿Qué te andai metiendo a en las frazadas?! – me dijo asustada.
– Tengo frío.
– Que es malo ese cuento del frío.
– …. Estoy excitado
– Eso si te lo creo – me respondió riendo.

– Nos quedamos mirando… que es rica esa sensación cuando todo empieza, una de las mejores cosas que uno siente en la vida.

– Que es linda tu boca… pero esta vez te lo digo en serio – le dije.
– Tu también tení algo flaco… pero no sé qué es
– ¿Mi olor?
– Jajajajaja
– Se te ve un moco – le dije tocándole la nariz.
– Cómetelo – bromeó.
– Bueno, pero quédate quieta
– ¡Que eres asqueroso!
– ¡Quédate tranquila po!
– No eres capaz.
– A no si no – le contesté fundido a mas no poder.

– Me acerqué con mi boca hacia su nariz, pero vacilé. Me fui directo a su boca en forma de corazón.
– Entonces al fin la besaste
– No solo eso…

– Que eres patuda, ¿por qué me dai besos? – bromeé.
– ¡Tu empezaste pesao, yo ni siquiera tenía pensado…! – pero la interrumpí con otro beso.

– Apenas sentí su primera mordida, la toqué entera, estaba feliz dentro de esas frazadas, me sentía muy contento, era la mina más linda con la que he estado.

– Ya… me voy – le dije sorpresivamente de un rato para otro.
– ¡¿Ah?!
– Me tengo que ir, tengo cosas que hacer, mañana te llamo.
– …. ¿me estai hueveando? – me preguntó sin entender mi actitud.
– No, de verdad, me acabo de acordar – le mentí.

– Salí de la casa con la sonrisa de oreja a oreja. Dejé pasar unos días y no la llamé… hasta que vi un mensaje en el face

– ¡¿Qué onda?! – inferí en sus letras un tanto de molestia.

– Tal parece que la descoloqué, estaba acostumbrada a tener babosos a su falda al parecer, sin embargo yo actué de una manera distinta.

– Hola Magda… Siento no haberte llamado – le dije desde un teléfono público.
– Te la voy hacer bien corta… ven o no me hueí mas. Y porfa, trae pollo – sentenció.

– Cuando le pedí pololeo por primera vez, lo hice después de tres meses, la primera vez me rechazó, se cagó de la risa, pero en el fondo sabía que me quería, era simplemente porque nuestra rutina se basaba en la ironía. Así, terminamos conviviendo en su pieza en Valparaíso… tirábamos todos los días, comíamos caleta… y también discutimos.

– ¡Mira po! ¡No has hecho nada! ¡Ni siquiera lavaste los platos! ¡Está la pura embarrada! – reclamó.
– Después me preocupo de eso ¡¿Que tanto apuro?! – respondí.
– ¡Ahora! ¡Se está llenando de moscas!
– Termina el partido y lavo.
– ¡Ahora!

– Los celos también eran parte de aquella colección de discusiones.

– ¡¿Quién era esa?! – me preguntó molesta.
– Una amiga
– Yo conozco a tus amigas y a esa nunca la había visto.
– ¡Ya, córtala!
– ¿Y por qué te haces el lindo con la mina?
– Es ser buena onda ¿Pa que ser mal educado?
– ¡Si te gusta el hueveo a ti, te tengo cachao!

– No todo era malo por supuesto, altos y bajos como toda relación.

– Tienes mucha fiebre – me dijo tocándome la frente
– Resfrío de mierda, me tiene hecho pico.
– Destápate.
– ¿Que vas hacer?
– Ya. Cállate, y relájate

– Me quitó el resfrío con unas papas, las partía y me las iba dejando en distintas partes del cuerpo. Juro que al otro día desperté todo sudado… el resfrío se acabó.

– Estoy embarazada – me dijo.
– …..
– ¿Aló? Di algo.
– …
– ¿Estás ahí?
– Si
– ¿Qué pensai?
– Nada
– Ya filo ¡puedo sola!
– ¡No! ¡No! Es que estoy en el aire, no sé qué decir, pero no estoy mal.
– ¿Estai asustado?
– Si… un poco, en realidad expectante… no sé qué vamos hacer
– Yo tampoco.

– Cuando nació mi chiquita, sentí alegría pura, esos ojitos grises de bebé recién nacido, con la ropita que le compramos meses atrás, apretándome el meñique, creo que ha sido el momento más feliz de mi vida
– Estas volviendo a sentir… tus recuerdos al fin te hacen pisar tierra.
– ¡¿Que cresta hice doctora?!
– Eso ya pasó, ahora debes recuperarte al cien, y afrontar todo como siempre debió ser.

– Por la cresta, está golpeando la puerta de la casa el arrendador – me dijo asustada Magdalena.
– Ya, quedémonos piola.
– Pucha, la niña se puso a llorar, ahora sabe que estamos adentro
– ….
– ¡¿Qué hacemos?! – me preguntó casi llorando.
– No quiero abrir – contesté cobardemente.
– ¡Sé hombre y afronta esta cuestión!

– El dueño de la casa nos echó a la calle, le debíamos meses de arriendo… yo no encontraba pega en ningún lado
– ¿Y tus papás o los de ella?
– Los míos eran más pobre que yo y los de ella estaban locos.

– Se va a poner a llover, dime que vamos a hacer… no me digas que no tienes idea por favor – me suplicó.
– Voy hablar con un amigo, él nos puede alojar por un día – contesté
– ¡Que vergüenza!
– Ya cálmate, si vamos a salir de esta…

– Fueron tiempos duros, sentí que la Magda me odiaba en ese minuto, yo la había puesto en esa situación de miseria con la niña.
– Pero lograron salir adelante, deberías sentirte orgullo de eso.

– Encontré una pega, voy a ganar ocho gambas mensuales – le dije apenas entrando.
– ¿¡Me estai leseando!? Al fin vamos a salir adelante, podremos postular al subsidio.
– Si… pero no estaremos juntos.
– ¿Cómo es eso?
– Me voy al norte.
– Vámonos todos entonces.
– No entiendes parece… es en minería.
– Pero igual, nos adaptamos.
– No se reciben familias en una faena minera po Magda, no seas ingenua.
– ¿Y cuanto nos vamos a ver?
– Ocho veces al mes, algo así. Los otros días estaré trabajando.

– ¿Entonces ahí empezó todo?
– Si… más o menos.

– ¿Vamos a dar una vuelta con la niña? – me preguntó.
– No quiero, estoy cansado.
– Pucha, desde hace cuatro días nos vienes diciendo lo mismo.
– ¡Tú no entiendes lo que significa sacarte la cresta en la tierra!
– Eso no es mi culpa… tu decidiste dejar tu carrera.
– ¡Pero por ti po! ¡Desde quedaste embarazada tuve que ponerme a trabajar!
– ¡No seai maricón, la guagua no se hizo sola!
– ¡Ya… chao! ¡Puras pataletas! ¡Deberíai quedarte callada, soy yo el que traigo plata a esta casa!
– ¡¿Y cuidar a la niña creí que no cansa?!
– ¡Es tu deber no más!
– ¿Mi deber?
– ¡Si po! ¡Así es! ¡O si querí sale a trabajar tu y yo me quedo con la niña! ¡Veamos si eres capaz de traer la plata que necesitamos para vivir!

– La humillé varias veces, la hice esclava de mí, no me daba cuenta.

– ¡Hice camarones con queso!– exclamó
– Que rico
– ¿Vamos a comer?
– Bueno.

– Pero no le conversaba nada en la mesa.

– ¿Notai algo distinto? Mírame – me dijo.
– ¿Te cortaste el pelo?
– No.
– No sé entonces.
– Me lo teñí más rubio ¿no te gusta?
– Si… es que yo soy hombre po, no cacho de colores, se ve más amarrilo un poco…eso.

– Yo andaba en otra, estaba chato, estaba frustrado de no haber sido ingeniero, de haber dejado todo por amor, fui inmaduro… pero fue lo que yo elegí, y cuando me dejó de agradar todo, la culpé.

– Chao. Que te vaya bien. – se despidió mientras yo salía con mi bolso, hacia el norte como siempre.
– Chao.

– Ese adiós era lo poco que nos decíamos al pasar los años.

– Papá, te eché de menos – me dijo mi niña ya a sus cinco años.
– Yo también mi chiquita
– Hola – saludó mi pareja mientras pasaba muy bien vestida por mi lado.
– … Hola – contesté sin entender hacia donde se dirigía.
– Yo voy saliendo, para que te quedes con la niña.
– ¿Y a dónde vas?
– ¿Y eso te importa?

– ¿Cuándo sospechaste que Magdalena empezó otra relación?
– Doctora, antes de seguir… ¿no tiene por ahí reset? Con eso podía hablar más tranquilo.
– No. Olvídalo, debes pasar por todo esto, tienes que pisar tierra.

– ¡Aló Magda! – exclamé desde el celular.
– Si ¿dime?
– ¿Qué onda? No piensas llegar a la casa?
– Si, si voy ¿por qué?
– Por la niña po… tiene que tomar once.
– Bueno, preocúpate tú ahora ¿no sabes hacer una leche siquiera?
– La mamita del año – ironicé.
– Asume que eres el papá hueón, si la niña no se alimenta de juegos ¿Tení los dedos crespos acaso?

– Sentí que estaba en algo raro, así que fui en busca de ella.

– Ya mi amor, pongámonos la chaquetita, vamos a salir a buscar a la mamá – le dije a mi pequeña antes de subirla al auto.

– La busqué por todo Valparaíso. Eran las doce de la noche y no habían rastros de ella. Tampoco me contestó el teléfono. Recorrí varios lugares. El puerto, Subida Cumming, Echaurren, Barón… y la encontré en Subida Ecuador saliendo de un bar con un tipo….
– ¿Y? Sigue.
– Doctora… quiero Reset
– No
– ¡Dije que quiero Reset! ¡Ahora por la mierda!
– No, eso se acabó para ti.
– ¡Juro que si no me pasa esa pastilla, cuando salga de acá, saldré en su búsqueda y la mataré!
– Dejemos esto hasta acá… mañana seguimos conversando.
– ¡No! ¡Usted no tiene ningún derecho! ¡Deme mis pastillas!
– Llévenlo a su pieza y le inyectan un sedante.
– ¡Necesito Reset! ¡Por favor!

– ¿Sabes porque te amo tanto? – me preguntó.
– ¿Por qué?
– No tengo idea – me dijo riendo.
– Es una buena respuesta, yo tampoco sé porque te amo.
– Si lo sabes, me dijiste que por mi poto grande.
– ¡Ah! ¡Claro! Pero no solo por ese trasero.
– ¿Entonces?
– Porque te preocupas por mí, porque eres bonita, y por ser la mamá que eres. Estoy feliz de que seas mi mujer, eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
– Yo también estoy feliz de que seas el papá de mi hija. Nos ha tocado difícil, pero hemos sabido salir adelante juntos.

– ¿Doctora?
– Sí. Tranquilo. Te tuvimos que inyectar unos sedantes, te dió una recaída. Pero quédate tranquilo, es normal que suceda en una rehabilitación como esta.
– Disculpe por haberla tratado mal.
– No, tranquilo… mañana seguimos conversando. Duerme tranquilo.
– No quiero dormir, sueño con ella.
– Entonces sueña con ella. Es lo mejor que te podría pasar.
– Es que duele, y no quiero que duela.
– Te tiene que doler.
– Es que siento dolor de muerte. Si pienso en ella solo cocinando o haciendo cualquier cosa me arde el cuerpo.
– Eso es el efecto secundario de la droga que tomaste. Cuando la pastilla deja de hacer efecto, empiezas a sufrir el triple… es como si jugaras fútbol con una lesión infiltrado. Cuando la inyección deja de hacer efecto, entonces los dolores serán más fuertes. Sucede lo mismo cuando consumes Reset, mientras recepcionas situaciones dolorosas en tu mente, el alma no siente. Pero si a las semanas no vuelves a tomarla, empiezas a sentir dolores profundos de todo eso que viste anestesiado, más todo aquello que has omitido anteriormente.
– ¿Entonces estoy exagerando en mis emociones?
– En teoría sí. Es lo que pasa cuando termina de hacer efecto la droga. Pero es lo que sientes. Así tiene que ser. Ahora solo duerme.

– ¡Epidural! – gritó en el pabellón.
– Calma amor.
– ¡Pa ti es fácil decirlo po hueón!
– Ya, tranquilita.
– Siento que quiero ir al baño.
– ¡Enfermera! ¡Enfermera! – grité.
– ¿Qué sucede?
– Mi novia quiere ir al baño.
– ¡Ah! Va a tener la guagüita entonces… salga de la sala caballero por favor.
– ¡Él no se va! – exigió Magdalena.
– Lo siento señorita, pero él no puede estar en la sala.
– ¡Vo no te vai! – me insistió – ¡¡¡¡Ahhh!!!! ¡Voy a tener la guagua! ¡conchesumadre me duele!
– Pucha ¡¿no me puedo quedar de verdad?! – le pregunté a la enfermera.
– A ver. Espera, deja hablar con la matrona.
– No me interesa lo que diga esa vieja ¡Te quiero acá conmigo! – gritó mi novia a punto de dar a luz.
– ¡Resiste amor, me quedaré aquí… no me voy a ir, nunca te dejaré sola!

– ¿Te sientes preparado para seguir con la terapia el día de hoy?
– Si doctora.
– Entonces… ayer quedaste cuando la seguiste y la encontraste con un tipo.

– ¡Magdalena! – le grité desde el auto.
– ¡¿Y tú?! ¡¿Qué haces acá?!
– ¿Quién es este hueón?
– Un amigo.
– ¡¿Así que andai tirando con otros culiaos mientras la niña te necesita en la casa?!
– Tranquilo – me dijo el tipo.
– ¡Vo cállate culiao antes que te saque la conchetumadre! – le respondí apuntándole a la cara.
– ¡Deja de hacer show en la calle! – exigió Magdalena.
– ¡Súbete al auto!
– ¡Yo no voy a ningún lado así contigo!
– ¡Súbete mierda!
– ¡Te dije que no hueón!
– ¡Papá! ¡No peleén! – gritó mi hija desde el auto.
– ¡Estai asustando a la niña! – exclamó su mamá.
– ¡Súbete ahora mierda!

– Le pegué una cachetada y la tomé del brazo, el otro tipo trató de defenderla pero lo tiré al piso. Mucha gente fue testigo de lo que pasó ese día, la niña no paraba de gritar.
– ¿Y qué pasó en la casa?
– Seguimos en lo mismo.

– ¡¿Me podí explicar quién era ese culiao?! – exigí.
– ¡Nadie!
– ¡Como nadie mierda! ¡Me andai cagando con otro hueón!
– Es un amigo
– ¡¿De cuándo andai con ese?!
– …
– ¡Responde! ¡¿De cuándo andai con ese!?
– Estamos saliendo… hace unos meses.
– ¿O sea que estai reconociendo que me estai cagando?
– No te estoy cagando… ¡tú me dejaste!
– ¡¡¿Ah?!! ¡Yo nunca te he dejado, nunca he terminado contigo balsa de mierda!
– ¿Como que no? No me tocai hace un año ¡¿Qué querí?! ¡¿Qué te espere?!
– ¡Me saco la cresta por ustedes! ¡¿Y me pagai asi?!
– No me interesa tu plata, no me interesa esta casa, no me interesa tu auto… lo único que quiero es que yo y mi hija seamos felices y contigo no pasa nada de eso hace mucho tiempo.
– ¡Estai cagá de la cabeza! ¡¿Sabi que más mierda?! ¡Si te querí pelar con cien hueones, entonces hazlo! ¡Pero con la niña no te vai!
– ¡Ah claro! ¡¿Te la vai a llevar al norte?! – ironizó.
– ¡No! ¡Pero voy hacer lo humanamente posible porque no estés con ella!
– ¡Tu no me puedes negar ser mamá!
– ¡¿Ah no?!

– La agarré del brazo y la tiré a la calle. Cerré todo con llave. Ella gritó toda la noche, la niña estaba asustada.
– ¿Y qué hiciste cuando te tocaba irte al norte?
– No me fui. Me quedé.

– ¡Abre la puerta! ¡Vengo con los vecinos! – gritó en llanto desde afuera de la casa.
– ¡¿Te vai a tirar a los vecinos ahora?! – le respondí desde el otro lado.
– ¡Caballero! ¡Por favor, abra la puerta y entregue a la niña a su mamá! ¡La tiene raptada allá adentro! – gritó una señora.
– ¿Rapto? ¡Es mi hija! ¡Llévense a esa hueona loca!

– Me fui donde mi hija, y la chiquita estaba llorando.

– ¡Papá… quiero a mi mamá! ¡Por favor, quiero a mi mamá! – me pidió llorando.
– ¿Y yo? ¿A mí no me quiere? – le pregunté.
– Quiero a mi mamá por favor, tengo miedo.
– Pero si yo te voy a querer como te quiere tu mamá po hija.
– ¡Abre por favor! ¡Quiero a mi hija! – gritó Magdalena.

– Después de la petición de mi niña, acepté que se la llevara.

– ¡No te quiero cerca de nosotras! ¡Nunca más! – sentenció, la que ya era en ese entonces, mi ex novia.

– Desde ese día me quedé solo, a las semanas decidí nuevamente no subir a la minera, asumí el despido laboral. Cuando supe que se fue a la casa del otro tipo, me encerré en la casa, tomando, sentía que estaba bien, que no la necesitaba. Pero al pasar los meses poco a poco esto empezó a ser un problema.
– Empezó a doler.
– Sí. Pero apenas sentía el dolor de que no estuviesen conmigo, me tiraba con varias botellas. La resaca no solo venía con dolores de cabeza, si no también con mucha pena.

– ¡¿Aló?!
– Hola… ¿qué pasa? – me preguntó con desgano.
– Magda ¡Disculpa! ¡Quiero que vuelvas a la casa! – supliqué.
– ….
– ¡Te amo mi amor! ¡Tienes razón! ¡En realidad me comporté como un tonto!
– Está bien… pero no voy a volver.
– ¡Yo sé que me amai todavía! ¡Ya po! ¡Vuelve! ¡Terminemos con esta tontera!
– No quiero.
– ¿Amai a ese otro hueón?
– No quiero hablar ahora.
– Responde, no seas cobarde ¿Lo amas? – pregunté insistentemente.
– ¿Para qué quieres saber eso?
– Te juro que si tú me dices que lo amas yo te dejo de molestar para siempre
– …
– ¡Responde!
– Ya… te voy a colgar, tengo cosas que hacer. Adiós.

– Después de esa llamada sentía que aún tenía esperanzas. Pero no soportaba pensar que se estaba acostando con ese otro tipo. Me estaba volviendo loco. De vez en cuando me iba a tomar al mismo bar, solo, con pena, con rabia, arrepentido.

– Señor, disculpe que lo moleste, pero lo observé desde mi mesa, lo noto bastante deprimido.

– Con ese tipo empezó todo, se veía un buen hombre, se veía bien vestido, formal, cualquiera hubiese pensado que era una abogado o gerente… que se yo.

– No. Estoy bien – respondí tragándome las lágrimas.
– Problemas familiares ¡Le apuesto!
– ¡Quiero estar solo!
– ¿Como es eso? No pues. Déjeme ayudarlo.
– No necesito su ayuda.
– Tengo el remedio para su pena.
– ¿Un puterio? No, no estoy ni ahí.
– No, no es nada de eso, tengo la solución al problema que está pasando, solo hágame caso y acompáñeme.
– Mire caballero, yo a usted no lo conozco, déjeme tranquilo.
– ¡Recíbame esto! ¡No sea tonto!

– Fue en ese entonces que conocí las pastillas

– ¿Pastillas? ¡Ah ya sé! ¡Son drogas! No hueón, yo no le hago a esas cagás – le dije.
– No es una droga, estas pastillas se llaman Reset, es un remedio para su corazón, para su alma.
– No voy a tomar nada de eso. Ya caballero, gracias por su preocupación, pero me voy pa la casa mejor.
– Llévate dos pastillas, es un regalo, cuando te sientas mal, tómate una sola, y me dices luego que pasa. Te vas acordar de mí… cuando se te acaben, entonces me buscas por acá de nuevo.

– Me marché con esas dos capsulas en el bolsillo del pantalón, lo hice solo por no ser mal educado con él. No dormí nada esa noche pensando en Magdalena, no dejaba de pensar en que en ese instante estaba tirando con otro hueón, me daba vueltas en la cama, no eché una sola pestaña. Fue tanta mi angustia que decidí salir temprano a la casa de su nueva pareja.

– Hola, disculpa, pero la Magda no quiere conversar ahora – me dijo aquel tipo.
– ¿Me la estai negando vo culiao? ¡Es mi mujer hueón! ¡No es tuya!
– Mejor que hables otro día con ella, no se siente bien ahora – insistió.
– ¿Te digo algo? Cada vez que la tocai piensa que yo la toqué mil veces más, hice de todo con la Magda, vo eres un escupitajo en esta relación, no eres nadie. Está confundida, eso es todo, pero un día volverá donde mí y te darás cuenta que fuiste que eras solo el hueón para pasar el rato.

– La Magda escuchó nuestra discusión y decidió enfrentarme.

– ¡¿Por qué no te vas?! – me exigió ella.
– ¡Porque quiero que vuelvas a la casa mi amor! ¡Yo sé que aún me amai!
– ¡Ándate!
– ¡No! ¡Tienes que volver con la niña!

– Pero sentenció el final de nuestra relación de años con una sola frase.

– Lo amo. A él lo amo. – me dijo Magdalena.
– ….
– Quiero hacer el resto de mi vida con este hombre – me lanzó aquellas dolorosas palabras mientras tomaba su mano.
– ¡No me digai eso po! – le dije con el llanto atragantado.
– Podí ver a la niña cuantas veces quieras, pero cuando andes más tranquilo. Pero ahora quiero que te vayas.

– Me fui hecho mierda. Había perdido a mi familia, entendí que ya no había vuelta atrás, todo murió en mis narices y no hice nada cuando pude.
– ¿Y qué hiciste en ese minuto?
– Me fui a casa, quemé todas sus cosas, nuestras fotos, la poca ropa que le quedaba, incluso los restos de pelos estancados en el filtro de la ducha.. Todo.

– ¡Maricona de mierda! – Grité llorando.

– Mientras revolvía toda la pieza, cayeron del pantalón las dos cápsulas. Sin pensarlo mucho, decidí consumir una, sin esperar nada.
– ¿Y cuánto tardó en hacer efecto?
– A la hora.
– ¿Y qué te sucedió?
– Fue mágico, dejé de sentir aquel dolor, de a poco, esa tristeza se fue apagando de a poco, mi alma se había limpiado.
– ¿Cómo lo comprobaste?
– En la noche. Pensé cuando ella se colocaba en cuatro, me la imaginaba con él en esa posición… y me daba igual… lo extraño, fue que tampoco sentí felicidad al entender que esa pastilla me había remediado de aquella angustia… No sentí nada, perdí toda sensibilidad
– ¿Y a tu hija? ¿La recordabas con amor?

– Magdalena, vengo en son de paz.
– ¿Y como sé eso?
– Porque asumí todo. Ahora solo quiero ver a la niña.
– No confío en ti, te ves raro.
– Estoy bien, muy bien. Te lo juro.
– Espérate, voy a buscarla.

– La llevé a los juegos ese día.

– Papá, te extrañé.
– Que bueno.
– Te quiero mucho.
– ¿Quieres un helado?

– ¿No la querías?
– No, en ese minuto no, no la quería.

– Pensé en el efecto del Reset, hasta donde era capaz de sanarme, así que decidí devolverme y espiar a mi ex novia desde el auto, quería saber si me daba igual verla tomada de la mano con el otro.
– ¿Y qué fue lo que viste?
– Cuando se besaron.
– ¿Y qué fue lo que sentiste?
– De sentir nada, más bien lo que pensé. Fue increíble, todo me dio lo mismo. La pastilla era la solución de todo el problema.
– ¿Cuánto te duró el Reset en el sistema?
– Dos semanas.
– ¿Y cómo te diste cuenta que la cápsula estaba dejando de hacer efecto?
– Porque se me vino a la mente cuando la Magdalena se besó con ese tipo afuera de esa casa, entonces ahí fue cuando sentí aquel dolor profundo.
– Entonces ahí tomaste el otro Reset que te quedaba
– Asi es.

– Amigo, lo volví a encontrar. Quiero decirle que sus pastillas son increíbles, asi que vengo por más – le dije a aquel tipo de terno en el bar.
– Muy bien hombre ¿Ves? Yo le dije que solucionaría su problema.
– Entonces dame varias pa no molestarte un buen rato.
– ¿Y cuantas quieres?
– Dame unos dos frascos.
– Serían dos millones de pesos
– ¿Dos millones de pesos?
– Si pues ¿Cómo crees? Si esto yo no lo regalo, lo del otro día fue cortesía de la casa.
– No tengo esa cantidad de plata.
– Lo siento, no lo puedo ayudar entonces. Cuídese, que le vaya bien.

– ¿Y cómo fue que conseguiste más?
– Cuando dejó de hacer efecto, el dolor era profundo, en la desesperación empecé a vender todo.

– Señor, vengo por la venta del auto, vi que lo dejaba en cuatro millones, ahora ando con tres, si acepta hacemos el trámite de los papeles altiro – me dijo un comprador.
– ¡Trato hecho!

– Entonces volví donde el tipo del bar. A esas alturas ya estaba envuelto en dolor por la Magda, se sentía peor que antes.

– ¡Dame tres frascos!
– Un gusto hacer negocios con usted.

– Tomé el primer Reset, y volví a limpiar mi alma, podía manejar todo sin sentir remordimientos, ni miedos.
– Pero tampoco eras feliz.
– Me daba igual. Pensé que esas capsulas salvarían a cualquiera. Es una mierda sentirse mal, sufrir, era mucho mejor tener el manejo de todo sin que el corazón interrumpiera una mierda en lo que uno hiciera.
– ¿Le diste pastillas a alguien alguna vez?
– Si, lo hice. Pero fue para mejor.

– Buenas noches caballero, ayudando a sentir. – le di el pésame a aquel hombre que sufría por la muerte de su hijo.
– Muchísimas gracias, que Dios me lo bendiga. – me contestó con su profunda pena.
– Usted a mí no me conoce… lo vengo a ayudar.
– No se preocupé mi niño, mi hijo está en un mejor lugar, está con nuestro señor ahora.
– Cuando supe lo de su hijo decidí salir de mi casa y dejarle este regalo – le dije tomándole su mano y entregándole un frasco de Reset.
– ¿Qué es esto?
– Sé que usted es un hombre de Dios, un hombre de fé… piense que esto es un regalo de nuestro Señor.

– Leí en el diario que un niño fue empujado por un compañero, y este al caer se enterró un lápiz en el ojo que le perforó el cerebro. Era de una familia de evangélicos, vivía solo con su papá, hijo único, y se lo mataron unos cabros de mierda… pensé en que tenía que salvarlo de aquel dolor.
– ¿Y haz sabido algo de él?
– No… le di un frasco y nunca más averigüé que pasó con este tipo.

– Acá con las chiquillas te encontramos extraño, misterioso – me dijo en la cama aquella prostituta.
– ¿Por qué?
– Porque a todos los hombres se les siente el despecho, el desahogo en la cama, pero a ti no. Es como si fueras de hielo.
– Quizás soy de hielo. Pobres hueones que se sienten así, lo peor de la vida es sentirse como un imbécil, pero yo me liberé de todo eso. Espero morir así.

– Las putas son las únicas que fingen sentir, y al final no son sensibles a ninguna mierda que no se trate de ellas. Eran lo más parecido a mí, así que las visitaba frecuentemente.
– ¿Y cómo lo hacías para vivir si no trabajabas?
– Me dediqué a robarle a los ancianos. No sentía ningún remordimiento, los esperaba cerca del banco y les quitaba la plata de su jubilación, con eso comía.
– ¿Y cómo fue que te atraparon?

– ¡Pásame toda la plata viejo culiao! – le dije apuntándole con una cuchilla en su espalda.
– ¡Caballero, no me haga esto, solo tengo esta platita!
– ¡Me importa una mierda, pásame todo!

– Me venían siguiendo hace tiempo los pacos, me pillaron con las manos en la masa. Me llevaron a una celda y me quitaron el frasco con Reset que llevaba en mi bolsillo.

– Usted señor ha sido condenado a seis meses de cárcel por asalto con intimidación a dos ancianos en la comuna de Valparaíso – sentenció la jueza.

– ¿Cómo pasaste esos días en la cárcel?
– Como si nada… al menos las primeras semanas. Estar en la cárcel fue duro al segundo mes. No podía dormir en la celda. Los dolores sentimentales volvieron, y con toda su fuerza.

– ¡Magdalena! ¡Vuelve por favor! ¡Vuelve mi amor! – grité en la celda.
– ¡Callen a ese conchesumadre!
– ¡No! ¡Mi hija! ¡Quiero verla a mi niña!

– Lloraba todo el día, como un loco, los gendarmes me sacaron la cresta varias veces, los otros presos en un principio solo me intimidaron con palabras para que me callara, incluso recibí un par de golpes… pero cuando ya se hizo insoportable, uno de ellos intentó acabar con mi pena para siempre.
– Ahí fue entonces cuando te apuñalaron.
– Así es. Dejé de llorar cuando me desvanecí en el suelo por la hemorragia.
– Benditas puñaladas diría yo, si no fuera por eso no estarías aquí.

– Amor, te tengo un regalo, está en la calle, anda a verlo. – le dije a Magdalena.
– No me lo puedo creer ¡Un auto!
– ¡Al fin! Ya no andaremos más en micro, podremos ir a la playa cuando se nos antoje.
– Pucha que nos ha costado, al fin algo nuestro – me dijo emocionada.
– ¿Estás llorando?
– Si… te amo tanto. Estoy tan orgullosa de ti.
– Yo te amo más mi vida.

– Soñaba con ella todas las noches en el hospital, el dolor de perderla era un desgarro total, se me venía todo encima, de una vez. Por haberme saltado cada paso sentimental de una separación, me llegaron todas juntas para romper mi alma en mil pedazos.

– ¡Magdalena! ¡Pásenme un teléfono por favor! ¡Quiero hablar con ella! – grité en la sala de un hospital.
– ¿Así que usted es el paciente? – me preguntó una tipa.
– ¿Me viene a pasar un teléfono?
– No, vengo a verlo por otra cosa.
-¡Quiero a mi mujer!
– Cálmese, tranquilo. Soy su doctora. Vengo a ayudarlo.
– Entonces deme Reset, solo una, por favor, solo una.
– Entonces esa es aquella sustancia extraña que encontramos en su sangre.

– No estás igual a como te conocí ese día.
– No.
– Estoy orgullosa de ti.
– La extraño doctora.
– Y la seguirás extrañando, pero asúmelo, esa pastilla es una basura, dejas de ser persona, te vuelves en un ser que solo piensa en sobrevivir, serías capaz de matar por comer, por llevar una vida fácil, la sensibilidad es la alerta que nos detiene. Si esas cápsulas cayeran en manos de tipos peligrosos, no quiero ni imaginar que ocurriría.
– Tengo sueño doctora, quiero dormir.
– Mañana conversamos. Descansa.

– ¿Que será de nuestras vidas cuando lleguemos a viejos? – me preguntó Magdalena.
– Ocuparnos de nuestros nietos.
– Mirando la linda familia que formamos.
– Y con más hijos supongo.
– ¿Quieres ser papá de nuevo?
– Si, si quiero.
– No pensé nunca que me dirías algo como eso.
– Si, ahora quiero, tenemos todo lo que necesitamos, estamos listos para ser felices de una puta vez.
– No sabí la emoción que me da escucharte decir esto.

– Te extraño mi vida, discúlpame por haberte dejado sola.

– ¡¿Qué pasa doctor?! – Pregunté asustado.
– Su señora sufrió una caída en la escalera de su casa.
– ¡¿Y cómo se encuentra?!
– Bien… pero lamento decirle que sufrió un aborto, el golpe fue tan duro que creemos que no podrá tener más hijos

– No sé qué cresta me pasó.

– Mi amor, perdóname, maté a nuestro hijo – exclamó llorando en el hospital.
– Fue un accidente.
– No podremos tener más hijos, por mi culpa.
– Tenemos a nuestra niña, más adelante sabremos qué hacer, ahora solo descansa.

– Dejé de sentirte mujer.

– Amor ¿y si lo intentamos de nuevo? – me preguntó un día en la cama.
– Ando cansado, necesito dormir.

………………………………………………………….

Un año después

– ¿Que quiere conversar doctora? Creo que ya le conté todo.
– ¿Y cómo te sientes?
– Normal supongo, ya no siento nada, o sea, de manera natural, aunque con un poco de temor la verdad, ha pasado un año desde mi terapia.
– Que bueno, no sabes cuánto me alegra escucharte. Te daremos el alta.
– ¿Es una broma?
– No. Estás rehabilitado. Confío en ti.
– Gracias doctora, usted ha sido muy importante para mí, gracias de verdad.
– Te veo emocionado… con esas lágrimas me demuestras que estás más sensible que nunca, eso me pone orgullosa de ti. Cuídate.

Así fue como me marché en busca de una nueva vida, fui a recuperar a mi hija. Estaba ansioso por saber cuánto había crecido, reencontrarme con mi ex novia me daba nerviosismo, no sabía cómo iba reaccionar.

– Magdalena – saludé.

Se quedó muda cuando abrió la puerta, fue notoria su sorpresa.

– … Hola… tanto tiempo… supe que te habían dado el alta, pero no me imaginé que vendrías.
– Si po… vine a ver a la niña, disculpa por no haberte avisado ¿Está?
– Si… la llamo altiro, espérame acá.

Magdalena estaba hermosa, se había cortado el pelo, encontraba mucho más flaca, se veía que su actual pareja la mantenía bien, se le notaba en su ropa, en su color… no sé. Me puse más nervioso de lo normal, aun no me acostumbraba a volver a sentir de esa manera tan natural.

– ¡Papá! – exclamó mi hija cuando me vió.
– Dios, mi vida, que has crecido chiquita mía… te he extrañado tanto mi amor.
– Mira, te tengo un regalo.

Era una foto de ella en bicicleta y en la parte de atrás decía “te quiero mucho papito”.

– ¡Dame un abrazo! – le pedí.

Cuando Magdalena estaba dándose la media vuelta para dejarnos solos, noté que se había emocionado.

– ¡Magda! ¡Espera! – le dije.
– ¿Que pasa?
– Gracias
– ¿Gracias por qué?
– Por no dejar que mi hija me olvidara… como yo si lo hice. Con ella y contigo.
– Me alegro que estés de vuelta, hace años que no te veía ese rostro, me acordé cuando fuimos a comer completos al sibarítico. Tienes ese color.
– Estás hermosa. Me alegro que seas feliz, te lo mereces. Y perdón por todo, por no valorarte como te merecías.
– ¡Tú también sé feliz querí!… te quiero mucho. Puedes venir a ver a la niña cuantas veces quieras, tienes las puertas abiertas de esta casa. Mi marido no tiene ningún problema, él entiende.
– Vale..
– Cuídate.
– Ya mi niña, me voy a casa, te vengo a ver mañana – le dije a mi hija besándole la frente.
– ¡Si papá!

Me marché a casa, rehabilitado. Podía hacer mi vida nuevamente, sin rencores, con un luto superado como correspondía, como siempre debió ser.
Cuando abrí la puerta de mi casa, vi el desorden que había, como si hubiese pasado un huracán, recordé aquella escena cuando desarmé todo para quemar las cosas de Magdalena.
Empecé a ordenar, quería ver todo impecable. Tenía que empezar de cero como correspondía, ordené la pieza de mi hija, le compré unas muñecas nuevas, le cambié las frazadas, pinté las paredes.
Luego venía el turno de mi alcoba, estaba asquerosa, ahí me llevé la sorpresa: Sacando la ropa para lavar, cayó un frasco de Reset al suelo, estaba llena. La observé un buen rato, recordé que aún me quedaba esa.
– “Cuanta mierda me hiciste pasar”- pensé
Ya no necesitaba esa basura… pero alguien si, alguien que había olvidado por completo entró como un demonio a mi hogar.

– ¡Te estaba buscando desde hace mucho!
– Eres el hombre del funeral… ¡¿Qué haces acá?! – le pregunté sin entender nada.
– ¡Tú sabes por lo que vengo!
– No tengo Reset… eso fue un error, lo siento.
– ¡No, no fue un error! ¡Tú me ayudaste a superar la muerte de mi hijo! ¡Quiero esas pastillas!
– Creo que lo mejor es que te vayas.
– ¡Me iré, pero quiero esas pastillas, las necesito!
– No, no las necesitas… olvídate de ellas.
– ¡Dámelas! ¡Tú me dijiste que eran un regalo del Señor! ¡Yo he orado mucho, no tienes idea cuanto! ¡Dios te puso en mi camino! ¡Ayúdame!
– ¡Sal de mi casa hueón!
– ¡Mi niñito, quiero a mi niñito! ¡No soporto este dolor, mi hijo está muerto, no puedo parar de pensar en él!
– ¡Sé de alguien que te puede ayudar, una doctora me rehabilitó, ella puede hacer lo mismo contigo!
– ¡No! ¡Quiero esas pastillas ahora! ¡Sácame este dolor por favor!

En ese instante sacó una pistola de su bolsillo y me apuntó con ella.

– ¡Baja esa hueá! – supliqué.
– ¡Si no me dai esas pastillas te juro que te mato!
– ¡Las boté en el desagüe, lo siento!
– ¡No te creo!
– ¡Escúchame! ¡Es en serio! ¡Te puedo ayudar!
– ¡Entonces dame una… solo una!
– ¡Te digo que no tengo!
– ¡¿Tu entiendes lo que significa no dormir, pensando en que te mataron a tu hijo unos demonios?! ¡Me lo arrebataron! ¡Pienso en el segundo exacto cuando a mi niñito lo penetraba ese lápiz en su ojo, y no sabes el dolor que siento!
– ¡Lo sé!
– ¡¡No!! ¡No lo sabes! ¡Es el peor dolor del mundo! ¡La muerte! ¡No logro superarlo! ¡Me tení que ayudar por favor!

Lo miré, y con voz calma le respondí.

– No… lo siento.
– Vale… entonces asume las consecuencias.

Me apuntó con el arma, se escuchó el click del seguro de la pistola, solo tenía que apretar el gatillo.

– Entonces esto es todo parece – pensé en voz alta
– ¡Si, esto es todo!

Puso la pistola en su boca

– ¡NO!

Después del sonido de la explosión de la bala, lo vi tirado en un charco de sangre en mi pieza, sus sesos quedaron pegados en la pared, su cara se deformó por completo… tenía a un muerto en mi casa.
Lo observé en estado de shock, vi que en el bolsillo de su camisa tenía una foto, la saqué, y era su hijo en una bicicleta.
“Te quiero mucho papito”
Eso es lo que decía en la parte de atrás…
Quedé en blanco…

… Tomé el último frasco de Reset que me quedaba y puse una pastilla en mi boca… así fue como me liberé rápidamente de aquella dolorosa culpa